Breve relación de vidas extraordinarias · 18

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Por Martín Olmos.

La niña Rosalía Lombardo es bonita, difunta y parpadea como las luces que a lo lejos van marcando el retorno de don Carlitos Gardel. La niña Rosalía antes que difunta fue viva, pero brevemente, y al cumplir los dos años se la llevó la gripe española el día de san Nicolás de Bari de 1920. De acuerdo con la opinión de Menandro, mucho la debió amar Dios. Tenía dicho Cicerón que los muertos viven en la memoria de los vivos y tenía dicho don César González-Ruano, periodista y traficante de judíos, que la inmortalidad es memoria y “temblor de primavera ausente en el invierno del recuerdo”. El padre de la niña Rosalía era militar y no metafísico y quiso pasar revista al tiento al temblor de la primavera ausente porque no le aliviaron las reflexiones ni de Menandro ni de Cicerón ni le desahogaba la mera memoria y mandó embalsamar el cuerpo de su hija muerta y rubia y la puso a postrar en las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo al lado de los mártires extintos. A la niña Rosalía la disecó el doctor Alfredo Salafia drenándole la sangre inútil, quieta y negra e inyectándole formalina, sales de zinc, ácido salicílico y glicerina y la dejó como a un zorro de mesón para que la contemplara la concurrencia, que es dada a entretener sus ocios mirando muertos y musarañas en vez de hacer algo de provecho. La niña Rosalía perdura después de cien años quieta y bonita, tapadita con una manta y con un escapulario de la Virgen que se va pudriendo y su carita ha cogido cobre de intemperie como de balandrista y enseña una salud que nunca tuvo, la pobre. Sostenía Marción de Sínope que la materia corrupta no se redime, pero la niña Rosalía no tuvo tiempo de pecar con importancia y, por lo tanto, su incorruptibilidad es innecesaria y es anécdota y nadie sabe qué fue de su alma. La niña Rosalía por las noches parpadea abriendo casi imperceptiblemente sus ojitos sin lágrimas. Cada parpadeo le ocupa doce horas que igual le dan porque no tiene nada que hacer.

rosalia-lombardo¿Por qué parpadea la niña Rosalía, ay?

Los sicilianos, que practican una religión hecha de animismo, catolicismo y mafia, dicen que porque es santa como la virgen Rosalía Sinibaldi de Palermo, que expulsó a la peste. A Rosalía Sinibaldi la carne se la corrompió el tiempo como a todo hijo de vecino pero los huesos los paseaban los sicilianos todos los quinces de julio en garbeo y romería hasta que los metieron en un relicario y no los enseñaron más porque un paleontólogo protestante descubrió que eran los de una cabra.

¿Por qué parpadea la niña Rosalía, ay?

Los politécnicos, que practican la ciencia como misticismo de los hechos siguiendo la conclusión de Leónidas Andréiev, dicen que es una reacción natural provocada por las lámparas de los retratos que le tiran y por la humedad del ambiente de la cueva. Leónidas Andréiev también concluyó, y con razón, que la verdad es que nadie sabe nada y le mataron de pena los bolcheviques.

¿Por qué parpadea la niña Rosalía, ay?

Este autor, su seguro servidor, alberga ideas peregrinas por su incapacidad de manejarse dentro del sentido común y piensa, permítanme, que la niña Rosalía no parpadea y, sin embargo, guiña el ojito, un poco puta, por ver si le recoge el agasajo un príncipe necrófilo y menorero y le besa y la resucita como a Aurora. Sostenía el difunto Umbral que el fetiche femenino absoluto es la mujer muerta porque la torna de marfil, imagen fría e impracticable de sí misma. El difunto Umbral no frecuentó morgues, en cambio, pero encontraba infinitamente grato penetrar a sus amantes habituales que se ponían indiferentes y le recibían con ennui para devolverle un agravio porque la fornicación cotidiana se convertía en violación.

Cortejar muertas es romanticismo desaforado que no entienden los probos y condenan la inclinación: condenaron al pobre Ramón Clemente y García, tonto tripudiante y de pasacalle, por bailarle candombes a la momia de una monja jerónima y condenaron al pobre Monsieur Víctor Ardisson por desenterrar difuntitas y aprovecharlas el magro y el Conde de Aranda no le dejó a José Cadalso besar a su novia María Ignacia Ibáñez, muerta de tifus. La necrofilia, en general, está considerada poco decorosa y la condena el Libro de los Números (19, 11): “El que toque un cadáver, sea quien fuere el muerto, quedará impuro para siete días”.

Qui tetigerit cadaver hominis et propter hoc septem diebus fuerit immundus

El Libro de los Números (19, 11) condena por el camino la taxidermia, la antropofagia y el beso postrero de la viuda sobre la frente del marido. La niña Rosalía está fría como la patinadora de la luna de Alberti, poeta hawaiano, “Ha nevado en la luna, Rosa-fría”, y guiña pero no le recoge el gesto ningún príncipe necrófilo y menorero y a este paso no va a ser Aurora y se deja mirar por los turistas mientras los emperadores se pudren como dijo Marco Aurelio: “Alejandro, Pompeyo, César, ¿dónde están? ¡Cuánto han luchado para luego morir y volverse tierra!”. Moriremos todos y si no nos disecan no tendremos redención y no nos mirarán los turistas: decía don Camilo José Cela que lo malo de morirse es lo que se descojonan de ti los que se quedan vivos.

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