Haced el amor y no la guerra

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O lo que aconteció a Ignasi Serra i Tordera cuando quiso hacerse un hombre

Por Rhumquina.

I
Esta especie de Bildungsroman, que podemos historiar a partir de un fragmentado diario y algunas cartas sueltas encontradas en un desván, se desarrolla cuando Ignasi comprobó que el valor se le suponía dentro de la inutilidad del servicio militar. Y todo fue por las mujeres.

Tras pasar más frío que Tarzán en el polo norte durante la instrucción en León (la mili se hacía fuera de su región), los días se le hacían más llevaderos en la nueva ciudad donde tenía su destino castrense. Éste debía desarrollarse en una caserna de artillería, por suerte pequeña y situada cerca de la estación. Con la ilusión de los permisos, oír los pitidos de los trenes renovaba los esfuerzos para que la rutina cuartelera, guardia, retén, cocina, etc. llegase a ser soportable. Así aprendió que la vida, eso que ocurría mientras estaba allí, luego no iba a ser más que otra u otras rutinas y cuanto más lo fueran más llevadera le iría siendo.

Como estudiante, y gracias a un remoto enchufe, también desarrollaba en el cuartel funciones de bibliotecario accidental y gozaba de un pase de estudios para algunas tardes. Ignacio (entonces se llamaba así) había comenzado hacía meses una amorosa relación con Sofía, una compañera de estudios que era originaria de otra ciudad próxima a la que se desplazaba ella con cierta asiduidad, pero su llamamiento a filas había postergado las vertientes carnales del idilio. Las irremediables cartas fueron cada vez más la yesca y el pedernal que acabaron encendiendo su pasión.

Así las cosas, sucedió que un día Sofía, que había ido a su ciudad, podía tener, desplazándose en tren, el deseado encuentro con Ignacio que precisamente contaba con aquella tarde ‘libre’. La recogió en la estación, fueron al cine dónde se besaron y manosearon, merendaron pasteles, pasearon del brazo por sitios no concurridos pues él iba de uniforme y cuando cayó la tarde invernal no tuvieron mejor idea hasta que llegase la hora del tren de regreso que introducirse en un parque público a esas horas cerrado. Saltando las cadenas que prohibían el paso, en una de las zonas más espesas de vegetación y a pesar del frío, o por ello, encontraron un banco reservado para que Ignacio pusiese en práctica todo lo que Antonio el sevillano o Pedro el granaíno (el que gritaba que tenía ‘línea’ cuando amanecía empalmado a pesar del bromuro), compañeros suyos de batería, le habían contado que hacían con sus novias. Pero héteme aquí que estando fogosamente en el principio de la faena se oyeron los pasos de un guarda uniformado que vigilaba las instalaciones. Revestidos (en sentido etimológico) por la urgencia del caso y fingiendo un casto paseo fueron, no obstante, requeridos por el guarda, que seguramente los había espiado, para entregar sus carnés y ser conducidos a comisaría. La situación era insostenible, Sofía tenía que volver con su familia ya y a Ignacio como militar, aparte de tener que presentarse a pernoctar en el cuartel a la hora establecida, iban a meterle a causa del asunto un paquete de órdago. Ante la adversidad, se le ocurrió el recurso de apelar a la comprensión del agente que también habría sido joven y mediante el pago de una ficticia multa por quebranto de horarios de cien pesetas, que dejó tiritando su bolsillo, logró salir airoso de la aventura.

Llevada Sofía al tren y despedida con deseo fortalecido por el experimento, a la salida de la estación le dio el alto la policía militar pues la hora era postrera a la retreta pero, más chulo que un ocho, con su pase de estudios cerró la bocaza del cabo que ya se relamía por pescar a un guripa. Con plena satisfacción por sus maduras determinaciones se tumbó en la litera y masculló que mañana sería otro día.

II
Otro día, y otro, y otro… no encontraba ocasión para pergeñar un nuevo encuentro con Sofía, con la que le quedaba parte de la asignatura pendiente. Hasta que se le presentó otra coyuntura favorable. Los momentos de asueto de su existencia cuartelera oscilaban en frecuentar el círculo de colegas ‘políticos’ o el de los compinches ‘de la grifa’ según se terciase. A esta última camarilla pertenecía el furriel que fue quién le propuso el negocio. Tenía éste un paisano en la centralita de teléfonos del cuartel y ello le permitía controlar cuando llamaban del Hospital Militar para solicitar donantes de sangre. Antes de anunciarlo por el correspondiente altavoz, Ignacio había recibido el aviso del furriel, al que pertinentemente había prevenido su paisano, y podía encontrarse en las proximidades del cuerpo de guardia para ser de los primeros en reclutarse. 150 pesetas (que iban para el furriel), un bocadillo de jamón y una cerveza, la comprensión de la monja enfermera y ser citado en la orden del día no era pago suficiente para vencer el pavor a la jeringuilla, pero tres días de permiso sí.

Contó de esta manera, la de la sangre bien pagada, con un fin de semana para acercarse en tren a la ciudad donde Sofía seguía estudiando, lejos ahora de sus padres. Como ella vivía en una pensión-residencia femenina junto a otras chicas, a él, en un piso de conocidos o paisanos estudiantes que ella tenía en esa villa, lo encaramaron a una cama compartida con uno que trabajaba de camarero, donde podía acostarse cuando el camarero se iba a trabajar en bastantes turnos diarios. El piso era de traca y el cuarto, de bandera. Allí desfloró a Sofía con preservativo la primera noche del permiso, entre efluvios poco románticos mal ventilados.

Como no era plan estar, para la jodienda, al albur de horarios ajenos en lugares insanos, la tarde antes de regresar al cuartel, decidió meterse de extranjis en la habitación de Sofía en la pensión, aprovechando un descuido de la portera y al no estar su compañera de cuarto que tenía varias horas de ocupación fuera. Por fin disfrutaron de tiempo suficiente, y de espacio, para el conocimiento carnal en distintas variantes y tras echar el cigarrito de rigor quedaron adormecidos. La puerta estaba cerrada con llave, de ahí los golpes de la compañera al volver que no contaba con ello y era aprensiva y pacata. Gritando el nombre de Sofía se precipitó escaleras abajo en busca de la dueña, que era de arnas tomar, y de otra llave para comprobar lo que pasaba en su cuarto. Sin contestar, Sofía se puso un camisón, para volverse a la cama a hacerse la dormida y aguantar el chaparrón, y empujó a Ignacio en pelotas por el pasillo hasta los baños, volviéndose y cerrando otra vez. Recluido en una ducha, con el runrún de explicaciones ajenas, se vistió como pudo sin encender la luz y en silencio esperaba alguna oportunidad para actuar, pero la mala suerte se cebaba en él y oyéndose risas juveniles de chicas dispuestas a darse un baño antes de la cena, no tuvo más remedio que saltar a un patinillo oscuro y profundo donde permaneció hasta que las labores higiénicas de las compañeras de Sofía hubieron terminado. Pasado tiempo para que el sosiego recuperase el control de la noche, descubrió una azotea adyacente desde la cual precipitarse al vacío de un callejón trasero unos buenos metros más abajo. No tenía más remedio que saltar si no quería sufrir los rigores que a sí mismo aventuraba. Acojonado, así lo hizo descolgándose sin demasiadas magulladuras y al día siguiente, recordando jocosamente ambos lo sucedido, se despidió de ella más enamorado y volvió a su rutina castrense que todavía, por desgracia, se le presumía larga.

III
Larga fue, en efecto, la duración del periodo del servicio hasta su finalización. Y largas las triquiñuelas que, como veterano, hubo de poner en práctica para beneficiarse de reducciones de afanes y ampliaciones de permisos. Acercándose la fecha de la patrona del arma, próxima ya a su licencia, se rebajaba la instrucción del cuartel y se fomentaban los enfrentamientos deportivos entre las baterías del regimiento. Ignacio, que no descollaba en ningún deporte salvo algunas pruebas individuales de atletismo, vio una nueva oportunidad de escape si participando en equipos de deportes colectivos podía aprovechar en río revuelto las ganancias de pescadores. Efectivamente, sus equipos ganaron medallas que se tradujeron en días de permiso para los integrantes. Sin mucho esfuerzo pues, tenía más oportunidades de pasar jornadas de holganza junto a Sofía.

Sofía, que seguía estudiando, vivía ahora en un piso con compañeras igualmente de posibles, por lo que las estancias de la vivienda eran amplias, luminosas y ventiladas y también se comía de lujo. Cada una tenía una habitación donde los novios pasaban todo el tiempo que podían (colaborando en tareas domésticas según sus habilidades) y reinando, no era para menos, una paz y una sana armonía. Había empezado, como sus compañeras, a tomar anticonceptivos que una joven farmacéutica no tenía empacho en dispensar sin receta.

En alguna ocasión, si alguna inquilina marchaba fuera unos días no era raro que alguna amiga o algún familiar, normalmente de otro lugar, de las que se quedaban viniesen a ocupar el cuarto vacío mientras su propietaria volvía. Eso sucedió durante este permiso de Ignacio. En dos de las habitaciones no ocupadas esos días se acomodaron el hermano de una de las compañeras de Sofía y su pareja y otra pareja amiga de ellos, de muy buen ver que, por lo visto, ya habían venido en otras ocasiones al piso. Con los ajustes pertinentes, esa atractiva pareja quedó acomodada enfrente de la habitación de Sofía, que ahora ocupaba también, por supuesto, Ignacio. Cada pareja hacía su vida sin que no se coincidiera lo necesario en comidas, ocios etc. prolongando esa camaradería de la que hemos hablado antes.

Una tarde que Sofía había ido a la biblioteca, al abrir la puerta durante la siesta, Ignacio vio la habitación de enfrente abierta, oyó la ducha cercana y sin poder resistirlo caminó hasta la bolsa de viaje de la pareja allí alojada, donde ropa interior femenina sobresalía de sus dependencias. La cogió y en un impulso irrefrenable le aplicó todos sus sentidos impregnándose de ella hasta la excitación fetichista. Extasiado no escuchó que la chica propietaria de las prendas había vuelto de la ducha. Pero ella, envuelta sólo en la toalla, viendo como besaba sus bragas usadas e igualmente excitada, cerró la puerta y se soltó el nudo. Él abrazó el perfecto cuerpo desnudo, se besaron largamente e Ignacio puso en práctica lo que Antonio el sevillano le decía, con su media lengua, a su novia (“Te ví a comé to lo negro”). Poco tiempo después de que empezase el festín, llegó el novio de la chica gimiendo y con un ojo a la funerala, Ignacio, que se había desvestido, de la sorpresa y el susto dejó también su miembro a la funerala. Resultó que el chico era bisexual y se había prendado en las escaleras de un vecino del edificio que vivía en otro piso de estudiantes y después de algunos encuentros había intentado ir a más, descubierto por los otros compañeros, más homofóbicos, tras insultos y empujones le habían agredido y perseguido y volvía así a pedir consuelo a su chica a la que encontraba con otro tío.

Todo ello generó un escándalo en el edificio y en el piso del que no pudo sustraer a Sofía cuando regresó. Descorazonada, engañada y malhumorada como nunca, conminó a los invitados a que dejasen sus habitaciones y se fueran. E igualmente puso de patitas en la calle a Ignacio jurándole que no volvería a verle. Ignacio durmió en la estación y en cuanto salió un convoy para su destino subió a él, arrepentido pero sin agallas para sincerarse ante Sofía, admitir su culpa, ser perdonado e intentar salvar todo lo bueno que había habido entre ellos.

A su pesar, no había conseguido todavía ser un hombre cabal.

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