Breve relación de vidas extraordinarias · 14

BRVE14
Por Martín Olmos.

Benjamín Garrote de Pedro fue un carpanta asturiano que no tuvo un Rabelais pero mereció, sin embargo, una página en El Caso, como Jarabo el asesino infame y el médico de San Baudilio, que pautaba las boticas por medio de un péndulo radiestético. Benjamín Garrote de Pedro era hombre recogido, antiguo cabo de infantería, ovetense y flaco y una vez se comió ochenta y cuatro milhojas sin beber una sola gota de agua. Riñendo un desafío con tres mozos de Sama de Langreo rindió tres platos de fabada con su corte sacramental de tocino, jamón, lacón, chorizo, longaniza, morcilla y cabeza de puerco y siguió con dos platos de callos, dos de riñones al jerez, dos de lengua asada, un filete con papas, una tortilla de jamón, un plato de carne mechada, una perdiz con verdura y dos huevos fritos. Recomendaba el libro de los Proverbios (23, 2) ponerse un cuchillo en la garganta si se tiene demasiado apetito,

et statue cultrum in gutture tuo, si avidus es.

Sin embargo, Julio Camba estuvo a punto de ingresar en el Partido Reformista por una fabada que le convidó don Melquiades Álvarez en Somió y Essaú cambió su primogenitura por un plato de lentejas (Génesis 25, 29-34):

Et sic, accepto pane et lentis edulio, comedit et bibit; surrexit et abiit parvipendens quod primogenita vendidisset.

Benjamín Garrote de Pedro fue sereno de comercio de Oviedo en la calle del marqués de Santa Cruz y después portero de finca, oficio que propende a espantar a los gitanos y a ser confite de la pasma. No obstante, porteros de finca fueron el perro Cerbero, San Pedro y Leónidas el Espartano. Benjamín Garrote de Pedro fue también sportman del amateur y quedó séptimo en la modalidad de obstáculos en los campeonatos de atletismo de Asturias corriendo en alpargatas. Julio Camba sostenía que los gomios más ávidos eran los terratenientes escoceses, los curas gallegos y los médicos, bien que los últimos recomendaban comer solo naranjas. Benjamín Garrote no fue, en cambio, tragón de feria sino hambrón de posguerra que se daba a las apuestas para guardar para el porvenir y no subió de los cincuenta kilos y corría en alpargatas. A Benjamín Garrote le duró el prestigio lo del blasón de El Caso y después regresó al anónimo, a la portería a mirar las pantorrillas de las vecinas, que son medio cotidianas y medio misteriosas, y a echar a los niños con pelota, a los viajantes de la Espasa y a los gitanos caleses. En aras de la taxonomía, no se le puede considerar gastrónomo sino adéfago.

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