Aquellos años 50

estrella3
por Fernando García.

Fui bautizado en la parroquia de San Martín situada en la calle del Desengaño. Mi primer recuerdo de la niñez es verme asomado al balcón del tercero derecha donde vivía con mis padres y abuela materna, arrojando monedas de perra gorda al organillero. Pero lo que más me llamaba la atención era el vecindario de Estrella 3, donde empezaba y acababa mi pequeño mundo.

Empecemos por el sótano, allí estaba habilitado un almacén de plátanos que regentaba un tal Jesús Alonso. El olor a plátano fermentado lo inundaba todo, un aroma dulzón que embriagaba hasta que adquiría en los meses de calor un punto a podrido que aún puedo recordar cuando cierro los ojos.

En el primero izquierda ya solo vivía la tía Dora, una mujer beata y de salud endeble. Con frecuencia me quedaba a dormir en su casa donde compartíamos un dormitorio lúgubre con altísimas camas de hierro. Dicen que de prudencia y caldo de pollo nunca ha muerto nadie, y esa parecía ser la divisa de la tía, que me despachaba a dormir con un rosario y un plato de caldo de pollo. Las tripas rugían de hambre pero ella me recordaba que no convenía acostarse con el estómago lleno.

En el tercero izquierda vivía el matrimonio Martínez-del Dedo. Don Ángel era el prócer del edificio, pues en aquella pretérita época gastaba un 600 de color ala de mosca y un televisor de 21 pulgadas. Recuerdo ver la boda de Fabiola de Bélgica en su aparato, eso sí, a través de la ventana del patio que había tenido la gentileza de dejar abierta. No en vano Ángel Martínez era empleado del Banco de España y Alejandra del Dedo una modista con oficialas y aprendizas.

Como contraste, en el ático vivían los hermanos Horrillo, una familia que subsistía a duras penas. Angelito Horrillo era un poco falto y no trabajaba, mientras su hermana Maria Luisa era taquillera del cine Europa en la calle de Bravo Murillo. El olor que despedía su infravivienda era de los que no he podido olvidar nunca, aunque me gustaba mucho subir con mi madre para observar las andanzas de Angelito.

A los tres años me llevaron a un colegio de monjas en la cercana calle de san Roque, donde aprendí mis primeras letras. Sor Edugivis tenía seis dedos y me daba mucho miedo pero a la madre Pilar la sentía como una madre. Cuando veo en la 2 “Plácido” o “Del rosa al amarillo” me da la impresión de estar allí todavía, en aquel Madrid en blanco y negro, dulce y sórdido a la vez.

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