Breve relación de vidas extraordinarias · 17

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Por Martín Olmos.

Míster P. Roy Bean hijo fue hostelero, fundador de ciudades y legislador inclinado hacia el liberalismo que pensaba, como Montesquieu, que las leyes están hechas para adaptarse a los hombres y no al contrario, discernimiento conforme al que concluyó, quizá con razón, que no era punible matar a un chino. Nació en 1825 en el condado de Mason, en el estado alcohólico del Kentucky, y siendo joven le obligó la vicisitud a matar a un hombre en Chihuahua de Méjico por razón de un desentendimiento de doñas y a un mestizo en un changarro de la California que le decían El Cuartel a la cuenta de un desacuerdo de la fullería. A míster P. Roy Bean hijo le nacían los ases en las mangas y los recodos en el camino y tenía afán aventurero que le condujo a andar el país vendiendo en la buhonería maromas de esparto, leche aguada y leña para el hogar. Durante un tiempo fue chalán de yeguas con suerte desigual y vendió burdéganos viejos como el Pentecostés haciéndolos pasar por potras por el medio de hincarles puntas en la base de los orejones para que los atiesasen y por ese camino aprendió a no quedarse mucho tiempo en el mismo sitio y entendió, intuitivamente y sin haber leído a don Francisco de La Rochefoucauld, que se pagan antes las apariencias de mérito que el mérito mismo. Regentó cantinas con mejor fortuna porque tenía la virtud de la risa y la de entretener los ocios de los hombrones con tertulias interminables y jamás nadie le escuchó pronunciar ninguna verdad, no señor, pueden jurarlo. En 1866 se casó con doña María Anastasia Virginia Chávez, mejisa de dieciocho años que le enseñó un español rudimentario, le dio cuatro hijos y le salió un poco puta y prendió un niño de trastienda con un viajante que míster P. Roy Bean hijo cebó como propio porque era hombre liberal en cuanto a las relaciones sociales amén de concluir, con buen juicio, que donde comen cuatro, comen cinco. Sin más pormenor, señores, ahormó su sombrero a la medida de las circunstancias y se instaló en un sequío sobre el Río Grande a su paso por Tejas, fundó una aldea a la que llamó Langtry en honor a la actriz Jersey Lily Lantgry, mujer de tal hermosura que se permitió la ligereza de meterle un pedazo de hielo por el cuello de la camisa al rey Eduardo, y se proclamó juez de todo el territorio comprendido entre la vera oeste del río Pecos hasta donde abarcase el vistazo de un hombre adulto con el único refrendo de estar en posesión de un ejemplar de los Estatutos Revisados de Texas de 1879, de una barba blanca de profeta del Testamento y de un verbo sentencioso hecho de un inglés bíblico e incomprensible y se puso a recoger sus réditos a la cuenta de su apariencia de mérito por no poder cobrarlos de su mérito mismo. Fue su ministerio largo y provechoso en el que abolió argumentum ad iuditium la humanidad de los chinos, independizó un islote yermo que asomaba en el Río Grande para celebrar el combate de box, prohibido en el estado de Tejas, entre Bobby Fitzsimmons y Pete Maher el Gigante Irlandés y manejó un concepto aritméticamente confuso de la democracia en el que se contaban más votos que votantes. Concilió la administración de la justicia con la gestión de una expendeduría de licores y la explotación de una mesa de billar y nombró de alguacil a un oso pardo de nombre Bruno que era animal talentoso en el ejercicio de beber cerveza. Míster P. Roy Bean hijo acaudalaba una notable educación clásica adquirida por instinto y no por academia, al ser rigurosamente analfabeto, y después de intuir a Montesquieu y a Francisco de La Rochefoucauld intuyó igualmente a don Pedro Calderón de la Barca y administró la ley conforme al verso que sigue:

Nada me parece justo
en siendo contra mi gusto.

Míster P. Roy Bean hijo murió en la linde de las ochenta primaveras el 16 de marzo de 1903, día de san Heriberto de Colonia, y se dijo en las fogatas, en las que muchas cosas se dicen y unas son ciertas y otras no, que le mató un bandido mejicano que le decían el Güero Joey Garza y era ladrón de caballos, pero en rigor entregó el cuero prosaicamente al no reponerse de una resaca.

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