Te vigilan

te-vigilan

Por Haciendo Click

La mujer que aparece en la foto es mi esposa. Se había sentado a descansar en un banco de una de las empinadas calles de Lisboa. Reparé en un hombre que, asomado en la vertical, parecía muy interesado en ella. Esas son las fotos que me gustan, las que busco cuando salgo con mi cámara. Que capturen en la calle ciertos instantes y personas -la foto siempre tiene que tener bicho dentro- y que contengan detalles que la enriquezcan. En este caso la protagonista involuntaria era mi mujer pero no importaba, la situación y la composición eran de las que podía salir una buena foto: la verticalidad del acecho, la impunidad del acechador y la ignorancia de la víctima.

El hombre parecía inquieto, continuamente se asomaba y se retiraba del murete de la terraza. Aproveché uno de los momentos en que la miraba fijamente para disparar. Una sola foto, cosa rara en mí, seguramente porque no me acababa de gustar la situación. Apuré a mi mujer para irnos de allí y al pasar bajo el hombre me fijé en él. Quería que supiera que había visto cómo la vigilaba y, si era posible, tomarle una foto. No pude hacerlo, me sorprendió el aspecto desastrado, el gesto agarrotado de las manos y la mirada completamente ajena y perdida. Seguramente era un anciano demente.

Días después me dispuse a editar la foto. Elegí un recorte vertical exagerado para acentuar la escena y me dispuse a darle el tratamiento en blanco y negro. Ampliando la imagen para pulir tonos y contrastes descubrí el secreto de la foto, aquello que hace me apasione la fotografía; el detalle relevante que había pasado desapercibido o la composición que descubre un nuevo significado a la escena o el tratamiento que hace aflorar lo importante. Lo que, en definitiva permite que algo haga click en tu cabeza descubriéndote la foto en toda su potencia. El nick que utilizo trata de eso: no tanto el click de una cámara disparando como el click dentro de la cabeza cuando “comprendes” la foto.

Click. Lo que el viejo loco miraba con tanta atención no era a mi esposa si no a una calculadora que reposaba sobre el muro. Si amplían la foto lo podrán descubrir. No había pues ningún hombre espiando, ningún mal acechando.

La desazón del momento y el temor semioculto que yo tenía ante la foto desaparecieron al descubrir el detalle, pero no lo suficiente como para elegir un título humorístico o con doble sentido, tal y como me gusta hacer. El motivo lo supe cuando a los pocos meses le diagnosticaron a ella un tumor en el pecho. El mal no estaba arriba, estaba dentro. Click. Click

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