El árbol partido (7)

Por Claudio Sífilis.

disparidades

Los caminos de grava de Alberto y Violeta.

Por más que Alberto intentaba ponerse al nivel de sus compañeros de trabajo en los partidos de fútbol que jugaban a la hora de la comida corriendo con todas sus fuerzas por el campo de hierba artificial, la falta de preparación física permitió que las agujetas anidaran en sus piernas y le impedían chutar con fuerza el balón. Jugaban una hora sin parar, un día a la semana. Nunca eran suficientes para hacer dos equipos, jugaban siete contra seis o seis contra seis.

Después de unas semanas sus músculos empezaban a acostumbrarse a las nuevas exigencias físicas y en el noveno partido empezaba a jugar mejor, pero al final del encuentro, estaba retornando a posición de defensa cuando un balón quedó suelto detrás de él, frenó de espaldas y al arrancar notó un fuerte golpe por detrás. Se dio la vuelta pero no había nadie. Fue como una pedrada en el talón del pié, como un rayo invisible caído desde el cielo. Por un instante acusó de agresión a alguien escondido tras las nubes.

Se quedó cojo, tenía que mantener el pie adelantado, al intentar flexionar el pie para andar notaba fuertes pinchazos. Un compañero le llevó al cercano hospital de la Princesa en coche, donde le diagnosticaron rotura total del tendón de Aquiles. Le inmovilizaron el pie y una ambulancia le llevó a su casa a esperar que le dieran fecha para la operación. Por suerte vivía con sus padres, era el pequeño que todavía no se había emancipado, su madre sería un apoyo incondicional durante los meses que duraría la recuperación.

Le visitó su novia, Violeta, que le trajo la típica caja de bombones y el CD del primer disco de las Disparidades, recién editado. Escucharon el disco y hablaron de las canciones. Para Violeta las canciones de rock eran como peliculitas que cuentan cosas muy retorcidas, le tiraba lo perverso. Lo que sonaba no estaba de moda. No importaba, su idea era existencialista, ser ella misma, no ser parte de ningún colectivo. Violeta recordó su primer concierto en 1998 en el Ágora, la bajista y la guitarrista solista se rajaron. Salieron solo batería, guitarra y ella, sin bajo, sonó de mil demonios pero fue feliz ese día, en el escenario. Reformó la banda un montón de veces, buscando un equilibrio entre saber tocar con presencia escénica. Nadie quería tocar el bajo, así que pusieron a Asia, que tenía una imagen decadente, era la novia del camarero que les pasaba tripis, coca y speed. Lola a la batería, era la más mayor, había estado viviendo en Holanda y controlaba de música mogollón, también era un influjo económico para el grupo ya que tenía trabajo estable. Carla, la guitarrista original, había conseguido un estilo muy personal, que completaba la propia Violeta como guitarra rítmica y voz. Con esta formación grabaron una maqueta en cuatro pistas y la presentaban en compañías de discos y emisoras de radio hasta que en una tienda de discos les dijeron que eso le tenía que gustar al Chico de la Moto. Francisco exigió que ellas pagaran la grabación del disco, y fueron Alberto y Lola quienes pusieron el dinero. El productor fue un guitarrista famoso que añadió algunas guitarras y celebró que cantaran en español. Había coca y speed a palas, El productor se empeñó en cantar una canción que decía que le gustaba mucho, pero no se sabía la letra, solo gritaba una y otra vez “¡Ay señor! ¿Cuándo nos llevarás?”. Y esta grabación quedó como versión alternativa para cerrar el disco. Violeta no paraba de reír cuando contaba anécdotas. No iba a poder estar con Alberto en el hospital, porque salían de gira por España para presentar el disco.

Una semana después ingresaron a Alberto en una habitación del hospital, le midieron la tensión y le hicieron unas preguntas, le tumbaron en una mesa camilla y en un pasillo le pusieron la inyección de la anestesia local. Le pidieron que se pusiera boca abajo y le llevaron a la sala de operaciones. El cirujano entró y saludó a enfermeros y público estudiante, explicó el sistema de cirugía mientras lo ejecutaba, hizo cuatro incisiones enmarcando la rotura del tendón, por una de ella metieron una microcámara, cosió un extremo al otro del tendón, suturo la herida y dijo: “Otra vida salvada”. El cirujano se marchó y Alberto peguntó:

– ¿Ya está?

– Sí, ya está.

Le devolvieron a su habitación para pasar la noche. Lo malo empezó cuando pasaron los efectos de la anestesia. Le pusieron un goteo con suero y calmantes del dolor, pero dolía mucho. Se había hecho de noche, su madre estaba a su lado y llamaba constantemente a las enfermeras que estaban de guardia para que hicieran algo con los dolores de su hijo.

Tenían un compañero de habitación que había sufrido una operación en la mano. Había sido obrero de la construcción y había sufrido varios accidentes en la mano derecha, y todavía peor, había tenido un accidente de moto que le había dañado muy seriamente los músculos abductor y flexor del dedo gordo. Llevaba varios años de baja laboral por minusvalía. En su operación le había quitado fibra muscular del antebrazo y se la habían injertado en la mano. Era un hombre de gran humanidad y hablar con él era relajante. Le acompañaba su hermana, los dos vivían juntos y estaban solteros.

Alberto se percató de que él no se quejaba y le preguntó:

– ¿Cómo es que no te quejas? ¿Es que te duele menos que a mí? Porque yo creo que te tiene que doler tanto o más que a mí.

– Claro que me duele, me dan unos pinchazos que veo el cielo, veo el universo entero. Lo que pasa es que creo que si te quejas es peor.

– Me ha llamado la atención lo rápido que me han operado, me lesioné y a la semana ya está, con tanto como hablan de las listas de espera.

– Porque has entrado por urgencias, yo llevaba casi dos años esperando, es la tercera vez que me operan, a ver si esta vez, porque tengo la mano inútil.

– ¿Dos años?

– Sí, hasta que se dan cuenta de que la mano no se va a recuperar y deciden volver a operar. Y eso si la fecha que tienes no se cancela, como me pasó cuando ocurrió lo del 11M.

– ¿Qué tiene que ver el 11M?

– Que me operaban para esa fecha, vine aquí pero no pude operarme. En la habitación que me correspondía había dos chicas con las piernas amputadas. Me operaron un año después y tampoco quedó bien, a ver si a la tercera.

Alberto se quedó pensando en esto, le parecía muy acertado dejar de quejarse. No lo consiguió, siguió quejándose toda la noche, pero para cuando amaneció el dolor había remitido mucho. Por la tarde una ambulancia le llevó a su casa. Tuvo la pierna escayolada tres semanas y después tuvo que realizar rehabilitación, que se pagó él. Estuvo dos meses de baja laboral. La Mutua de la Seguridad Social le obligó a presentarse a dos revisiones, para comprobar si estaba en condiciones de reincorporarse al trabajo. Alberto cobró el sueldo entero durante la baja de su empresa, la cual recuperó el 75% del mismo de la Seguridad Social. Su madre le cuidó todo el tiempo y Alberto engordó 6 kilos tumbado y aburrido viendo la tele. Leyó un par de libros que le habían regalado los colegas, Desgracia de Coetzee y Las partículas elementales de Houellebecq. Se enfadó con su madre, la culpó y la gritó:

– No haces más que cocinar y cebarme.

Es gracioso que estando de puntillas sobre el abismo, la juventud mundial solo se interesa por estar guapa. Mientras tanto, a las Disparidades una sola gira les valió para quemarse. Hubo veladas muy memorables. Cenar con la gente, conocer peña, ver lugares nuevos es lo mejor de estar en un grupo. Lo peor es el esfuerzo por hacer las cosas, cuando un bolo sale un desastre o se tienen desencuentros con cuatro gañanes. Todas las giras de grupos de rock tienen suficientes historias tétricas sobre cagar en condiciones extremas y oler como un buey como para ilustrar una enciclopedia. Les contaremos una anécdota, en la Cúpula del Trueno, compartieron cartel con un grupo que tenía un cantante guapísimo, o eso le pareció a Violeta, que iba con la conciencia desestabilizada y se lo comía a besos en el camerino. Intentaban follar en el retrete, pero al chico no se le ponía dura y ella no dilataba, no entraba. Él, ella y el retrete apestaban y para colmo él la ordenaba que respirara. Él estaba decidido, con la polla morcillona dentro de un molesto condón aplicó unos ansiosos refrotes contra los labios mayores y menores, y el clítoris. Se segregaron una serie de hormonas que empalmaron el miembro y abrieron la puerta para la ya inesperada entrada en el templo del placer efímero. Tras los breves minutos de disfrute el chico se vació y se acordó de que tenía una novia por allí que debía estar buscándole, se subió los pantalones y se marchó corriendo, sin embargo quedó atrapado en una cola para tomarse un rayote.

Asia se lió con el conductor de la furgo y tuvo peleas con su novio que apareció por cuenta propia en algunos conciertos, empezó a tomar todos los días. Las demás no se quedaban atrás. Intentaron hacer un videoclip pero no salió, fue una chapuza que les cabreó muchísimo. Carla estaba cada vez más loca, improvisaba mucho en el escenario, muchas broncas, se mandaron a tomar por culo muchas veces. Seguían saliendo conciertos y viajes, nada más regresar de Almería, tenían otro concierto en Valencia, Carla echó gasolina en vez de gasoil, estuvieron una hora tiradas en la autopista, luego les tardaron tres horas más en limpiar el motor, llegaron tarde, en Valencia la sala estaba llena pero habían tenido que devolver el dinero de las entradas, tuvieron que tocar gratis. Violeta no entendió porqué tuvieron que volver a Madrid, pero no quiso discutir con Carla y Asia, pero estuvieron una sola noche en la que tuvo bronca con su novio. Y salieron para dar más conciertos. La furgoneta la paró la policía.

– ¿Dónde está la droga?

Estuvieron mirando las cosas y les dijeron:

– Pero si son músicos – y las dejaron marchar.

Violeta se enteró después, pero tenían escondidos dos kilos de cocaína en la furgo que distribuyeron por Guadalajara, Zaragoza y Barcelona. Si les hubieran cogido les habrían caído seis años de cárcel. Cuando regresaron a Madrid, la batería dejó el grupo por las amenazas que tuvo de perder el trabajo. Violeta se quedó desganada de todo, se encerró en casa, bueno, salía para buscarse la vida. Lo que no iba a hacer era dejar el rock y disfrazarse, antes muerta. Sabía que era algo temporal, que ya pasaría el nubarrón. A todos nos pasa alguna vez, que mandas todo a la mierda, en esas estaba. Se puso a leer. Tenía un libro de un hindú de un santón llamado Osho que tenía un chiste que distrajo sus pensamientos y la puso en búsqueda de información sobre la historia de la religión:

Un diablillo entró resoplando en el palacio del gran Satán, señor de los Infiernos, que estaba sentado en su trono: “Señor maligno, señor maligno, ha ocurrido algo terrible, ha nacido un hombre sabio, alguien que sabrá guiar a la humanidad fuera del mundo de tinieblas en que se encuentra”. Entonces en Gran Satán se echó a reír a grandes carcajadas y le contestó: “Oh, pequeño diablillo, no te preocupes por ese hombre, que efectivamente es sabio, pues he enviado a doce discípulos necios que tergiversarán todo lo que él diga y la humanidad permanecerá en la Oscuridad”.

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