Un día nací yo…

Por JRG.

vascoA la cosecha del 62, el Consejo regulador de los vinos de Rioja la calificó como MB, Muy Buena; no E, Excelente, tan sólo MB. Así que durante algún tiempo supuse que fui concebido y nací en esa añada por algún defecto en el método Ogino. Mis creadores ya tenían otro hijo desde hacía más de diez años, por lo que solía preguntarme que para qué puñetas quisieron complicarse con otro chillón más. Luego supe que a mi padre le hacía ilusión tener una hija y como la ecografía aún estaba por inventarse decidieron tirar los dados a ver que les salía. Y salí yo. Suelo consolarme pensando que, al menos, fui fruto del placer.

Mi padre preparó con cuidado el escenario para mi venida. En vez de optar por manchar las sábanas de casa, tiró la cartera por la ventana y se gastó el salario de una semana para que yo saliera a dar guerra en un hospital. Un hospital municipal con sus camitas blancas y su alicatado hasta el techo y eso.

Llegó el famoso día y uno, que siempre ha sido muy mirado, eligió bien la hora para no tocarle mucho los callos al doctor y hacer poco ruido. Mi pobre madre, que tenía una alzada de no más de metro y medio, se pegó la pechada de sacar un bárbaro de 4,5 kilos, dentro de la media, según los percentiles de aquellos infaustos años. Menuda putada tenía que ser sacar por las bravas un pildorazo así.

El doctor tuvo que insistir mucho para que yo llorara, pero no lo hice. Como nací vasco del todo, me manifesté fiel a mi raza desde el inicio y salí sin mariconada ninguna. También es cierto que tras ese segundo de gloria todo fue un cuesta abajo continuo, pero no quiero adelantarme. Una vez instalado en la que sería mi casa durante mucho tiempo, decidí tomar posiciones y hacerme un hueco que gobernar. Mi hermano ya tenía diez años y resultaba muy jodido sacar la cabeza con semejante competencia. Además, los padres de entonces no prestaban tanta atención y cuidado a los hijos como ahora, y uno tenía que ir arreglándoselas solo, como bien pudiera, o hacer buenas alianzas con el enemigo para coronar la infancia indemne o, cuando menos, muy poco roto.

También es verdad que los controles de calidad de la época eran mucho más rigurosos que los de ahora y que todos los ensayos eran destructivos (sin gaseosa). Si tuviste suerte y la Talidomida no te tocó en el lote, debías estar sólidamente construido para poder afrontar las putadas de tu hermano, las caídas en plancha desde la cama o el hacerte pis en la cama hasta la Primera Comunión.

Mi primer control de calidad lo pasé en el portal de casa. Un vecino guardaba su Guzzi palillos dentro del portal. Una mañana, mientras mi madre hablaba con la vecina del segundo de cosas importantes, me escapé del cochecito y comencé a experimentar la titánica tarea de erguirme como buen bípedo enano. Necesitaba un andamiaje para el asunto y la Guzzi me servía bien. En una de estas la motito perdió su estabilidad, pero yo, vasco-vasco como era, la sujeté con mi cabeza. Si algo tenemos duro los de mi familia es la testa. Pero tampoco era moco de pavo el acero italiano de la Guzzi: sus manetas de freno salieron de las bayonetas que no usaron los soldados del Duce en la 2ª Guerra Mundial. Fue así como estrené mi cabeza a las muchas marcas que irían coronándola a lo largo de mi carrera de ir a toda hostia por la vida.

Aún resuena en mi cabeza el grito de mi vieja, y el de la vecina, y los de las vecinas de los otros pisos que bajaron para solidarizarse con mi mamá y gritar en un acompasado coro.

Sangré mucho, pero lloré lo menos posible para no poner la cosa más jodida. Creyendo que lo peor ya había pasado, hasta sonreí un poco escuchando los comentarios en el taxi que nos llevó al cuarto de socorro. Cuando entramos subiendo las escaleras y manchándolas, pues el pañuelo de mi madre ya estaba colmatado y goteaba mi sangre pueril y roja, empecé a darme cuenta de que aquello no era nada bueno.

El cuarto de socorro de mi pueblo lo llevaban las monjas de San Vicente de Paul, con su hábito completo, bigote y barba. «Usted puede ir a la sala de espera», le dijeron a madre. En aquel momento yo estaba sólo con aquello de la cofia y era la primera vez en mi corta vida que le veía las orejas al lobo. Me depositaron en una camilla muy fría y vi el techo muy blanco. Luego me cortaron el pelo. Era mi primera experiencia clínica, así que no sabía si aquello era un alivio o el anuncio de algo peor. Y luego ya llegó el yodo, ¡que joder con el yodo! Y aquello no fue nada comparado con el zurzido que me dieron después. Me hicieron mucho daño pero me mantuve firme. Eso sí, me hice pis y cacas (¡que se jodieran también ellas!) y como entonces no había Dodotis íbamos a escape libre.

Insistiendo en la vasquidad de mi naturaleza no lloré hasta que no vino mi madre. Pero cuando me entregaron limpito y con una camisita del cuarto de socorro a mi mamá, entonces lloré mucho mucho mucho. ¡Eso no le podía salir gratis a mi madre!

Luego llegó un señor muy fuerte al cuarto de socorro y me tocó la cabeza para comprobar que seguía asegurada al resto de cuerpillo. Me enteré después de que era mi padre, porque yo a esa edad y en esa época no le había visto mucho; a la hora de comer se daba teta y él no tenía. Supongo que pagó y regresó a las tinieblas. Y a mí, aprobado el primer control de calidad, me llevaron a casa, para que pudiera seguir mi recién iniciada carrera cuesta abajo y sin frenos.

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