Breve relación de vidas extraordinarias · 21

brve-21Por Martín Olmos.

La cerda de Falaise fue cerda calvadosina y antropófaga que se comió a un niño. Le comió la cara y los brazos y no lo terminó porque los aldeanos la capturaron y la dieron al gobernador de la comarca, el vizconde Pere Lavengin, caballero de buen juicio, que ordenó que la abriesen proceso conforme a la ley que dictó Moisés en el Éxodo (21, 28) que mandaba sacrificar al buey que acornease hasta la muerte a un hombre o a una mujer:

Si bos cornu percusserit virum aut mulierem, et mortui fuerint, lapidibus obruetur, et non comedentur carnes eius; dominus autem bovis innocens erit.

La cerda de Falaise tenía tres años y pudo ser, por divagar, de la raza Landrace o puede que de la Pietrain, pero es hablar por hablar. A la cerda de Falaise la condenaron a morir en ejecución pública en la plaza de las ferias y la llevaron al cadalso a rastras de un caballo vestida con unas calzas en los jamones y un par de guantes blancos, la pingaron cabeza abajo de las pezuñas posteriores y le amputaron las manos y el morro hasta que murió desangrada. El vizconde Lavengin ordenó a todos los guarreros de la comarca a llevar a sus cochinos a presenciar el martirio para que tomasen ejemplo, financió la pintura de un fresco en el que se representaba el acontecimiento en la pared de la iglesia de la Santa Trinidad y mandó al escribiente Guiot de Montfort anotar para los anales los detalles del proceso, la ejecución de la sentencia y los honorarios del verdugo, que fueron de diez sueldos y diez denarios y otros diez aparte para para que se procurase un par de guantes nuevos porque los que usó se le arruinaron de sangre de puerco y no hubo forma de entrarlos en luz. El vizconde Lavengin, caballero de buen juicio, estimó también que presenciasen el sacrificio el dueño del puerco por responsabilidad subsidiaria y el padre del niño por negligencia in absentia y, por lo tanto, aprovechó del cerdo hasta el paradigma, lo que no es sorprendente por la naturaleza generosa del animal de la que fue testigo don Julio Camba cuando vio en la ciudad de Chicago una máquina gigantesca en la que un cerdo entraba por un boquete y salía por otros en forma de jamones, morcillas, salchichas, botones, valijas y portamonedas y que le hizo lamentar: “¡A esto se ha reducido allí el sacrificio del cerdo, uno de los ritos más solemnes de la cristiandad!”. El cerdo es librepensador y suele leer a Unamuno, aborrece al obispo Martín de Tours, patrón de Orense, que le regaló media capa a Cristo y tiende a despreciar el ulterior porque vive en la sospecha de que no morirá de viejo. Por lo demás, es un ser humano normal con sus circunstancias y sus contradicciones, con sus inquietudes, en fin, que le obligan a conducirse obedeciendo a sus particulares apasionamientos y cada puerco es hijo de su madre y de su padre. Exempli gratia: en Toledo salió un cerdo heterodoxo que se comió a un niño el Viernes Santo de 1572 y le quemó la Inquisición en una pira por probar la carne en día de vigilia. No fueron anticlericales, en cambio, los cuarenta y dos cerdos de la cárcel de San Elías que se comieron a la madre Sacramento Lizárraga, superiora de las Carmelitas de la Caridad de Barcelona, muerta a patadas por los milicianos; eran cerdos oportunistas que pescaron en el río revuelto y aprovecharon la ocasión, que lo mismo se hubiesen comido a un falangista, a un volteriano o a un mormón y eran cerdos, por lo tanto, de la Tercera España, cerdos de hambre ancestral. Un cerdo antimonárquico desnucó en 1161 al príncipe Felipe de Francia, hijo de Luis Capeto el Gordo y una cerda vesánica se comió en Borgoña al ciudadano Jean Martin en un arrebato de locura y confesó su crimen a viva voz estimulada por la tortura, dijo los detalles y suplicó clemencia, que no obtuvo, por atenuante de insipiencia puntual. Los cerdos en la morería viven con más sosiego y son más reflexivos. Unos cerdos, en fin, se comieron a un borracho en Tamaulipas. Sostenía el capitán Augustus McRae, antiguo asesino de indios comanches, que había hombres capaces de cualquier cosa por la posesión de un cerdo y Nicolás Guillén le hizo un poema a un jamón.

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