Asesinato resuelto en la biblioteca

(Crimen en Haut-Koenigsbourg III).

Walden&McLomaPor Jesús María Gómez Camuñas.

Pas de tout! —exclamó el fornido detective nacido y criado por sus tías en Santa Coloma de Cervelló, todavía agachado junto a aquel cuerpo que había encontrado el ama de llaves tendido en el suelo de la biblioteca. El inspector Walden, sumido en un silencio reverencial, miraba a Mc Loma en espera de que el célebre sabueso finalizara su minucioso examen. La condesa de Saint-Laury, la joven Hortensia Mc Allister, Madelaine y Eustaquio, el mayordomo y transformista boliviano, también mantenían sus ojos clavados en el mejor detective del mundo sin atreverse a pronunciar ni una palabra. Por el contrario, Sir Nicolau Newman aspiraba nerviosamente su pipa de espuma de mar mientras consultaba de reojo la guía de balleneros que zarpaban aquella misma tarde de Inglaterra con rumbo al Mar de Japón. Había encajado con la impasibilidad de una momia egipcia el hallazgo de aquel cuerpo inerte, igual que unas horas antes no evidenció ninguna emoción al enterarse de que la bella baronesa asesina de Lord Mortadelo, ayudada desde el exterior por el ex subinspector Caspolini, había conseguido escapar de la Prison pour femmes de Saint-Lazare tras seducir al alcaide, tres carceleros, dos gendarmes y una enfermera; y que ahora mismo viajaba disfrazada de madre clarisa en el vapor Trocadero rumbo a una localidad de la costa española llamada Calella de Palafrugell.

—Ha muerto —dictaminó, por fin, el detective tras su reconocimiento.

—¿Muerto? ¿Está seguro? —inquirió Walden.

—Completa, absoluta y mortalmente muerto. Las pruebas no inducen a error, y éstas se muestran tan evidentes para el ojo experimentado como que al día le sigue la noche, a saber: este caballero no se mueve, no parpadea, no tiene pulso, no respira, no responde cuando se le pregunta y no ha estornudado cuando le he vertido medio bote de poivre de Cayenne en la nariz… Y el detalle más revelador de todos: presenta cuatro impactos de bala en el cuerpo, uno de los cuales es lo bastante grande como para que se pueda pasar a través de él una pelota reglamentaria de balonmano. En resumen, mon ami: nos encontramos con un individuo que no votará en las próximas elecciones municipales, de eso no cabe la menor duda.

—Esto quiere decir que nuestro asesino ha vuelto a matar —exclamó, contrariado, el inspector Walden.

—Ha aspirado el aroma, le parfum, de la sangre —sentenció Mc Loma mientras se incorporaba—. Y ya no puede detenerse. Es como un tiburón enloquecido que acabara de enloquecer por segunda vez al oler más sangre.

—Pero…

En ese preciso momento el antiguo reloj de la biblioteca dio diecisiete campanadas seguidas, y Mc Loma interrumpió al inspector con ese gesto espasmódico que quienes lo conocían sabían a la perfección que sólo podía significar dos cosas: o un ataque de lumbago fulminante o que, por fin, había resuelto aquel alambicado caso.

Imbécile! —exclamó Mc Loma, inmisericorde para consigo mismo, mientras se encaraba con Sir Nicolau—. ¡Fui un estúpido, estúpido, estúpido, y mil veces estúpido…! Pero ya lo comprendo todo: la novena campanada que dio el reloj de pared al tocar las doce del mediodía era la señal convenida para que Madelaine, fingiendo ver por la ventana el espíritu del Marqués pellizcándole el trasero al espíritu de una criada en el jardín, dejara caer la bandeja con el steak and kidney pie al suelo y comenzase a gritar como si acabara de ver varios fantasmas a la vez. Fue entonces cuando Sir Nicolau, aprovechando el estrépito y la consiguiente confusión que reinó en el salón, vino a la biblioteca y disparó el único cartucho de su pequeña Derringer del calibre 41 sobre este pobre hombre. Instantes después, regresó al salón y consiguió ocultar el arma bajo el corpiño de la señora condesa sin que ni ella misma lo advirtiera.

Sir Nicolau, sabiéndose descubierto y ante el asombro de todos los presentes, tras dar una honda calada a su pipa se limitó a formular en voz alta una pregunta que, a la vista de las circunstancias, cualquier jurado del mundo habría interpretado como una velada confesión de sus crímenes:

—¿Alguien sabe qué vino resulta más indicado para acompañar un plato de canelones?
Mas el hercúleo detective no prestó ninguna atención a la pregunta del miembro del Foreign Office, concentrado como estaba en sus propios pensamientos. Sus “células grises” estaban ocupadas analizando, calculando y deduciendo. Todavía le quedaban por explicar tres de los cuatro balazos que presentaba el cadáver, pero eso sería después de una reconfortante taza de té recién importado de Ceilán y unos panellets de piñones.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓