Breve relación de vidas extraordinarias · 22

BRVE-22E
Por Martín Olmos.

El Tonto Manolito fue tonto pacense, renco, monógamo y, como a veces le decían el Tonto Lolo, fue tonto un poco cacofónico. El Tonto Manolito era monógamo porque se sentaba a la solanera y se hacía pajas mirando pasar a una viuda y las demás mujeres no le interesaban. La viuda quejaba por el hablar, la viuda le decía cerdo al Tonto Manolito, la viuda, en rigor, apreciaba el privilegio pero no lo iba a decir. Las viudas son agradecidas a los elogios vengan de donde vengan. El Tonto Manolito tenía las manos medio faltas y no engarraban, por lo tanto se la dirigía al tacto en vez de empuñársela y vete a saber cómo le salía el alivio, que igual le salía de puta madre, con perdón, que nunca se sabe. El Tonto Manolito estaba lejanamente emparentado con la familia de la segunda esposa de este autor, su seguro servidor, era tonto de campo, de un pueblo al sur de Zafra, y era hijo de la Prisca y del Tomás y la Prisca decía que nació común pero atontó porque le pegaron en la cabeza con una alpargata. Hay tontos de nacimiento y tontos del porvenir, pero ser tonto es un estado de ánimo. Hay tontos del rural y del urbano y no tienen comparación. Al tonto de villa le subvencionan y le ponen en un telar a coser la ropa de los obreros para que se sienta útil, el pobre, y así hay ganancia para todos porque los monos del taller le salen más baratos al patrón y a las monjitas del hospicio les alivian la labor. Pierden los tontos de villa, en cambio, que tienen que madrugar y el factor de la utilidad social les da más bien por saco, pero no les preguntan y les suena el despertador. El tonto de villa es invisible y accidente y a los niños no les dejan pararse a contemplarlo al contrario que al tonto de gleba, que le tutean y en las fiestas de la Virgen le tiran a la fuente. Al tonto rural no le encierran en un telar y le sacan al campo y a la solanera para que se haga un deleite al paso de una viuda y así interactúa con el paisanaje como un igual y el censo le hace las jodiendas que lo mismo le haría a un vivo o a un forastero. El Tonto Manolito era rural, mejor para él, y tonto bienaventurado por la gracia de San Mateo (5, 3): Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum. Dios le concedió al Tonto Manolito una dicción desconcertante y él por su cuenta se proveyó de un vocabulario económico con el que iba haciendo constantes permutaciones hasta conseguir una forma de expresión hecha de castúo, español y diversos neologismos que no le entendía nadie excepto su madre, la Prisca, que le explicaba al censo y, por lo tanto, nadie supo jamás su íntimo discernir porque ya dejó escrito Kundera que una traducción es un testamento traicionado. El Tonto Manolito, tonto traducido y monógamo y tonto bienaventurado y un poco sentimental, llegó a tonto automático por razón de una sillita de ruedas eléctrica que le compraron con la que se caía a la solanera a presentarle el respeto a la viuda, que aguardaba la lisonja, quizá con impaciencia, pero se veía en la obligación de contestarle que era un cerdo. Su madre, la Prisca, le decía: Manolito, hijo, quiera Dios llevarte cinco minutos antes que a mí y el Tonto Manolito decía que por los cojones. Al Tonto Manolito se le murió la viuda y mustió solito en la solanera y la Prisca le decía: Manolito, hijo, que triste te me has quedado, que quiera Dios llevarte cinco minutos antes que a mí y el Tonto Manolito seguía diciendo que por los cojones. El Tonto Manolito quería vivir siempre pero no lo consiguió y se murió con medio siglo y se quedó la solanera vacía de viuda y de bobo. La Prisca dijo entonces: ya me puedes llevar, Dios, y Dios se la llevó un año después. Los tontos cuando se mueren dejan un inmenso vacío y ya tenía dicho Mark Twain: si se murieran todos los tontos de este mundo, santo Dios, qué solo me iba a quedar. Con Manolito se fue uno de los últimos tontos porque tontos ya no quedan y lo que hay es mano de obra barata en los cosederos de ropa de taller. El tonto se ha ido extinguiendo en la socialdemocracia a base de no nombrarlo y ha desaparecido de pura tautología. Heráclito sostenía que los nombres de las cosas están naturalmente relacionados con las cosas que nombran. Por lo tanto, si no se nombra una cosa, la cosa desaparece. Demócrito, en cambio, pensaba que las palabras eran nada más que convenciones establecidas por los hombres. El tonto, al mismo tiempo que otras especies como el negro y el maricón, empezó a extinguirse en 1967 cuando el publicista James Pizzaballa sugirió al candidato republicano Rufus McGillycudy llamar afroamericanos a los votantes que merecían una catalogación más obvia y la costumbre la recogió Michael Foucault y la prendió en Europa, pero esto ya lo había intuido el honrado Orwell cuando concluyó, unos días antes de que le pegasen un tiro en el cuello en la guerra de España, que el burgués liberal no es contrario a una versión moderna del fascismo, siempre y cuando no se llame así. La importancia de la frase no está en la reflexión sobre la ideología del burgués sino en la negación del término al que abraza para tranquilidad de su conciencia. Tenía dicho Umbral que el eufemismo suele inventarse en las visitas y en los discursos porque ni a las visitas ni a los políticos les gusta llamar a las cosas por su nombre. El Tonto Manolito, tonto pajillero en régimen de monogamia y tonto automático y sentimental, murió, el pobre, y dejó la solanera vacía de viuda y de bobo, dejó la solanerita cogiendo un desperdiciado sol de julio que no calentaba a nadie.

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