Breve relación de vidas extraordinarias · 19

Por Martín Olmos.

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El pedo de Domingo Romero Miguel como casus belli

El pedo de Domingo Romero Miguel fue casus belli de una riña entre el artillero y los dos hermanos Concejo Lallar, que atendían por Lino y Feliciano, con resultado de la muerte del último de los mencionados por razón de una puñalada en el pulmón derecho que le dejó para el cura, requiem aeternam dona ei Domine, et lux perpetua luceat ei, requiescat in pace. Al pedo le decían los latinos crepitus ventis y le dicen cuesco en el popular y puede ser zullón o flato si es mudo o fallero si es gritón. El pedo mudo es pedo retraído y de gente con vida interior y un poco romántica y los que mejor se lo tiran son los que han leído a Platón: “El amor da el silencio a los vientos”. Son famosos, por finos, los pedos de Montemolín, en la provincia de Badajoz. El pedo interrumpido con pausas para respirar es traca y venteado de una vez es raspudo y musical y es más meritorio; el pedo, en todo caso, es asunto muy personal. James Joyce reconocía los pedos de su mujer allá donde los oyere y, sin embargo, tenía miedo a las tormentas. Los reconocía también al olor, con lo que su inclinación orbitaba entre la sexopatía acústica y el renifleurismo. En la monografía “L´Art de peter”, traducida por el barón de Hakeldama, se sostiene que tirarse pedos es un arte y se menciona la reflexión de monsieur Charles Marguetel de Saint-Denis, señor de Saint Évremond, en la que consideraba el pedo como un suspiro. Don Francisco de Quevedo decía que el pedo tiene cuerpo de aire y corazón de viento y es como un alma en pena que a veces sopla y a veces truena. El pedo de Domingo Romero Miguel, por casus belli, es equiparable al rapto de Helena de Troya y lo recogió, al vuelo, don José Vicente de Frías Balsa en su tratado “Crímenes y asesinatos en Soria. Apuntes para una crónica negra de la provincia”. Domingo Romero Miguel exclamó su pedo el 18 de agosto de 1909 en la puerta del pesebre de Antonio García, que le decían el Caliqués, cerca de la Plaza de Santo Domingo de El Burgo de Osma después de la novillada en honor a la Virgen del Espino. Por ser albardero, el pedo de Domingo Romero Miguel fue de caballería y pedo de provincias, casi seguro que pedo follón, y lo aireó sobre la plena cara de Lino Concejo Lallar, quizá inadvertidamente, por razón de que el último estaba sentado a la altura de su ojo del cañón. Los hermanos Concejo Lallar respondieron el viento con tángana en la que Domingo cogió un estacazo en la frente y otro en el dedo índice de la mano derecha y Lino una puñalada en el lóbulo superior del pulmón que le dejó para el cura, requiem aeternam dona ei Domine, et lux perpetua luceat ei, requiescat in pace. Domingo Romero Miguel, albardero de oficio, casado decentemente y hermano de un cura, dijo un pedo de lid, un pedo duelista y quedón, contendiente y reñidor, un pedo con atrabilis y efecto mariposa que acarreó dos consecuencias que fueron la intrínseca de la zurrapa, es suponer, y la más poco común del luto. Un pedorro más lírico y menos accidental fue monsieur Joseph Pujol, pedorro funambulesco y de cabaré que le decían Le Pétomane y debutó el 11 de febrero de 1890 en el Moulin Rouge interpretando a cuescos La Marsellesa. Tenía dicho Ortega que el hombre sólo se mueve por razones líricas. Monsieur Joseph Pujol aumentó su repertorio en 1906 haciendo a pedos el terremoto de San Francisco. El culo filarmónico de monsieur Joseph Pujol no se guardó, es lástima, como no se guardó la picha ciclópea e imperita de San Onofre ni los cojones equinoideos de don Alberto Fish, asesino y caníbal. Se guardó, en cambio, el prepucio de Jesucristo en la Basílica de San Juan de Letrán y la polla de San Malaquías, la del bandido Dillinger y la polla del monje Rasputín, que la compró un urólogo. A Domingo Romero Miguel, no obstante, le absolvió el Tribunal Supremo apreciando la eximente de legítima defensa y los atenuantes de falta de intención y embriaguez no habitual.

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