Una breve historia de los Pint Flock (Cara B)

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Por Satur.

Habíamos dejado a los Pint Flock en la cara A de esta casete en el año 1971 tras la publicación de su álbum Middle. Lamento seguir contando la historia de este grupo execrable, infame, ruin, ignominioso, enalmagrado y sobrevalorado por la marranalla atroz, quizá el peor de todos los tiempos según nuestros expertos.

Ese mismo año de 1971 los Pint Flock se van a Pompeya, donde graban un vídeo dirigido por Adrian Maben, un señor que no tiene ni entrada en la wijkipedia. El vídeo es peor que la música de los Pint Flock y todavía sigue siendo un misterio el por qué no se han destruido todas las cintas y por qué no les han metido a los miembros de Pint Flock un microchís en el celebro para borrar de su memoria lo que hicieron, y por qué no han grabado un disco que si lo pones al revés también borra de la memoria del escuchador haber visto esas imágenes en el marco incomparable de las augustas ruinas de Pompeya, logrando que las células de la memoria pasen a la sangre y de allí al riñón donde habrán de ser expulsadas con la orina. Misterio, ya digo. En cualquier caso, hasta que eso ocurra, he de decir opinativamente que he disfrutado como un enano con esa grabación que he visto dos millones de veces y que Nicolás Masón se sale en Juan office days y en otra en la que se le escapan las baquetas de las manos; que David Glamour está tope glamuroso haciendo honor a su apellido, aunque al cantar trabuca una frase en A soccer club of secrets, lo cual le lleva a Ricardo Wright a lanzarle una mirada como diciendo «neeeen»; que éste lo flipa con la pianola y que Rogelio Waters hace bien en moverse espasmódicamente tocando el bajo porque la melena le tapa la cara y olé sus happy brothers por el grito que pega en Carrefour wizard ash Eugenio. Pero ahora me arrepiento de mi entusiasmo.

Y allí, sobre la arena de Pompeya, los Pint Flock están en su apogeo y se demuestra porque a la vez están pergeñando el Dart sine of the moon, una de sus mejores obras según dijeron sus seguidores incondicionales, reducidos ahora a un grupo de jomeleses estabulados en una reserva de Indiana en plan Guantánamera. Yo debería estar entre ellos, pero hice una retractación pública y me perdonaron. El disco es de los llamados conceptuales, porque pretenden dar una visión musical basada en un par de conceptos concretos, y tienen su introducción, su nudo y su desenlace, y empieza y acaba igual, con unos latidos de corazón, que si los pones a tope en la microcadena Aiwa con los ecualizadores bien controlados suenan igual que mi corazón el primer día que vi a una titi en toplest en la playa. No voy a contar de qué va el disco, porque al fin y al cabo es un rollo y es malísimo, quizá el peor de todos los tiempos, y es tan malo que a mí me hace llorar a veces. También es muy malo el disco siguiente, Wash your hands here, quizá el más conocido de los suyos por eso mismo, porque es infame y según un estudio de la Universidad de Hardware no lo ha escuchado nadie desde el 24 de marzo de 1998, cuando un chaval de Quebec puso una cinta de Bol Dylan pero no, porque su hermano le grabó encima el Wash your hands here poniendo celo en los agujericos de arriba y la cosa acabó en los tribunales. El estudio dice que hay un 5% de error en sus estadísticas, y en ese 5% entro yo, que lo escucho a menudo porque me emociona, pero entiendo que es mejor escuchar un disco de los Vettels con canciones que hablan cada una del tema que les sale de los escrotos, porque para eso son unos genios.

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Tras el éxito de esos dos discos, Rogelio Waters toma el mando conceptual de la banda y sacan un disco que las primeras veces que lo escuché yo creía que era de desamor pero no, es de política y sociedad. Se llama Animals. Es que yo no entiendo las letras si no me ponen subtítulos o algo. Como anecdotario, las dos únicas veces que he estado a punto de darme una hostia con el Kadett 1.8i (rojo, que zumbaba de miedo, macho), fue escuchando ese disco. Y amigos, la dirección de Rogelio al frente de la composición letral de los Pint Flock alcanza su hipogeo con The Wallet, un disco infecto que trata sobre la infancia, la soledad, los miedos y cómo todo eso confecciona moralmente a un joven incapaz de madurar y de enfrentarse a los sucesos consuetudinarios que acontecen en la edad adulta. Ya ves qué asco, en vez de componer el «Si loft you yeyeyé», el «Hielo samarín» o el «Nothing on jeberls dos». El The Wallet tiene un apéndice con el último disco creado por Masón, Wright, Waters y Glamour, un disco titulado The final cunt y que tiene -y hablo subjetivamente en contra de la opinión mayoritaria- una de las mejores canciones de la banda, pero no digo cuál es para no entorpecer mi desarrollo como persona en entornos sociales, ya sean urbanos o rurales.

Waters se fue por su cuenta a seguir explotando sus neuras en discos como The bros and coins of hitschcocking o uno que yo creía (¡antes!) que era una genialidad y que (¡ahora!) creo que podría habérselo ahorrado para hacer uno de versiones de los Vettels. El resto de la banda, por su parte, sacó en 1987 A monetary lance of season y en 1994 otro disco, The division belly. Veinte años después, en 2014 sacaron The enles ribert, el último hasta la fecha. Pero de estos discos no hablo, no por desconocimiento de causa o por falta de pasión, porque me gustan todos y todos me los he comprado, pero eso es porque me han echado vodka en el whisky, según los expertos. Hala, quedarsen ahí pasando el rato. Con Dios.

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