El árbol partido (3)

por Claudio Sífilis.

ESCOBAZOS

La forja de un soltero.

Hacían unas enormes escobas con un matorral de la zona y las prendían fuego, luego se daban escobazos unos a otros. Enrique pensó que era la mejor excursión para estrenar su coche recién comprado. Ninguno de sus amigos se quiso apuntar, tampoco Petra, una alemana que había conocido por internet unas semanas antes. No le importó ir solo, había llegado el momento de hacer lo que deseaba hacer, no seguir a nadie.

No reservó hotel, de todas maneras encontró una habitación en Jarandilla de la Vera, tuvo que pagar por una habitación doble, el hotelero dijo que si no le pagaba la habitación doble esperaba a que viniera una pareja.

Salió del hotel para dar una vuelta por los alrededores del pueblo, por un camino fue a Guijo de Santa Bárbara, pasó por bosques de robles y castaños junto a un arroyo, también por montes pelados. Había algo de nieve, al fondo se veían altas montañas cubiertas de nieve de la sierra de Gredos. A la vuelta llovió y se mojó entero, fue al hotel a secarse aunque no se pudo cambiar, ya que sólo tenía unos pantalones y unas zapatillas. Se dirigió a la plaza, donde le habían dicho que eran los escobazos.

Un niño de unos ocho años cortaba el paso, tenía una escoba pequeña ardiendo y no dejaba pasar, golpeando con ella. Un padre con su familia le gritaba al niño, le gritaba que estaba loco, que cómo podía amenazar a la gente con fuego, que iba a quemar a alguien. El niño no sabía si reírse o esconderse.

Enrique esquivó al niño y siguió camino hacia el centro del pueblo. El siguiente obstáculo era un hombre grande vestido de bombero y era él quien gritaba: “¡Mecagüen Dios! ¡Me cagüen todos los santos con estampa!”, corrió hacia Enrique con una escoba prendida de un metro de diámetro y le golpeó de frente, luego fue a por otra gente. A Enrique le agradó el fuego alrededor, tenía frío, estaba mojado.

Llegó a la plaza, había mucha gente de pie, tranquilos, de charla, bebiendo botellines de cerveza, había multitud de escobas ardiendo y muchas más esperando a ser encendidas, algunas fogatas. Instintivamente huía del fuego, aunque en realidad le agradaba recibir escobazos. Con su cerveza y se puso junto a una fogata para calentarse, una lumbre hecha con buenos troncos de árbol.

Vaya fiesta, todo el mundo vestido con sus peores ropas, incluso las chicas. La gente cantaba canciones. Celebraban la fiesta de la Inmaculada Concepción:

¿Cómo pudo ser? ¿cómo pudo ser?
aquél que lo hizo bien lo supo hacer.
Y la zarza ardía, y la zarza ardió,
y no se quemaba la Virgen María.

Otra gente cantaba:

Ellos eran cuatro, nosotros sólo ocho,
¡qué palo les dimos ellos a nosotros!

Tocaban tambores y rascaban botellas. Y por supuesto te daban escobazos. Enrique pensaba que eso iba a ser todo cuando de pronto aparecieron unas escobas de entre tres y cuatro metros en posición vertical, y una gente vestida de traje regional montada a caballo. Los caballos comenzaron a caminar por la calle entre la gente y el fuego. Había comenzado la procesión. Enrique preguntó a una chica dónde estaba la Virgen, porque no la veía, y pensaba que en las procesiones los que se hace es llevar una figura religiosa de un lado para otro.

– No hay Virgen, solo un estandarte. La Virgen no sale en esta fiesta, porque no la gusta las cosas que la cantan.

La ruta dentro del pueblo que hizo la procesión pasaba por todas las plazas, en las que había grandes fogatas, de diez y quince metros de alto, y la última, al final del recorrido, medía cerca de cuarenta metros. Allí paró la procesión, que quedó en silencio observando la inmensa llama. Enrique deconstruyó la fiesta, y la consideró pagana. La declaró en honor al fuego. Vio en las llamas a los antiguos convenciendo a los inquisidores que el fuego representaba al espíritu santo, en su forma de zarza ardiente, y que el fuego representaba el milagro de la inmaculada concepción. ¿Cómo pudo ser, como pudo ser? Aquel que la dejó preñada, bien lo supo hacer. Enrique se reía solo, apenas a diez metros del Dios del Fuego, que crecía y se hacía más vertical al haberse formado las ascuas de los enormes troncos.

En los siguientes días visitó varios pueblos, Garganta la Olla, Cuacos de Yuste y el monasterio de Yuste… Admiró la arquitectura, las montañas, los bosques, las cascadas y las aves rapaces. Habló con lugareños de las inspecciones de sanidad a sus animales de granja, de caza, de obras en el pueblo, de alcaides: el alcaide, tanta cabeza y tan poco seso.

En la mente de Enrique, sin darse cuenta, el estrés fue sustituido por la meditación. Los últimos años sus amigos se habían casado, quedando solo los más perdidos, los más autodestructivos, Enrique, que siempre había adorado viajar, no lo hacía por no encontrar quien lo hiciera con él. En este viaje descubrió que no necesitaba compañía para viajar.

En Villanueva de la Vera compró un disco de jotas, Vahaíle, de un grupo llamado El Arroyo de los Cagaos. Y decidió que en febrero volvería a ver la fiesta de ese pueblo, la fiesta del Peropalo, cuyo pregón de inicio de fiestas podría ser como el del inicio del disco:

De parte del señor alcalde,
se hace saber,
que se arrecojan mujeres y niños,
y que cierren puertas y ventanas,
que salgan hombres y mozos
con objeto pinchante, cortante y tiroteante,
que ha venido un monstruo
con los ojos encandilaos
y que jace, JAJUUUÚ, JAJUUUUUÚ

Ya en febrero, Enrique llegó tarde al pregón. Iba con la idea de pasarse un fin de semana discutiendo si el Peropalo merecía ajusticiamiento popular o no lo merecía. El Peropalo es un muñeco alto con traje elegante que en las fiestas sacan por el pueblo, la presencia del muñeco crea malestar, finalmente es detenido, juzgado y condenado a muerte. Como esto pasa a lo largo de toda una semana en la que Enrique tenía que trabajar, lo único que hizo fue presenciar las fiestas en la calle y beber vino de pitarra.

Al salir del bar Merengue se encontró unos chavales que sujetaban una escalera de madera, los más valientes se subían a ella y se tiraban al vacío, siendo recogidos y manteados con las manos hasta ser depositados en el suelo. Todos los que se lanzaban eran chicos, hasta que una chica se atrevió, tono rojo de excitación en su rostro, subió decidida hasta lo alto de la escalera y se lanzó, en medio de gritos y barullo.

Enrique volvió al Merengue a tomar más tragos de vino. Al salir y se había formado un corro de mujeres que bailaban; debía de haber cincuenta mujeres. Recordó:

Como la zorra tiene largas las patas
se ha metío en el baile de las beatas,
las cuales, le regalan dedales, botones
para las pretenillas de sus calzones.
Veinticinco mujeres, cincuenta tetas
y si son de cochina, ciento cincuenta.

Hay otro bar en el que los chavales y chavalas bailan a empujones y Enrique se mete dentro. Suena música moderna, en vez de folclore. Se abre paso y llega a la barra. De camarero hay un musculitos de unos dieciocho años que está preparando kalimocho. Enrique pide un vino de pitarra. Le mira como sin entender. Entonces Enrique pide un gin tonic. No le hace caso y se lo vuelve a pedir. Finalmente el camarero le hace un corte de mangas. La gente baila a empujones, algunos caen por el suelo, a otros les levantan por el aire. La chicas vuelan por los aires, caen como mariposas, los chicos las levantan con respeto. Enrique sale con cuidado del local, ya que no ha sido bienvenido dentro.

En la calle un viejo baila con tanto entusiasmo que está a punto de caerse varias veces al pisar por la reguera que pasa por medio de la calle, bajando el agua de la sierra.

Uno que le ha estado observando le explica que me he metido en la peña de los quintos. Los quintos son los chicos y chicas del pueblo que cumplen este año los dieciocho años, cosa que celebran por su cuenta. Le cuenta que el camarero es un tontaina, y que está cabreado porque ya ha cobrado antes, le han agarrado entre tres y algunos buenos tortazos se ha llevado, bien merecidos al parecer.

Finalmente Enrique se anima a empezar:

– Pues yo creo que el Peropalo es bueno, y no deben matarlo.
– ¿Qué dices? Si ese es un salido.
– ¿Pero qué ha hecho?
– Que es un salido, y da mucho miedo.
– ¿Y solo porque da miedo lo van ustedes a condenar a muerte?
– Mira, siendo yo niña, me desperté por la mañana, y bajé a la cocina a que me dieran el desayuno, y nada más bajar las escaleras me lo encuentro, en mi casa, que a mí nadie me había dicho que lo iban a traer a casa. ¡Tú sabes qué susto me dio!
– Sí, me imagino… Hay que ahorcarlo, tiene usted razón.
– Esta fiesta es cada año menos Peropalo y más fiesta de carnaval… Y eso que han hecho los quintos antes en medio de la plaza no me ha gustado nada, ¡qué gusto pueden ver en eso!

Terminó el sábado pero la fiesta no había hecho más que comenzar, quedaba una semana. El domingo Enrique tuvo que volver a Madrid, porque el lunes trabajaba. El siguiente texto en cursiva está extraído de la página web de “El arroyo de los cagaos”, una manera de buscarse la vida que es ejemplo de disparidad:

A principios de los 90, la Taberna de Maxi (antes Ca’Belloto) en Villanueva la Vera era el reducto de los más escandalosos pelanas adolescentes del pueblo. Allí se reunían para beber calimocho, fumar porros y cantar canciones de la maqueta de Extremoduro que habían logrado nadie sabe cómo. Con el paso del tiempo estos pelanas fueron creciendo y descubrieron las virtudes del vino de pitarra, vedado para los vándalos sin iniciar que eran antes. En estos momentos, cuando los vapores del vino nublaban su conocimiento, cantaban entre el repertorio jevi, cierta canción verata en la que se apologiza la masturbación, con lo que poco a poco fueron dirigiendo su esfuerzo hacia la recopilación de canciones de taberna con las coplas lo más guarras y escandalosas posibles y que más tarde harían famoso al Arroyo. Algunos, incluso se arrimaban a las numerosas rondas que con motivo de bodas u otros festejos pasaban por la puerta de tan entrañable taberna, refugio último para aquellos que en estos singulares eventos querían escaquearse de tener que pisar suelo sagrado. En esta época, y hay documentos gráficos que así lo corroboran, celebraban los cumpleaños aporreando la guitarra y berreando en lo que llamaban liar una zambra, descubriendo el inmenso placer de revolcarse en el suelo cuan mulos sudados duchándose en la arena.

Y llegó el día en que cerró sus puertas la ya legendaria taberna de Maxi, pues se jubilaba el tabernero incapaz de soportar más los intensos hedores marihuaneros que emanaban de su lugar de trabajo. Tras echarle a tío Maxi una despedida que estuviera a la altura de las circunstancias, en la que casi mueren electrocutados, anduvieron errantes sin bar fijo hasta que Merengue les ofreció su paciencia mañanera, quedando desde entonces su taberna establecida como sede oficial de estos singulares personajes. Tras un intento de formar un grupo de thrash metal que al fin y al cabo les sirvió para iniciarse en la música, fueron descubriendo que era más divertido tocar por bares y tabernas que en local de ensayo. Así pues, los derroteros de estos pelanas no transcurrirían más por el mundo de los electroduendes, y las guitarras eléctircas empezaron a oxidarse y coger polvo abandonadas en el local, mientras que la vieja guitarrilla no paraba de romper cuerdas y dedos por igual. Además, poco a poco se fueron uno a uno cortando el pelo según fueron siendo llamados a filas, con lo que los exentos, los objetores y los insumisos son los únicos de este grupo que siguen teniendo el pelo largo (es decir, el exento, el objetor y el insumiso).

Gracias al legendario Peporro, a José María y otros aguitarreros, a la sombra de la encina del Labrao el Señor y a la santa paciencia de Merengue , algunos de estos Calaveras (como se conocía por esta época a los antiguos pelanas que seguían con la afición a las camisetas románticas) aprendieron de mala manera a afinar guitarras, laúdes, bandurrias, arabeles y lo que hiciera falta. Con los guitaparros afinados descubrieron un maravilloso mundo de armonías tradicionales que antes les parecía provenir del vapor mágico del pitarra marihuanero. Así pudieron comprobar que si en vez de gritar a lo burro y aporrear la guitarra ponían ciertos acordes en un orden determinado y se entonaba una tosca melodía en conjunción resultaba una bella canción, incluso podía salir una jota o una rondeña. Descubrieron además que existían varios estilos para cada cantaor y pueblo y, en general, un universo entero de melodías y ritmos por explorar. Y eso les pareció bueno.

Así, cuando cerraban la discoteca, en vez de dedicarse a berrear como antes, corrían a sus casas a por los guitarros, los afinaban a duras penas y practicaban horas y horas, amenizando las tranquilas mañanas domingueras de Villanueva. Lo hicieron con tanto entusiasmo que los propios pelanas que no sabían tocar ningún instrumento aprendieron a hacerlo para no dormirse, pues su fama de juerguistas infatigables se estaba echando a perder. En esta época empezaron a manifestarse los talentos hasta entonces ocultos de algunos de estos vándalos que parecía que sólo sabían dedicarse a hacer el indio. También se reforzó el grupo con una nueva camada de jevis sin domar que también habían evolucionado desde lo más cañero del Hardcore hasta la música tradicional.

Debido a un cúmulo de casualidades de la vida, en la radio del tractor que escuchaban colgando tabaco un día escucharon que existía un concurso de jotas y rondeñas al que decidieron presentarse, dispuestos a cagarse en Dios como usualmente hacían. Desde entonces los pilares que el deleznable caudillo había eregido para tratar de domesticar la música tradicional empezaron a derrumbarse. Corría el año 1996, El Arroyo los Cagaos empezaba su actividad guerrillera.

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