Patria, de Fernando Aramburu

terrorista
Por Botillero.

Cuando hace unos pocos años la banda terrorista ETA, destrozada por la acción policial, anunció el alto el fuego definitivo, una pregunta flotaba en el ambiente: y ahora qué. Era una pregunta complicada y con muchas aristas, difícil de responder y en todo caso con cautelas; qué pasaría con los terroristas presos, qué consecuencias tendría en la vida política y social, pero sobre todo, qué sería –vae victis, si se permite la licencia– de las víctimas, tantas veces vilipendiadas y a las que la losa del olvido amenazaba entonces más que nunca.

Frente al final, al menos formal, de cualquier historia, se impone el relato de la misma, y eso es lo que con Patria aborda Fernando Aramburu, pisando un terreno, el del terrorismo etarra, que no es nuevo para el autor, pues ya se había adentrado en él con Los peces de la amargura y Años lentos, obras notables. Con estas premisas era inevitable que la novela, muy extensa y estructurada en capítulos cortos, arrancase con ese alto el fuego y las consecuencias que puede tener para una víctima del terror, Bittori, viuda de un pequeño empresario –el Txato– asesinado por no ceder al chantaje del impuesto revolucionario: visita al cementerio y comunicación de la noticia la difunto, con la advertencia de que ella va a regresar a la casa del pueblo de la que huyó tras el crimen. ¿Las razones? Que no se avergüenza de nada, pero sobre todo que se dispone a buscar una justicia reparadora que, sin ser sinónimo de olvido, se centra en el perdón que debe ser solicitado a las víctimas por sus verdugos. Pero la tarea será complicada, ardua, ya que ese perdón ha de venir de otra mujer, Miren, la mejor amiga de antaño, y su hijo, el terrorista implicado en el crimen y que cumple una larga condena. Por no hablar del perdón que también debería pedir un sujeto colectivo, ese pueblo en su conjunto, que tampoco está por la labor y a la que la víctima ofenderá con su vuelta.

Tratándose de una novela de esta naturaleza, los capítulos navegan entre el presente y el pasado, pues es ahí, en un pasado de varias décadas, donde se va gestando el crimen previa incubación del odio: la mentalidad de pueblo elegido, la manipulación de la juventud, el veneno de los curas montaraces, la indiferencia, cuando no la injuria, ante las víctimas, y la violencia, en fin, de una sociedad enferma. Varios y muy logrados son los personajes –de las dos familias– que configuran un relato tan ágil y trepidante por momentos como descarnado casi siempre en el que la carga emocional está muy presente, flotando en un ambiente gris, triste como esos días de lluvia en los que tantas víctimas –entre ellos el Txato– cayeron abatidas. El final de la historia, con ese ansiado perdón que se pide, y se obtiene, in extremis y tras mucha batalla, indica claramente que finiquitar con decoro y justicia, colocando a cada uno en su lugar, el mal llamado conflicto será complicado, tanto que tal vez tengan que ser otras generaciones las que lo hagan. Mientras eso llega, novelas como Patria se antojan imprescindibles.

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