El asesinato de Baroja, 2. Primeras noticias

por José Martínez Ferreira.

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El primer episodio de este relato del asesinato de Pío Baroja lo terminamos con los fogonazos de la pistola del requeté Juan Mendizábal que acabaron con las vidas del escritor y sus dos amigos. Eran las siete de la tarde del día 22 de julio de 1936, hacía calor, empezaba a caer la tarde y a rondar la Guerra Civil en el Alto Bidasoa navarro.

Pocos minutos después, a escasos metros de donde yacen desangrándose los tres cadáveres, siguen pasando los vehículos de la columna del coronel Ortiz de Zárate, que en el caos del momento, entre el ruido de los motores y los disparos al aire por parte de algún soldado eufórico, lo hacen sin darse cuenta de lo que pasa al otro lado de los coches estacionados, por lo que ninguno para a ver lo sucedido. Acompaña aquí a la milimétrica reconstrucción de Miguel Sánchez-Ostiz uno de los dos únicos relatos de primera mano de los hechos, el realizado por uno de los requetés presentes, Julio Anguita. Muy enfermo, Anguita quiso contar su versión de los hechos tras décadas de silencio y concedió una entrevista a César González-Ruano (Madrid, Blanco y Negro, 28 de enero de 1962, pág. 32-36), conversación que fue la que acabó con la patraña oficial del accidente-confusión y sacó a la luz la verdad de lo ocurrido, además de poner nombre y apellidos al ejecutor, lo que provocó una intensa polémica en la España de aquellos años.

En su relato, comúnmente aceptado como verídico por todos, Anguita, asustado ante las posibles consecuencias de su acto, apremia a los demás para que se vayan de la escena del crimen, sabedor de que Baroja es un personaje conocido en toda España. Ese mismo temor es el que le lleva a convencer a Mendizábal, cabecilla del grupo, de que dejen en su lugar el coche del médico, máxima prueba de lo que han hecho si les ven montados en él. A pesar de las reticencias de Mendizábal y de otro de los requetés llamado Martín -los nombres de los otros dos participantes en los hechos han quedado sepultados por el tiempo y no se conocen- se suben en el coche en el que iban y marchan con el resto del convoy camino de Vera, donde iban en ayuda de un Beorlegui bastante estancado en su ofensiva, aunque paran con el resto de la columna la localidad cercana de Santesteban a hacer noche.

Al rato de haberse ido Mendizábal, un coche con oficiales que va adelantando al resto del convoy, tratando de llegar a la cabeza, se para al ver en la cuneta el coche del médico con las puertas abiertas. Esos días los coches son una pieza clave para el control del territorio y cualquier vehículo abandonado es confiscado casi sin preguntar. Dan la vuelta al coche y descubren los tres cadáveres. El brazalete del médico y el distintivo de la Cruz Roja en el parabrisas del coche hacen que uno de ellos lo reconozca como el que hace un rato vieron aparcado en Almandoz, donde horas antes el médico había estado atendiendo a su esposa enferma. El respeto a la Cruz Roja es lo que hace que no dejen los cadáveres ahí y el oficial al mando ordene parar un camión, cargar los cuerpos en él y llevarlos hasta Narvarte, a muy poca distancia. No reconocen a Baroja, cuyo rostro ha quedado cubierto de sangre y desfigurado por el disparo en la cara. Paran también a un motorista al que ordenan volver a Almandoz, para que avise en la casa donde vieron el coche del médico de que éste ha tenido un problema en la carretera, por si saben el nombre de algún familiar y le pueden informar.

En Itzea, mientras tanto, Carmen Baroja está muy nerviosa ante la tardanza de su hermano y pide a Ricardo y a Julio que vayan a casa de los Larumbe y les pidan el coche para ir hasta Almandoz y ver si Pío está bien, ya que el coche familiar había quedado en Madrid. Les acompaña Javier Larumbe, amigo de Julio, que conduce el coche. Al pasar por la plaza a la salida de Narvarte Julio reconoce el coche del médico aparcado junto a la iglesia y paran a preguntar. Tras ser avisado por el motorista, justo en ese momento llega también el suegro del médico, Manuel Góngora, que conoce a Ricardo y le cuenta que han ido a casa a avisarle de que viniera. El soldado que vigila la puerta de la casa donde están los cuerpos, llamada del Trinquete, a la izquierda de la iglesia, les avisa de que es ahí donde tienen que entrar. Entran en la improvisada morgue Julio, Ricardo y Góngora. Larumbe decide quedarse fuera esperando. El motorista, que ha hablado en Almandoz con la familia del médico y sabe que en el coche del doctor iba también el conocido novelista, se da cuenta de lo que ha pasado, de quién es una de las víctimas que hay encima de la mesa y se excusa diciendo que va en busca de su comandante. Al salir, le pide al soldado de la puerta que no abandone por nada del mundo su puesto y no deje entrar a nadie hasta que llegue el comandante.

Al cabo de media hora llega de Santesteban un coche del que se baja el comandante Carlos Martínez de Campos, quien de inmediato entra en la casa del Trinquete. Se produce una tensa conversación con Ricardo, Julio y el suegro del médico. Ricardo pregunta a gritos cómo ha sucedido algo así, quién ha sido y quién es el responsable. Martínez de Campos promete aclarar y depurar responsabilidades y tras unos minutos de conversación deja con los Baroja a un capitán que ha venido desde Santesteban con él y sale a la calle. Al igual que el motorista, también le dice al soldado de la puerta que prohiba la entrada a toda persona sin su autorización expresa. Le dice a Larumbe que si quiere entrar lo haga en ese momento porque a partir de que su coche arranque ya no podrá hacerlo. Larumbe entra, Ricardo sale y le dice al comandante que es necesario avisar a su hermana Carmen. Éste le promete que enviará un coche con un salvoconducto a recogerla. Pone a su chófer a vigilar la puerta junto con el soldado que ya lo hacía y les dice que deben dejar entrar a los que vengan con un salvoconducto firmado por él. Sale hacia Santesteban.

En esta localidad se reúne sin perder un momento con Ortiz de Zárate y los otros dos tenientes coroneles al mando de la columna y entre los cuatro empiezan a valorar lo sucedido. Se suceden las llamadas, el propio general Mola interviene desde Burgos, a donde ha llegado desde Pamplona ese mismo día. Según Anguita, alguien les había visto salir del escenario del crimen por lo que en algún momento durante esas conversaciones es llamado a declarar y cuenta lo sucedido a los oficiales mientras Mola permanece esperando al otro lado de la línea telefónica. Anguita es amenazado con ser fusilado si habla alguna vez en su vida de nuevo del tema. Se teje la versión oficial del accidente, esto es, la confusión de las víctimas con unos comunistas que habían robado un coche médico esa misma mañana en Irún y que, debido a un movimiento sospechoso de uno de los detenidos, que lleva un arma, son abatidos. No quieren dejar ningún cabo suelto y un capitán sale en busca de Mendizábal para quitarle la pistola de Vizcaíno, única prueba que se había llevado de la escena del crimen.

Se encarga a Martínez de Campos que vuelva a Narvarte e informe a las familias de lo sucedido. Antes de montar en el coche, dispara dos veces al aire la pistola del policía asesinado. Mientras esto sucede en Santesteban, ya casi de noche llegan a Narvarte Carmen con la esposa de Vizcaíno. Solamente se han quedado en Itzea el pequeño Pío y Carmen, la esposa de Ricardo. Martínez de Campos se queda toda la noche con los familiares de los fallecidos, les explica su versión de lo sucedido y les promete que se perseguirá a los culpables. Nadie le cree.

Los acontecimientos se precipitan y a la mañana siguiente Baroja, Ochoteco y Vizcaíno son enterrados en el cementerio parroquial de Vera. El párroco del pueblo se muestra reticente a enterrar en Sagrado al novelista, conocido por su anticlericalismo, pero un telegrama del obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, en el que pide al párroco que facilite lo más posible el entierro múltiple sin cuestionar nada, hace que cese en sus protestas. Este telegrama, seguramente dictado por teléfono al obispo por algún ayudante de Mola, es la única prueba física que se conserva de todas las conversaciones y decisiones tomadas entre Santesteban y Burgos la noche anterior, además del famoso comunicado firmado por el general en la tarde de ese mismo día 23. Al entierro solamente asisten las familias de los fallecidos y unas cuantas personas del pueblo, como los Larumbe. No se permite el paso a nadie más, hay carabineros al mando del alcalde Irazoqui en los caminos más próximos al cementerio.

Pero esa mañana del día 23, horas antes de que se publique el comunicado de Mola, un pequeño recuadro en la tercera columna de la portada de La Vanguardia titulado “Pésimos rumores en torno a Baroja” hace saltar las alarmas entre el resto de la prensa nacional, a pesar de que el escueto texto de la noticia solamente habla de las confusas noticias sobre un accidente del escritor en un control de carreteras cerca de Pamplona. Es la primera noticia sobre los hechos y única publicada con anterioridad al comunicado de Burgos, no se conoce quién la escribió ni cómo llegó la noticia a Barcelona. Por la tarde se publica el comunicado con la historia urdida la noche anterior, que dice “La mañana del día 22 de julio fue sustraído por parte de tres bandidos comunistas un vehículo médico en la ciudad de Irún, quienes huyeron en dirección a Pamplona, matando a un Guardia Civil en su huida. Ese mismo día, por la tarde, en la carretera que va de Pamplona a Vera de Bidasoa, el coche en el que viajaba el escritor Pío Baroja con otras dos personas fue confundido con el robado en Irún, le fue dado el alto y habiéndose bajado de él sus tres ocupantes, al sacar uno de ellos un arma de fuego, se produjo un tiroteo de resultas del cual fueron muertos los tres ocupantes del vehículo. Posteriormente se comprobó la identidad de los fallecidos, que han sido enterrados cristianamente en sus poblaciones de origen. Descansen en paz.” Al día siguiente prácticamente todos los periódicos de España sacan en primera plana la noticia del trágico fallecimiento de Pío Baroja, siguiendo el relato oficial de los hechos. También importantes diarios extranjeros como La Nación o Paris-Soir traen la noticia en portada.

Antes del amanecer de ese día 23, con los cuerpos de los fallecidos todavía en Narvarte, la columna de Ortiz de Zárate se desgaja y salen de ella una docena camiones llenos de soldados camino de Zaragoza para unirse a las fuerzas rebeldes de aquella zona, en una decisión que para los historiadores militares carece de sentido pero que bien pudiera tener que ver con el tema que tratamos, ya que en esos camiones van Mendizábal, Anguita y los otros tres requetés culpables del crimen, a los que quizá se trata de apartar de la zona. Por su parte, los Baroja se encierran en Itzea, donde pasan el resto de la Guerra Civil en completo silencio.

Capítulo anterior: El asesinato de Baroja, 1. El crimen
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