El árbol partido (1)

bar
por Claudio Sífilis.

1. En el bar de Al todos vamos al final.

El padre de Enrique se empotró a 170 Km/h contra un muro de hormigón en el Puente de Vallecas. La madre apenas sobrevivió tres meses a la muerte de su marido, tuvo un ictus de esos. En el segundo funeral alguien comentó que esto pasa en muchas parejas, cuando muere uno, el otro tiene un bajón de defensas, y ceden ante cualquier problema latente de su cuerpo. Enrique, que era hijo único, no lamentó la muerte de ninguno de los dos. La madre había estado a punto de morir de un ataque al corazón el día que él nació, cosa que le ha creado complejo de cabezón. A partir de entonces ella fue una enferma crónica, la recordaba siempre quejándose o gritando.

Otoño de 2004. Han pasado tres años y Enrique sigue durmiendo en la misma habitación, la de sus padres la vació y dentro no hay nada. Sigue poniendo música a todo volumen, aunque ya no le sirve de excusa aquello de que prefiere escuchar ruido a las discusiones de sus viejos. Tiene treinta años y el título de biólogo.

Es sábado por la mañana, el único día de la semana que hace deporte, abdominales en casa, jogging y flexiones en barra en el parque. Desayunó una tortilla francesa y un vaso de leche fría. Entonces salió a correr y, al ir a cerrar la puerta de casa, se vio reflejado en el espejo del recibidor que estaba roto. Le gustaba así, lo había roto él mismo de un puñetazo unas semanas antes.

Por la noche había quedado con Alberto, amigo de toda la vida. La familia de Alberto era dueña de un local en Vallecas Pueblo. Como era habitual, compraron Whisky Dick de diez años, hielo, Coca Cola, banderillas, almendras y patatas fritas. El local era un rectángulo de unos 250 m2. Se veían restos de un incendio en las paredes a pesar de haber sido limpiadas y pintadas. Al fondo el cuarto de baño, a la derecha unas encimeras para las bebidas, algunas mesas y sillas de bar dispersas y dos sofás en un rincón, en los que alguna vez alguien se quedaba a dormir. Había estado alquilado como bar hasta que se incendió durante una pelea nocturna.

Describiremos la rutina del local y los que lo frecuentaban. Abad era un instalador electricista de casi dos metros de altura, cabeza afeitada, perilla larga de chivo, vestía como si saliera de la película Mad Max. Conducía un Ford Fiesta de 1979 decorado en su interior con muñecos de Conan el bárbaro. Era bebedor de maratón. Decía de sí mismo que era un perdedor, hostil a los que él consideraba triunfadores, un tipo que intimidaba a sus propios amigos. Abad congeniaba con Pana, conductor de camión en obras, hincha del Rayo Vallecano, peso superpesado y bebedor de fondo. Pana iba frecuentemente a los poblados gitanos y solía tener coca. Conducía un Renault Clio nuevecito que parecía de juguete cuando él se sentaba dentro. Estos dos se ponían unos tiros en una de las mesas. Los otros parroquianos ocasionalmente se acercaban.

También estaba Fidel, que era un tío bajito, calvo, de mal carácter. Se esforzaba por controlar su ansiedad por el alcohol y las mujeres. No quería probar la coca porque decía de sí mismo que era propenso a las adicciones. Trabajaba en un hotel de recepcionista, su rollo era ahorrar dinero para irse de viaje a Brasil o Cuba. Le gustaban estos países porque allí tenía éxito con las mujeres, hablaba mucho de sus conquistas por allí.

Alberto era el cabecilla del grupo, el guapo, el optimista. Les buscaba novia a los demás sin éxito. Aquel sábado Alberto reñía a Enrique porque decía que una amiga esperaba su llamada:

– ¿Por qué no la llamas? Cuando traje a Marta por Vallecas todo el mundo me decía que qué chica más maja.
– ¿Te has acostado con ella?
– No, no, yo ya tengo mi novia. Pero Marta está necesitada de un hombre. La última vez que quedamos, estuvimos sentados hablando en el césped del parque y se me apoyaba encima, que le diera un masajito, que qué me apetecía hacer.
– ¿Y no te enrollaste con ella? Tú eres un calienta-coños.
– Joder, no me digas eso.
– ¿Vienes por Vallecas con una tía de de Uni, y con tu novia no vienes?
– No quiere venir, dice que nuestra relación es demasiado seria.
– Ya – sentenció Enrique.
– ¿Qué pasó con aquella chica de la que estabas enamorado, tu compañera de trabajo?
– Que me dio calabazas, se buscó otro trabajo y no la volveré a ver.
– Me lo esperaba. No quise desanimarte. No sabes tratar a las tías.
– ¡Ya! No me lo monto bien, ¿y qué?

Por allí andaban otros colegas. Haremos una mención honorífica especial por su trayectoria y por toda una vida de dedicación a Toñín el alcohólico, un afiliado al Partido Comunista que siempre estaba borracho y ensayando discursos políticos. Hablaba de pleno empleo, asambleas, unión obrera, de trabajar menos para trabajar todos, huelgas, etc. Al final preguntaba a los demás si había estado bien y todos le aplaudían. A él le brillaban los ojos y decía que si lo había tan bien a partir de entonces le tendrían en cuenta el partido. Todos preferían que Toñín no viniera, su presencia era mala noticia, eslóganes anticuados que no reflejaban el momento actual, todos trabajaban en empresas pequeñas y de sectores distintos. La voz, gangosa por el alcohol, no se entendía.

Cintas punks o heavy sonaban a todo volumen desde un loro. Pana avisó a todo el que se acercó por su mesa:

– Hoy no tengo coca, esto es speed.

Pana ponía rayas gratis y se dejaba invitar a copas en la discoteca a la que iban más tarde. Estos aficionados pensaron que sería más o menos igual la coca que el speed. Alberto vio que algunos de los colegas iban un poco mal, les recomendó que se quedaran a dormir en el bar esa noche, nada de coger coches de vuelta a casa.

– No te preocupes, vamos bien -dijo Enrique, mirándose las manos, que temblaban.

Salieron del bar de Al y fueron a una discoteca bien grande. Dieron un paseo por dentro. Había bastantes pibones, pero muchos más maromos. Fidel dijo que se iba a una discoteca de ecuatorianos, a buscar a una ex novia suya. Algunos se burlaron: ¿por qué seguía detrás de esa tía que tan claramente pasaba de él? Una chica que había tenido durmiendo en su habitación dos meses porque no tenía dónde ir, en casa de sus padres, y a la que no había conseguido follarse.

Enrique se fue con él. Al entrar pidieron unos cubatas. Fidel estuvo mirando, pero no vio a su exnovia, tal vez viniera más tarde. Los ecuatorianos son todos bajitos y bailan por parejas. Enrique entró en la pista y se puso a bailar. Agarró a una chica que por allí rondaba. Estaba rebosante de energía y empezó a zarandearla de un lado a otro haciendo piruetas. Enrique estaba bailando muy bien. Cuando la canción terminó la chica se soltó. Al empezar la música de nuevo, intentó sacarla a bailar otra vez, pero se soltó y le pidió por favor que la dejara en paz. Entonces se dio cuenta de que no era una chica joven, sino una señora de mediana edad, probablemente madre de varios niños. Con lo rápido que crían los ecuatorianos tal vez tuviera nietos. Intentó sacar a otras a bailar, pero todas le evitaron. Volvió con Fidel, que seguía mirando, buscando a su exnovia. Enrique se quería marchar, pero Fidel le invitó a una copa para que esperara un poco más.

En la otra discoteca Alberto se lo hizo con Clara, 1,70 de altura, cintura estrecha y enormes tetas de silicona. Estaba deshilachando su falda vaquera. Él la dijo: “¿Qué te pasa que estás tan nerviosa?”

Ella contestó: “No, es que esta falda me la he hecho yo, recortando unos pantalones, y mira, se deshace”. Había recortado por abajo los pantalones vaqueros para hacerse la falda, y como ésta le pareció larga, los cortó también por arriba.

Alberto dijo que era muy tímida. Ella se rió y contestó que él también era muy tímido. Se enrollaron y en casa de ella era mejor. De camino ella preguntó si le gustaban los perros. Alberto mintió, sí le gustaban. Ella preguntó que le parecían los Pitbull. Alberto contestó que los había visto por su barrio y le parecían muy bonitos y cariñosos.

Clara le contó que tenía un Pitbull, negro con la tripa blanca, muy listo pero muy malo, mordía mucho. Ahora tenía ocho meses de edad. Dormía con ella en la cama y era muy celoso, a veces, cuando la hermana de Clara venía de visita dormían los tres en la cama y el Pitbull solía morder a la hermana.

Cuando llegaron a su casa Alberto hizo el amor a Clara, a su hermana y al Pitbull, que era macho y le mordió varias veces, pero a Alberto no le importó. La noche con Clara fue muy bonita, muy tierna y muy llena de sensaciones. Por lo menos, podría haber cogido algo de cariño al Pitbull. Pero lo suyo no era amor, era sexo.

Ya cerraban la disco de ecuatorianos cuando Fidel decidió dejar de esperar a su ex novia y volvió a la disco a buscar a sus colegas, que ya no estaban. Enrique cogió su coche para volver a casa por la carretera de Vallecas a Villaverde y, distraído por un coche lleno de gente gritando que se le cruzó, estrelló el suyo contra una farola en una rotonda. Se le jodió el radiador y perdió todo el aceite, no obstante, arrancó y siguió varios kilómetros hasta que quemó el motor. Se quedó en el arcén. Llamó al seguro, que enviaría una grúa. La grúa tardó una hora en llegar, Enrique admiró maravillado el amanecer desde la autopista. Cuanta belleza, pensaba, y era solo para él, no tenía que compartirla con nadie, no había nadie que pudiera estropear el momento.

Y llegó la grúa. El conductor, que era también mecánico, ya le advirtió que eso era un siniestro total: un coche de diez años con el motor quemado, radiador y algún faro rotos y con el morro abollado. El de la grúa le llevó a su almacén de coches usados, le invitó a un café con leche y le ofreció un coche de segunda mano que había allí aparcado.

– Ese coche está trucado -dijo Enrique, fijándose en el motor saliendo por encima de capó, no sabía muy bien si ese motor era de avión o algo así.
– Hombre, claro que está trucado. Es tuyo por 11.000 euros, es un chollo.

Un taxi vino a recoger a Enrique y llevarle a su casa. Unas horas más tarde tuvo una llamada del seguro para ver qué quería hacer con el coche estrellado.

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