Breve relación de vidas extraordinarias · 15

BRVE15

Por Martín Olmos.

Anatoli Vasílievich Lunacharski fue teocida. Condenó a muerte a Dios y lo mandó fusilar. Era ucraniano, soviet, gafoso, bigotón, medio pelón por la parte de la visera, morfológicamente pinnípedo y dueño de lecturas copiosas que incluían a Gorki y a Rosa de Luxemburgo y, sin embargo, no demoró en la carta de san Pablo a los romanos (12, 19). Fue protector de Stanislavski y del Teatro del Arte de Moscú y alentador de la Cultura Proletaria, expresión formada por dos términos contradictorios porque ya tiene dicho Kapuscinski que la cultura es cosa de aristócratas y de los obreros es agostar sus energías todas en comer prosaico y regular, en la medida de lo posible. Fue administrador displicente, en cambio, como todos los diletantes. El 16 de enero de 1917, siendo Comisario Popular para la Instrucción Pública, abrió un proceso a Dios acusándole de genocidio y de crímenes contra la humanidad. Dios no compareció, obviando su omnipresencia o bien refrendando la conclusión de Víctor Hugo que mantenía que Él es la evidencia invisible, y sentaron en el banquillo a una Biblia para que le representase y le proporcionaron abogados de oficio que pidieron su absolución alegando que sufría grave demencia y trastornos psíquicos. Sin embargo, Lunacharski argumentó durante cinco horas su culpabilidad y le condenó a morir por fusilamiento recién rompiese el alba del día siguiente y el 17 de enero de amanecida un pelotón de cosacos disparó cinco salvas de ametralladora contra el cielo firmamento de Moscú. Quedó, empero, la duda de si le acertaron y si Dios está en todas partes le podían haber pegado un tiro a una huerta. Lunacharski podía haber actuado con más reflexividad si hubiera seguido la pragmática de Pascal que decía que creer en la existencia de Dios es una apuesta segura puesto que si al final no existe, no se pierde nada y al contrario se gana todo. Lunacharski no contempló tampoco la consecuencia por no reparar en la epístola de san Pablo a los romanos en la que les anunció que la venganza es del Señor y Él la pagará.

«Mihi vindicta, ego retribuam», dicit Dominus,

y no hay que tomar las advertencias a la ligera.

Anatoli Lunacharski podía haber sido alcocereño de La Alcarria, en donde se dice esta copla:

No he visto gente más bruta
que la gente de Alcocer,
que echaron el Cristo al río
porque no quiso llover,

pero era ucraniano de la provincia de Poltava y tenía los cojones cárdenos del rigor del invierno, el estómago acerbo por la dieta de varéniques de requesón, borsch de remolacha y vodka áspero y el mamporro transido por el solaz de pies fríos con mamushkas gordas. Sin embargo, en 1933 Stalin, que era palmípedo, le nombró embajador en España y Lunacharski se vio al sol de mayo con mujeres que se llamaban Dolores y les decían Lolas y tenían vientres flamencos de cobre y bucles de carbón y ojazos negros y misterios gitanos y se vio comiendo puchero y camarón y olé pero recién asumió el Mediterráneo en Menton, en los Alpes Marítimos, recién soñó tardes de toros, giraldas y moros, Dios le fulminó de un infarto y le dejó sin sur y sin Dolores Lolas.

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