Se permiten los errores

constant

por Álvaro Quintana.

Uno puede echarle la culpa a los malos profesores de todos los caminos equivocados que luego cogió con entusiasmo, desde una carrera poco prometedora hasta una mujer cada vez más impenetrable (no pun intended). Aquellos docentes sin vocación ni talento torcieron el curso natural de un carácter destinado al éxito, esto es, la felicidad. Sin embargo, en no pocas ocasiones (y siempre, ay, años más tarde), salta la evidencia, como un animal delante del coche, de que los profesores señalaron con palabras claras y espíritu admonitorio los baches en los que tropezaron sucesivas e idénticas generaciones de estudiantes y que estos, cruelmente cegados por la naturaleza para ciertos colores, ignoraron con temeridad. Si el Dios de los Ejércitos no fue capaz de enderezar la dura cerviz del Pueblo Elegido por medio de una rigurosa dieta de calamidades, ¿qué puede la voz de un tipo a menudo desautorizado ante un pelotón de chavales atiborrados de energía y actividades extracurriculares? En palabras de Pavese:

Vivir es como hacer una larga suma, en la que basta haberse equivocado en el total de los dos primeros sumandos para que ya no salga nunca. Quiere decir engranarse en una cadena dentada, etc.

Que las buenas intenciones van por un lado y el carácter por otro lo demuestra ese parche viviente que es el profesor particular. Siempre de guardia para atender a este hijo mío que, ay, es que se distrae con el vuelo de una mosca y no sabe estudiar, presta el servicio de una carretera secundaria que permitirá al infante, si acierta a dar las luces y no confunde el embrague con el freno, reincorporarse a la autovía de la educación reglada. Los esfuerzos de pedagogos y psicopedagogos (sea ello lo que fuere), no obstante, tienden con firmeza al sumidero de los trabajos perdidos, ya que poco se puede hacer contra la yijad hormonal que sacude a los jóvenes. Y, a pesar de todo, algo queda en ellos. Siempre. Uno espera que sea algo de lo bueno.

Poca suerte tuvo el pequeño Benjamin Constant con sus preceptores. Huérfano de madre, fue su padre, un militar de patrimonio generoso, quien se encargó de buscar lo mejor que la enseñanza privada ofrecía en Europa, dejando por el camino una serie de enseñantes que podrían haber figurado sin desdoro en la banda de los malos de algún Spaghetti Western. En los días de ocio entre que entraba por la puerta y salía por la ventana un preceptor detrás de otro, el pequeño Constant dio en el vicio que ha atrofiado tantas cabezas prometedoras, cual jeringuilla que bombea tinta en lugar de heroína, y que sólo la decidida labor disuasoria de los Planes de Fomento de la Lectura ha conseguido paliar: las novelas y ensayos recomendados por los suplementos literarios (por aquel entonces, el boca a boca). “Mi cabeza y mis ojos se resintieron, después, toda mi vida”.

Constant cambió de profesores y de países, mudando en todas partes la buena disposición inicial de los que le recibían por una frialdad causada por un temperamento dado al disparate. Es bien conocido el tipo de adolescente que contrarresta la timidez con una inteligencia presta al desplante: la brillantez que quiere ocultar la falta de experiencia. Pues bien, Constant aunaba todo esto con una temeraria candidez que le hacía aterrizar en situaciones propias de Larry David. Valga como ejemplo su absurdo cortejo de una muchacha, llevado a cabo por capricho, a la que invitaba a rechazar al pretendiente elegido por su madre (pretendiente con el que la muchacha estaba muy contenta, por otra parte). Mientras, Constant pasaba horas con la madre quejándose de que su hija no le hacía caso, hasta que el amante de aquélla se puso algo celoso. La madre reunió a su amante y a Constant para que éste aclarase que sus reuniones tenían como motivo los desamores del joven con su hija. Sin embargo, Constant temió la humillación de las explicaciones y “experimenté una especie de apuro del que me pareció más fácil salir mediante una escena que mediante una tranquila conversación”. Así, tomó un frasco de opio que llevaba encima y se lo echó al coleto, consiguiendo los que estaban con él que derramase la mayor parte. “Hice todo lo que me pidieron con docilidad, no porque tuviese miedo, sino porque habrían insistido, y me habría resultado molesto resistirme”. La falta de constancia, una de las muchas formas de la pereza, engalana el carácter de Constant. “No ha sido la única vez en mi vida que, después de un acto grandioso, me ha fastidiado de repente la solemnidad que habría sido necesaria para mantenerlo, y por puro aburrimiento he deshecho mi propia obra”. La velada terminó con los tres en la ópera.

Constant derrocha una deliciosa despreocupación. En primer lugar se señala una meta, generalmente tras nula reflexión y obligado por la circunstancias, y luego confía en que el orden natural de las cosas se acomode a su fantasía. De esta manera es como llega a Londres, dando por descontadas las voluntades y hacienda de remotas amistades de estudios y sin mucho cuidado acerca de sus propios medios.

No me preocupaba para nada el dinero, pues de mis quince luises empleé dos, rápidamente, en comprar dos perros y un mono.

Tras otras peripecias, endeudamientos y abusos del favor ajeno, el viaje dibuja el mismo secreto centro que las penúltimas copas de la noche: evitar la vuelta a casa. En el reencuentro con el padre no hay reproches por la ausencia de noticias o la vida disipada sino sólo preocupación por el hijo. Uno y otro hacen gestos de acercamiento que no pasan de ahí. Constant reconoce, ya tarde, que debió hacer más para romper el muro de timidez e incomunicación con su padre, el hombre que puso en marcha la rueda de su educación sabiendo que no se iba a detener nunca y que pronto iba a escapar de su control.

El tono ligero de estas memorias y su relato exacto, tierno y cómico del aspecto más vivalavirgen de la juventud, hacen que el único defecto de este libro sea su brevedad. Trae ante los ojos el tiempo en que las calles sabían a nuevo y el futuro estaba siempre lejos, cuando los errores no eran definitivos.

Benjamin Constant, El cuaderno rojo
Traducción de Manuel Arranz
136 páginas
Editorial Periférica

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