Eliseo Cotelo, caballero mutilado

mazaira
Por Mortimer Gaussage.

Eliseo Cotelo Segade era un tipo fuerte y de carácter taciturno, barba espesa de marino y el forro curtido y flojo que gastan quienes han visto lo que nadie quisiera ver. Tantas veces me he cruzado con la muerte, decía, que nos saludamos. Y quizá algo de familiaridad había porque de buena mañana, en el Café Ideal, cantaba los muertos de esa noche. Ha muerto la Doña Agripina, el Señor la tenga en su Gloria. Eso era así desde que volvió de Rusia de pelear en la División Azul de donde trajo dos esquirlas de metralla en la cadera derecha y dos dedos a faltar en la mano izquierda. Cojeaba con la dignidad de quien se sabe respetado, si no por sus semejantes sí por quien te señala con el dedo y te manda al infierno. Por la metralla rusa, que le dejó terribles dolores, tenía receta de morfina que pagaba el Ministerio de la Guerra y renovaba en la Capitanía de A Coruña cada tres meses. Cogía el Castromil de mediodía siempre un lunes y llegaba bien entrada la noche. Aprovechaba el viaje para un follar que tenía apalabrado con una profesional limpia y seria que servía en la calle Papagayo. La dosis de narcótico no alcanzaba el trimestre y el Ayuntamiento pagaba los excesos por el socorrido método de distraer presupuesto de las partidas de material de oficina. Entraba en la Farmacia de Mazaira con su cojera, el chaquetón encerado hasta los pies, el pelo revuelto y la frente sudorosa y ponía sobre el mostrador la caja metálica en la que guardaba la jeringuilla que venía usando desde Krasni Bor. El mancebo se la llevaba a la rebotica y volvía con ella cargada del aceite ambarino. Cotelo la cogía con la derecha, se la metía en el bolsillo del gabán y a través de la ropa se pinchaba el muslo. Si tenía dinero pedía las píldoras del Dr. Brandreth que, siempre eficaces, puramente vegetales, alivian el estreñimiento, activan la digestión, limpian los intestinos, alivian la lengua sucia, eliminan el aliento fétido y, en general, todos los desarreglos producto de la sangre sucia y las secreciones viciadas. La morfina te quita de cagar y ese es el precio de una vida sin dolores y con cierta paz de espíritu. A Cotelo en la botica no le fían y sin dinero no hay píldoras y no evacúa. Cagar, se ve que es doctrina, corre de cuenta del administrado. Esto es así porque Mazaira, el boticario, es un estudioso de las setas y o bien anda en el monte o escribiendo en una Underwood comunicaciones a una revista de Barcelona. Finamor Mazaira, Micólogo, Farmacéutico Colegiado, dice en la tarjeta de visita por este mismo orden. El negocio lo gestiona su señora de quien dicen que la mala baba le viene por tener piedras en la vesícula y que por buscar alivio va los veranos a tomar las aguas a Guitiriz. Cotelo no tiene tarjeta que lo diga pero es maletero del Castromil y caballero mutilado tres veces condecorado. Lleva prendidas en la solapa izquierda del gabán la Laureada de San Fernando y dos Cruces de Hierro. En la derecha, a contrapelo y como trofeos de guerra, dos Estrellas de Oro y una de Artista del Pueblo de la URSS; se ve que mató a un poeta o algo. Cotelo tiene mal pronto pero buen fondo; hay gente así, lo cual no está ni bien ni mal, sino que depende del caso. Vive de subir y bajar rezongando los bultos de los viajantes de comercio de la baca del ómnibus y llevarlos desde y hasta las pensiones. Los peores son los de ferretería, claro, y los preferidos los de corsetería y paquetería en general. Con Ferraces, un tipo fino y dicharachero que viene de Vigo, tiene buen trato y le saca a precio, cuando viaja de vuelta, las muestras más sobadas de combinaciones y visos de nylon que luego lleva de regalo a la pupila de Coruña. Cotelo tiene buen ojo para las caras así que hubo un revuelo cuando, en mayo del 51 dijo haber visto al Führer bajar del coche de Lugo. Por supuesto él lo reconoció y lo saludó chocando los tacones y con el brazo en alto. Iba con un tal Müller que le hacía de edecán, un tipo fornido, rubio y malencarado para lo que son los alemanes. Los llevó a la taberna de Portela a cenar y hasta el alba estuvieron recordando. Al Führer no le gusta el pulpo y no bebe y no fuma, explicó luego Cotelo, hubo que pedir que le hicieran una tortilla francesa. Terminaron contándole que iban, camuflados con unos peregrinos, al Santuario de Fátima a conocer de primera mano las recientes revelaciones de la Virgen sobre la destrucción de la Unión Soviética. A Cotelo aquello le afectó mucho, a qué carallo fuimos a Rusia, decía, una puta tortilla francesa, decía, mientras daba golpecitos en el mármol de la barra con una copa de aguardiente, me cago en mi puta vida y en la Virgen de Fátima. La parroquia del Ideal asentía porque lo vieron de veras afectado, que hasta se quitó las medallas. Y también porque, ya se dijo, tenía la mecha corta y hay cosas que ni la morfina calma, que no hay que confundir miedo con precaución. Cotelo ya sabemos que era así, dado al pronto, y los alemanes también son muy a su manera, que se les mete algo en la cabeza y empecinan y terquean. Por aquí estas cosas se entienden y, sin necesidad de compartirlas, se respetan porque otra cosa no queda.

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