El árbol partido (6)

Por Claudio Sífilis.

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Retrospectiva de «El Chico de la Moto Records»

En un puerto gallego, al pie de las Rías Bajas, vive nuestro amigo el Narco, en un chalet que te cagas. Hace muchos años fue un distinguido empresario al que la reconversión industrial obligó a mandar al paro a 1200 empleados, sí. Cerró su fábrica en los años 80 poco después del final de los astilleros de Vigo y El Ferrol. Algo que entre empleos directos e indirectos dejó en el paro a 40.000 personas en Galicia, una región en la que siempre hubo tradición por el contrabando. Sus abuelos traían tabaco de Portugal y ganaban mucho dinero. El Narco no trafica con tabaco sino con droga. Transportista al por mayor desde lejanos países, en los 80 traía hachís y mariguana de Marruecos o Turquía, heroína de Tailandia o de Irán. Cada transporte es un proyecto independiente que implica medios y un grupo de personas concreto. Además, desde los años 90, barcos cargados de cocaína vienen de Colombia, Argentina y diversas localidades caribeñas de tradición pirata. El Narcotraficante gallego también trafica con armas haciendo el viaje en sentido contrario, de Europa a donde sea.

Roberto Franco Venero fue uno de los parados que fueron recolocados dentro de las nuevas actividades del empresario. Su oficio: buscar calas, playas y refugios, estudiar la manera de mover la carga en diferentes puntos de la costa gallega, tener contactos que se encargan de descargar y esconder la mercancía, para entregarla a otro que la distribuya al interior del país. En el puerto del pueblo fondean lanchas de ocho motores fueraborda junto a pequeños barcos pesqueros. Con esas lanchas van a alta mar donde recogen la mercancía de barcos grandes que vienen cargados de droga.

Roberto Franco era jovial y optimista con todo el mundo menos con sus hijos, tal vez porque el mayor se le murió a los 17 años de sobredosis de heroína. El segundo, Fernando, era más formal, compraba al por mayor al Narco y se dedicaba a la distribución.

El tercer vástago se mudó a Madrid. Francisco Franco Abeijón de nombre, era más conocido por su apodo: «El Chico de la Moto», delgado, pálido y gafotas. De su internamiento en un colegio religioso hablaba risueño, sin contagiar simpatía. Recaló en Madrid para estudiar derecho donde desatendió las clases para deambular por las calles y llegar a tiendas de discos underground. Los dependientes le ponían los discos por los que preguntaba ya que compraba bastantes. En algunas se le permitía fumar porros dentro, y si no salía a la calle. Entre charla y charla comprendió los pormenores del negocio del coleccionismo de discos y su importación.

De noche su quehacer continuaba. Durante un concierto en la sala Revolver se puso a hablar con un melenudo:

— Oye, ¿tienes un porro?

El melenudo contestó con un gesto y procedió a registrarse a sí mismo en busca del material. Preparó un canuto que se fumaron entre los dos allí mismo. Resultó ser músico, antiguo componente de Seres Vacíos, o tal vez de los Vengadores, y uno de los trabajadores de la sala de conciertos. De músicos a empresarios, aquella lejana noche el chico de la moto conoció a la promotora y excantante/teclista Ana Curra y trabaron amistad. A Francisco siempre le resultaría irónico que un icono de la movida madrileña como ella siempre le aconsejara que se olvidara del rock y estudiara. Pero a Francisco el rock y la noche le regalaron una novia, Belén, mientras que la universidad no tuvo este detalle para con su persona.

Él y su novia, hicieron el primer número de su propio fanzine, que regalaban. Cada tres o cuatro meses publicaban un nuevo número, gustó bastante, más cuando en el sexto número añadieron una cinta casete recopilatorio de un sello australiano. Lo siguiente que hicieron fue un catálogo de discos que podían vender por correo, obtuvieron un apartado de correos. Vender discos por correo era una buena solución para los grupos underground que no conseguían colocar sus discos en las tiendas.

Solo en Madrid con una tarjeta de crédito de un papá que le miraba los gastos desde lejos, el primer año aprobó cuatro asignaturas y el segundo ninguna. Así que cuando llegaron unas vacaciones de verano y tuvo que presentarse en el pueblo, pasada la hora de la siesta apareció su padre para llevarle al garaje y pedirle explicaciones, acompañado de su madre y su hermano mayor, de por qué no había aprobado ninguna asignatura y en qué se había gastado tanto dinero.

El padre escuchó con paciencia unos minutos. El chico habló del fanzine, en el último número había perdido 20.000 euros. El padre abofeteó al hijo, se fue calentando y le tiró al suelo de un puñetazo, donde le dio varias patadas. Aplacada la ira afloró una mirada de ternura. La madre cogió a su marido por el brazo y lo sacó de allí. Se quedaron hablando los dos hermanos.

— Papá te ha traído aquí para no romper vasos. No se lo consideres, está con rabia porque nos confiscaron una lancha. Le preocupa el juez Garzón, dicen que solo levanta fumareda, pero es un problema serio. La lancha no nos la devolverán.

Aquel lejano día de finales de los años 90 hablaron de si Francisco preferiría estudiar otra cosa, la respuesta fue no. Fernando prometió que si el curso siguiente aprobaba todas le comprarían una Harley Davidson. Acordó con su hermano que podía dedicarse a distribuir discos y organizar conciertos, pero no podía regalar fanzines.

Cuando terminó segundo de carrera le compraron la Harley, pero nunca dejó lo que le interesaba, montar un sello discográfico, algo a lo que dedicaba muchas horas al día. Su primera referencia fue un disco de un grupo que hacía versiones de canciones españolas oscuras de los 60. La versión del «Qué chica tan formal» de Los Bohemios sonó bastante en las radios alternativas. Para suplir la falta del fanzine, evolucionó a lameculos de toda la prensa discográfica del país ayudado por su novia anoréxica, que con sus bonitos modelitos y una enorme melena rubia que le tapaba los ojos, se camelaba a todos los críticos calentorros. Sí, hubo incautos que compraron el disco. También hubo críticas negativas, que provocaron esta disputa en la pareja en el salón del piso que compartían y que era la sede de «El Chico de la Moto Records»:

— Hay que ver cómo has cambiado desde que te conocí, te has hecho mayor –le dijo su novia.
— Yo no he cambiado, ahora conduzco una Harley, pero sigo solo.
— ¿Yo no hago nada?
— Tú eres un lastre.
— ¿Un lastre? Tú solo eres un distribuidor. Yo he conseguido tener un grupo de la casa, si incluso he logrado que sonara en un programa de radio alternativo de los 40 principales.
— Eres un lastre porque ese grupo da mala imagen al sello. Tu gusto por lo recoleto y el amor que sientes por el pop más dulzón nos ha dado una imagen de pura mariconería –esto era textualmente lo que decía la crítica del disco.
— Si quieres lo dejo, a ver qué discos editas tú solo.

Él no contestó, se quedaron en silencio. Allí pasaban todas las horas al día, contestando el correo, hablando por teléfono y escribiendo colaboraciones en revistas y fanzines, diseñando flyers de propaganda. También tenían bastantes visitas, gente de la radio y críticos que venían a oír discos e intentar gorronearlos.

— No quiero que te vayas, quiero que dejes de hacerme perder el tiempo con grupos mierdosos. Quiero ser tan marginal que no tengamos competencia ni en el infierno. Y desde luego, no quiero sonar en los 40 Principales.

Ella se echó a llorar, fue hasta la silla de oficina en la que él estaba sentado y sentándose de cara con una pierna a cada lado le abrazó con fuerza. Él la rodeó por el cuello con un brazo y la comió la boca, con la otra mano la magreó el culo y después se desabrochó la bragueta. Tras algunos movimientos conjuntos consiguió penetrarla. Ella se movía de arriba abajo apoyada en los hombros de él y en sus tacones, con un pie en el suelo y otro en la mesa de despacho. Fue un acierto comprar sillas de oficina con ruedas y sin reposabrazos. Cuando ella empezó a dar síntomas de cansancio él maniobró la silla y cogiendo la chica en brazos la levantó en el aire y la tumbó encima de las revistas y los discos de la mesa. La folló con violencia de cara y de espaldas. Huesos chocando unos con otros, tan pálidos que parecían fantasmas fornicando, sonaba como leña chascando para la lumbre. Les salen moratones. La gente que les ve piensa que se pegan, pero no, es de follar en la oficina.

— Vamos a causar más estragos en la juventud que el paro y la insumisión –dijo Belén cuando Francisco la sacó.

Y llegamos a la actualidad del 2005 para «El Chico de la Moto Records», con veinte LP/CD editados y algunos singles. Francisco no acabó la carrera universitaria, vive de la venta de discos y de organizar conciertos. El hermano mayor les impuso tener un contable de su confianza que pasa a verles con frecuencia. El último cierre contable sorprendió a Francisco con unos movimientos de dinero impresionantes y unos beneficios espectaculares. El chico de la moto estuvo unos días sin dormir, pensando en lo que pasaba. El hermano y el contable le presionaban para hacer cosas muy raras. Ha editado diez veces más discos de las últimas referencias de las que cree que va a vender. Coloca los discos en tiendas de cualquier cosa menos de música alternativa, están tres meses en los estantes, no se venden y se los devuelven. Presentan una contabilidad como si se hubieran vendido. Es un truco contable habitual, se puede prever la venta a la entrega de los discos en la tienda, luego no reflejas la devolución y es todo beneficio, aunque no hayas vendido. Pero Francisco solo ve problemas, el contable le ha puesto un sueldo y el dinero de la sociedad está como congelado en varias cuentas. ¿Existe ese dinero realmente? ¿Qué hace ahora con los discos que tiene almacenados y se supone que ya ha vendido? Cogió el teléfono varias veces para llamar a su hermano mayor, pero decidió viajar y hablar en persona.

— ¡Qué carayo! ¡Que no te acuerdas que te estoy usando para lavar dinero! No tengo otra opción, no puedo tener ese dinero a mi nombre. Pero es cierto, debemos acordar un reparto, te daremos un bono por las ventas conseguidas, todo queda en familia. Cambiando de tema, voy a viajar a Madrid. Me gustaría ver algún concierto de las Disparidades y de los Nabucodonosores. Creo que son los mejores que hemos editado hasta ahora. ¿Van a salir de gira por España? ¡Podríamos traerlos de paseo por Galicia!

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