Los que van a morir no saludan

Por Álvaro Quintana.

pimiento

Hace años, en la cafetería de una estación de tren, un hombre cayó al suelo y no se volvió a levantar. Hubo un guirigay de maniobras de reanimación e instrucciones sin mucho tino de levantarle los brazos o moverle las piernas, pero el tipo ya no estaba para jugar al Tuister. Las estaciones de tren, por no hablar de las de autobús, nos brindan un simulacro ajustado de la experiencia soviética gracias a la armónica interacción de su arquitectura, cuya belleza salitrera semeja la de las paredes con restos de cartel a medio despegar, y una ebullición de gente fea como escapada del panteón egipcio, no sé si del Dinástico Temprano o un poco más tarde. Parece natural que en un sitio de este jaez, sucio y triste como algo que ha pasado por muchas manos, el cuerpo insista en el desarreglo definitivo, la mirada lerda fijada en algo que siempre está más atrás, ya sin remedio, y el ruido desconsolado del golpe contra el suelo. Aquel día en la estación me quedé mirando de reojo los pies del finado y reparé en un comensal que, a apenas metro y medio de él, seguía a buen ritmo con los macarrones del menú. No apartaba la vista del muerto, entre curioso y perplejo. Mejor tú que yo, parecía decir.

No todo aquel que dice “me voy a morir” acaba en el más allá; no a corto plazo, al menos, ya que los que más lo pronuncian, en vano, son espíritus dolientes de segunda quincena de julio, como hipocondríacos y resacosos. Llevo contados ya varios casos, sin embargo, en que dicha salmodia venía avalada por el sitio en que era repetida, poco propicio para el optimismo, y por un sujeto con bata blanca cuyo dictamen era aprobado con entusiasmo por un séquito de jóvenes que lo seguía do él fuese. Este consorcio daba a tal fórmula calidad de destino pero, invariablemente, unas semanas más tarde me cruzaba con el desahuciado andando por su propio pie y copa en mano. El calor de selva filipina de los hospitales, la inmovilidad y la ronda militar de las enfermeras, con una pequeña ayuda de las drogas, explican el efecto hipnótico que lleva a confundir la iluminación del techo con la luz al final del túnel de rigor en estas situaciones. Fenómeno que un paisano, recién salido de un estado un tanto comprometido, se apresuró a negar. “También el hijo de puta del médico me preguntó si lo había visto”, me comentaba, “pero yo no vi nada. Y si lo vi, no me acuerdo”. A lo mejor es que no estabas tan mal, pensé yo con la despreocupación del testigo que come macarrones en un lugar seguro. Un lugar que está a millones de kilómetros.

Antes de lo que uno espera llegan esas experiencias (dar vuelta de campana con el coche, un diagnóstico que te han de repetir varias veces porque la primera te ha dejado carente de entendimiento, etc.) que entran en el ánimo como la marea en la orilla y dan paso a un sentimiento de estar en una casa en la que no hemos sido invitados. El cuerpo, muy consciente de que esos pensamientos casan mal con la persistencia en su ser, se lanza a marchas forzadas a sepultar la excepción en paladas de rutina y lo que antes era drama poco a poco se convierte en anécdota. Regresamos con ansia y no menos alivio a la frivolidad. Thomas Lynch, director de una funeraria y poeta, sabía cómo lidiar con la cháchara.

Mi ex-suegra, ella misma una verdad ordinaria y verificable, solía ser aficionada a soltar la siguiente bravata a lo Cagney: «Cuando me muera, simplemente tumbadme en una caja y metedme en un agujero». Pero cada vez que le recordaba que eso era básicamente lo que hacíamos con todo el mundo, la mujer se ponía sombría y un tanto molesta.

Más tarde, a la hora del molde de carne con habichuelas, invariablemente cedía: «Cuando me muera, simplemente cremadme y esparcid las cenizas».

Mi ex-suegra pretendía convertir la actitud de despreocupación en valentía. Los niños dejaban de comer y se miraban entre sí. La madre de los niños le suplicaba, « Ay, mamá, no hables así». Yo sacaba mi encendedor y me ponía a jugar con él.

El encuentro más fuerte entre los vivos y los muertos se produce en la ausencia que estos dejan. Si bien, como hemos dicho, el cuerpo se afana en olvidar el dolor, hay ocasiones en que el muerto se lleva a alguien consigo, como esos naufragios en que la vela arrastra el barco entero si no se corta el mástil a tiempo. Todo parece detenerse y cambiar de naturaleza pero es una ilusión; los laboriosos siguen con su trabajo, el sol no deja de quemar la piel, la risa sucede al llanto y, como en el tango, parece que todo es mentira, mentira este lamento. Hoy está solo mi corazón. Las exequias dan la impresión de ser una molestia añadida pero constituyen uno más de los incontables esfuerzos para reingresar en el orden de las cosas. Otro homenaje al ausente de quien tenemos la certeza de que, no importa qué, se ha llevado la peor parte.

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