El árbol partido (2)

por Claudio Sífilis.

Conzierto

Las Disparidades

Alberto dice que guarda sus sentimientos en la mesilla de su habitación y que luego sale de casa. Para él, que lo ha mirado en el diccionario, el amor es el sentimiento de unión de una persona hacia otra que le completa, sin la cual el individuo no puede realizarse definitivamente. Pero eso implica comprarse un piso, tener una hipoteca, casarse, un montón de compromisos y de momento sus padres no le presionan para que se vaya de casa. El amor hay que despreciarlo si se quiere tener glamur, y si ese desapego te produce sufrimiento, usar maquillaje.

Pero era todavía jueves, Alberto acababa de llegar del trabajo y estaba muy cerca de la mesilla cuando sonó su móvil. Por fin su novia daba señales de existir.

– Hola Violeta, ¿cómo estás mujer?
– Hola, estoy guay, con las chicas, ¡tocamos el día 21 en el Freak Scene!

Se quedaron en silencio.

– Cae en jueves –añadió Violeta.
– ¡Aah!, y estás llamando reclutando espectadores.
– ¿Qué? ¿qué te pasa? ¿Porque estás tan borde?
– Yo no estoy borde. Estoy de buen humor, no sé por qué dices eso.
– Bueno, si no te apetece no vayas.
– Sí, claro que me apetece, si queréis os ayudo a llevar los instrumentos.
– No hace falta, lo hacemos nosotras con la furgo del tío de Carla. Esa furgoneta es como si fuera nuestra, jajaja.
– Y no te apetece quedar algún día, para cenar…
– Claro, darling, pero es que con el concierto estamos ensayando todos los días, si quieres pásate hoy a vernos ensayar y luego cenamos con las chicas.
– Ya, vale, nos vemos esta noche.

Apenas colgó el teléfono se acordó de que tenía que cancelar otra cita, mierda. Se duchó y cogió su coche y condujo hasta los locales de ensayo de la Guindalera. Las chicas estaban ya tocando:

Cayendo en un globo negro al este del mediodía,
si yo gobernara gritaría: No os ensuciéis, no hay medias tintas.
Señoras y señores y todos los gemelos que he visto o he sido,
el dólar sube, la virgen blanca brilla y la polilla choca y arde.
Me decepciona la gente que estropea el mundo.
El guión del diablo está en venta por el corazón de un cuervo.
Brillad sobre mí preciosos, porque está lloviendo en mi alma.
El sol asciende acelerado por control remoto.
El cuervo esparce ácido en el aire antes de que llueva, para ser libre.
Somos individuales, no somos comunistas,
no somos demócratas, somos Las Disparidades.

La canción mezcla una melodía de Elliott Smith y un riff de los Avengers. Las disparidades es en nombre del grupo, cuatro chicas con formación clásica de dos guitarras, bajo y batería. La bajista, que ha estudiado en el conservatorio, en algunas canciones cambia el bajo por la viola o por el piano. Deudoras de la música underground, cambian de estilo acelerando el ritmo para tocar una canción sobre una amiga:

¿Qué dices pringada?
¿Que vas a salir con un tío bueno?
¿Tú te has visto? ¡Si eres un trol!
Tienes forma de ladrillo.
¿Cómo puede un hombre follarse un ladrillo?
Reblandeces sus poyas y las dejas inservibles.
Muy maja, muy simpática.
Nadie te lo va a negar,
Los vuelves impotentes.
Nos los traumatizas.
Ellos no hablan de ello.
Eres una bruja, eres un trol.

Una canción de treinta segundos en la tradición angelina de los Angry Samoans. La encadenan con otra de corte psicodélico, deudora del Maybe de Bevis Frond:

Estoy aburrida del Homo Sapiens.
Deberíamos montárnoslo por nuestra cuenta.
Voy a hacerme una operación de cirugía estética.
Me quitaré el hueso de la barbilla.
Con ella me haré un hueso alargado
que soldaré detrás de mis cejas.
Espero que muchos hagáis lo mismo,
y dentro de poco hombres y mujeres Neandertales
volvamos a caminar por Europa.
Es una calle de una sola dirección por la que todos bajamos,
Mira nuestro coche arder, no podemos conducirlo.
Sin opciones, sin alternativas, la revolución es solo ruido de fondo.
Nadie discrepa sin permiso,
Los hombres más peligrosos toman las decisiones que nos convienen,
No importan los medios que se usen para conseguir mantener el orden.
Y nosotros que nos damos cuenta no hacemos nada.

Cuando la canción termina Violeta sigue hablando en el micrófono:

– Hay un lugar en algún parte donde nunca se pone el sol, donde puedes dejar de sentirte ciudadano del imperio.

Versionan la canción de Aviador Dro. Tocan muchas versiones, ya que su repertorio es corto. Alberto se da cuenta de que Violeta tiene una Fender nueva, y recuerda que ella le habló de una guitarra de dos mil euros que no podía permitirse. Eso fue la última vez que se vieron, hace semanas, no podía pagarla ni a plazos. El ensayo es largo, tocan todas las canciones que se saben, algunas dos veces. A la salida están cansadas y sudadas, van a cenar a un bar, Violeta dice que no ha comido nada todavía en el día entero, y que tiene mucha hambre. Pide un montado de queso y un tercio de cerveza. No es capaz de acabarse el bocadillo. Hablan todo el rato del grupo de música.

Alberto acompañó a Violeta a su casa que estaba a dos calles de allí, galantemente él iba cargando con la guitarra, pero no pudo evitar recriminarle haberla comprado. Ella, que se sentía feliz, escuchaba. Caminaron y al llegar al portal ella entró, dijo que estaba cansada y a él no le dejó pasar.

El día del concierto Alberto se presentó allí sin amigos. Llegó un poco tarde aposta, para no verla antes de empezar. En el escenario todo iba muy mal, no se oía la voz, mucho ruido y Violeta estaba muy cabreada y gritaba al responsable del sonido. El público, casi todos hombres, se burlaban.

– ¡Di que sí, chocho! –gritó uno.

Violeta gritaba por el micrófono acoplado que quería hablar con mujeres. Señaló a una del público y le hizo unas preguntas que ella misma respondía en monólogo. Al terminar señaló de nuevo a la chica: “Recuerda, el placer es la única venganza, especialmente para las mujeres”. Señaló a otra mujer, que no se quiso acercar, así que arrancaron con otra canción. Puro ruido.

Vestidas al estilo de los Rolling Stones de la época de Exile on Main Street, Violeta tenía un aire a Mayanne Faithfull, con una cresta al estilo punk del 77, que estrenaba para la ocasión. Para cuando el técnico de sonido logró aclararse y que sonara la voz ya solo quedaban dos canciones, una versión acústica en castellano de Baudelaire de Peter Laughner que mejoró la opinión del público.

– Ahora te pones a cantar bien, ya te vale. ¡Enséñanos las bragas! –gritó el de antes.

Alberto se acercó a él y le pidió que se guardara su mierda en el bolsillo, que la gente estaba allí para pasarlo bien. El tipo asintió y se calló. La canción era así:

Lily White caminaba y hablaba como siempre, en el escenario.
Ruby me acariciaba como si fuera su mascota.
Yo miraba mi reflejo en el vaso de bourbon,
no podía encontrar a mis amigos.
Ruby dio una vuelta e hizo una pirueta,
como una bailarina fantasma en la escalera mágica.
Me hizo sentir libre en la cuidad sin tiempo,
mi propio sueño de Baudelaire.
Lily White se me acercó y me susurró,
pude ver diamantes cayendo de su boca.
Ruby movía sus limones como si le llegara la brisa del sur.
Yo estaba prendada por su pelo rojo,
noté por primera vez el sabor del peligro,
me sentí como Boudelaire.
Aquí llega la noche, para llenar mi vaso una vez más.
Todas las mujeres se preparan para el show,
y mi cabeza está mezclando el vino y la sangre.
Todos los secretos de los amantes vagabundos
están en los ojos de los gatos.
Ruby parece conocer todos los secretos del vino
y la sangre que fluyen por el callejón

Al terminar el concierto las chicas tuvieron que hablar con mucha gente y Alberto se apartó a un rincón club sin entrar en los diminutos camerinos, solo gente del negocio musical allí. Habló con otros amigos de Las Disparidades, que estaban como él, presentes en el evento e ignorados. Finalmente Violeta apareció, alegre porque se había tomado algunas rayas y se puso al lado de Alberto para ver al otro grupo que tocaba, unos jevochos de Boadilla que también se quejaron del sonido.

Alberto no quiso mencionar que el discurso de “el placer es la única venganza, especialmente para las mujeres” lo había copiado a Lydia Lunch, del concierto que vieron en Madrid unos meses antes. No la había salido tan bien como a la neoyorkina.

Cargada la furgo, Carla se fue en ella con su novio. Las otras chicas salieron en distintas direcciones. Alberto llevó a su chica a casa y esta vez sí le invitó a subir. En el ascensor la abrazaba y besaba, pero ella lo apartó:

– No empieces, la noche es larga, tranquilo.

Eran las dos de la mañana y Alberto al día siguiente trabajaba. Entraron en el piso, que era compartido, y fueron a la habitación de Violeta. Tomaron una copa y unas rayas antes de acostarse. También había que ducharse. Estuvieron sentados en sillas junto a una mesita de pared hablando durante una hora. Hablaba ella, había estado hablando con el dueño de una compañía de discos interesado en distribuirlas un disco, pero tenían que grabarlo ellas, y no tenían dinero para pagar un estudio y un productor. Alberto trataba de animarla, más que nada porque quería follar. Prometía que buscaría un productor para el disco. Finalmente a las tres y media se abrazaron e hicieron el amor. Después Violeta quería salir a comprar más coca, pero Alberto se negó.

– Aquí se está de puta madre, ¡vamos a dormir!

Ella se durmió pensando en dónde se podría comprar coca a esas horas. Él se durmió pensando que tenía tres horas para dormir, luego tenía que ir a Vallecas a por ropa limpia y que llegaría tarde al trabajo.

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