La decadencia del Agente Solysómbrez

El Agente Solysómbrezpor Brat Cashø

Hola, soy el Agente Solysómbrez y me estoy haciendo viejo. Son nimios y leves, apenas visibles, los signos de la decadencia. Mas un día, subitáneamente, repentina como una tormenta de granizo o el pelo que aparece en la sopa, ésta se planta ante ti. La decadencia, claro, no la sopa.

Tal me ocurrió cierto día, verbigracia no sé si un lunes o un jueves, creo que del mes pasado o el anterior, aunque juraría en cualquier caso que fue este año. Cruceme por la calle con un sujeto, dele Dios mal galardón. Vestía pantalón pirata, camiseta amarilla de tirantes y calzaba chanclas que hacían chap chap al ritmo del trote cochinero con el que aceleró un tanto el paso para no perder el autobús. Algo me llamó la atención, algo inexplicable que a mi instinto no pasó desapercibido, por lo que decidí seguirle. Subí también al bus hurtándole mi cara al desconocido del pantalón pirata. Me oculté tras un señor gordo que leía el periódico. Craso error. Abierto por la página de deportes, un artículo loaba el juego del glorioso Atlético de Madrid, que había ganado al Real ídem en el campo de éste, juraría que de nombre Sánchez Pizjuán, por cero goles a uno, materializado el del glorioso equipo visitante a los once minutos por Diego Costa, jugador hispanobrasileño nacido en la población de Lagarto, mil setecientos ochenta y cinco kilómetros al norte de Río de Janeiro, el siete de octubre de mil novecientos ochenta y ocho.

Encandilado por la narración de aquella victoria, no advertí que el sujeto del pantalón pirata había bajado en la parada anterior, raudo y veloz. ¿Quién sería? ¿Qué crímenes iba a cometer aquel hombre braquicéfalo de unos treinta y dos años de edad con una leve cicatriz en el gemelo derecho, producto de una herida producida posiblemente por una caída en una bicicleta roja dos años atrás? Lo que en ese momento me pareció un despiste producto de mi pasión balompédica se reveló en las horas siguientes como la Decadencia (por favor, señor editor, con la D mayúscula).

Enfadado conmigo mismo por el error, me di cabezazos contra una de las ventanillas del autobús mientras gritaba desaforadamente una y otra vez un “idiota” en do mayor y compás cuatro por cuatro que, incomprensiblemente, causó el pánico de varias señoras que comenzaron a gritar sin ajustarse al ritmo que yo marcaba. El conductor, preso de la ira, me echó del autobús. Y ahí me vi yo, en la calle, solo y con un enorme dolor de cabeza, sangrándome la ceja izquierda y cargando con el peso de una desgracia cósmica que… bueno, no sé cómo seguir, mira que es difícil esto de la literatura.

El caso es que inasequible al desmantelamiento, decidí mirar a mi alrededor en busca de algún otro sospechoso a quien poder seguir para desbaratar sus malvados y villanos planes de exterminio y destrucción de la Humanidad. Lo encontré. Un sujeto alto y atlético (quiero decir de complexión fuerte y ágil, no que fuera seguidor del Glorioso) cargaba una enorme cámara de vídeo al hombro y se dirigía con paso raudo a una calle estrecha por la que desapareció como si se lo hubiese tragado… no sé, la misma calle, por ejemplo. En realidad, de aquel pollo no irradiaba característica alguna que pudiera señalar su pertenencia al amplio club de los malvados y villanos que pueblan el planeta, pero de nuevo mi instinto recorría vertiginosamente las circunvalaciones de mi cerebro avisando con alaridos insonoros para el resto de los mortales que allí había gato encerrado. Introduje mi cuerpo por la misma calle que el cameramán y llegué a ver cómo entraba en un portal cualquiera, pongamos el del número 4.

Maldición. La cerradura era una Remock Lockey con mando a distancia que inutilizaba mi juego de ganzúas. Rebuscando en mis bolsillos encontré varios cables, un microsoldador, un rollo de estaño, un rollo de teflón, varias resistencias, dos bujías y un iPhone. Con eso podría crear un mando artesanal con el que abrir la Remock Lockey. Pero no hizo falta. En aquel momento abrió la puerta una señora con rulos y bata de boatiné que iba a tirar la basura y, con una finta subrepticia de gran complejidad técnica y perfecta resolución, me colé en el interior de la vivienda.

La puerta derecha del entresuelo estaba señalada con un cartel que, nunca mejor dicho, rezaba: Congregación de la Santísima Fe en los Clavos de Cristo, Subsección Técnica de Producciones y Rodaje. La cerradura era de una marca sencilla. Saqué mis ganzúas y mi pericia me permitió abrir la puerta en apenas dos horas (no, perspicaces lectores: la señora que había salido a sacar la basura no regresó en ese tiempo; imagino que se metería en el bar a jugar a las máquinas y a beber jereces). Me sequé el sudor y entré en una vivienda acondicionada como sala de rodaje. Había tantas personas y tanto trajín que nadie pareció percatarse de mi presencia: electricistas, ayudantes de dirección, cameramanes, escriptguerls, peluqueros, luminotécnicos, un equipo de especialistas… El copón bendito, macho.

Estaban rodando una escena. En el centro del plató, una cama. Sobre ella, una pareja, ambos vestidos con camisón.

– ¿Gozas, vida?
– Como nunca.
– Voy a derramar.
– Hazlo dentro, soy la vasija del amor y tu semilla dará el fruto que glorificará nuestra vida ante el Señor.
– ¿Qué señor, acaso hay otro?

– COOOOOORTEN

Este último grito lo dio el director, que hacía enfurecidos aspavientos y abroncaba al actor por su incapacidad para seguir el guión. Al parecer, la pareja era un matrimonio real, y la mención al Señor confundió al hombre, de natural celoso. Por lo que pude saber, preguntando a una maquilladora que apestaba a tabaco y potingues, se trataba del rodaje de una película pornográfica para católicos, algo que parece ser se ha puesto de moda en las lejanas tierras del Brasil (mira, la patria original de Diego Costa, qué casualidad) y que el obispado de Córdoba (¿no había dicho aún que estaba en Córdoba visitando a un primo mío?) había permitido por primera vez en España bajo unas cláusulas muy rígidas y solamente como prueba. Al igual que en las películas de alto contenido erótico tradicionales, en éstas tampoco moría nadie, pero al revés que en las primeras, al final sí se casan.

Alicaído, sabedor de que allí la Maldad y la Villanía no tenían cabida, acongojado por mi propia decadencia, derrotado mi instinto en los campos de la edad, me quedé unos minutos más para no levantar sospechas. Continuó la pareja en la escena, al parecer la más picante de la película.

– ¡Toma, sierva, toma kilo de carne en barra!
– Ah, sí, ¡es tan tremendo mi gozo!

Uh, aquello se ponía tenso. Pero que muy tenso. Salí despavorido para evitar encerrarme en el baño a pecar. A efectos de distraer mi lujuria, me metí en una zapatería a probarme unas pantuflas. La dependienta, una hermosa muestra de los tesoros cárnicos que habitan nuestro planeta, fustigó la pasión que arrastraba desde la escena del rodaje, turbó mis instintos, desató mi imperiosidad, impidió que la razón se abriera paso entre la lubricidad de mi perversa mente. Me lancé a degüello, a la caza sanguinaria, macho y brutal:

– ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

No voy a extenderme en detallar el resto de lo sucedido. Ni en su respuesta, ni en mi reacción, ni en la suya posterior. Sólo puedo decir que ya fuera, descompuesto y sin pantuflas, pensé seriamente en acudir a una casa de señoritas viciosas a calmar mi sed de justicia.

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