Lemánicas III. Ese sábado

almeidas
por Pirata Jenny.

Duermo, pero algo no va bien en el apartamento de monsieur y madame Almeida. A diario, y con una virulencia especial cuando el fin de semana les obliga a pasar demasiadas horas juntos, se suceden los gritos, los portazos, los desaires, las amenazas de abandono. «A la mierda todo» es la frase que Almeida pronuncia más veces a lo largo de la semana. «Pues a la mierda» es la de ella. No oigo las minuciosas recriminaciones que ella le hace, la precisión de las contrarréplicas de Almeida. El tabique que separa nuestras cocinas me impide saber de qué especie concreta es la fruta de la discordia. Mi mente forcejea para mantenerse prendida a un sueño banal pero plácido. Aquí es donde quiero seguir, pienso, aquí donde todo transcurre a una velocidad submarina. Pero un nuevo portazo me saca a flote. ¡Como todo hijo de Adán!, dice Almeida. La respuesta de ella se aleja caminando por el pasillo. ¡Jodido sábado!, oigo. Un objeto se estrella contra el suelo. Y luego, nada. En el largo silencio me los figuro a cada uno en un cuarto, presas de una ira evangélica, urdiendo afrentas y reproches imaginarios y ansiando del otro imaginarios arrepentimientos. Pienso: por fin. Trato de retomar la pendiente del sueño donde la había dejado, pero se me escurre en la conciencia. Y así es como me encuentro en la calle, a las ocho de la mañana, ese sábado.

La cuesta de la rue de Voltaire está vacía y huele a pan y yo arrastro hacia el río el cuerpo todavía envuelto en un bostezo. Oigo el agua nocturna borbotear en las alcantarillas. Oigo los árboles sacudirse el agua nocturna cuando el aire los atraviesa. Chez Quartier está cerrado, pero alguien anda merodeando dentro. Le hago gestos tras el ventanal hasta que me ve. Se acerca un hombre alto, muy delgado, en la sesentena, con un fino bigote circunflejo paralelo a la línea del labio y un tupé de pelo cano, una auténtica escultura capilar que, conforme se avecina, recuerda vagamente una caracola marina o la espiral de una bola de helado. ¿Pero qué hace aquí Claude Nüsslin? ¿Cómo, no lo sabe? Esta confitería es de mis hermanas, las solteras. Me cuenta algo sobre la reparación de un horno. Pero ya he terminado, dice; si aún no ha desayunado, podemos acercarnos a la tienda de la viuda de Talid y luego ir andando hasta Plainpalais. Miro con aprensión los bollos que han envejecido en el escaparate, y a la vieja, será la viuda de Talid, que hace guardia en el pequeño mostrador al fondo rodeada de paquetes de tabaco, boletos de lotería y ejemplares de un periódico gratuito. Tiene dos canas grises en el mentón, largas y fuertes como alambres, y la piel color ostra. Me toco instintivamente la barbilla y recuerdo con angustia que me tengo que depilar las piernas, qué pasaría si esta misma mañana tuviese un accidente y. Ahora caminamos rápido, sin cruzar palabra, pasamos de largo el ajedrez gigante del parque de Bastions, donde dos refugiados armenios observan en silencio a la reina negra enseñoreada en el centro del tablero, a la vez amenazante y expuesta. Tiro el bollo a una papelera y aprovecho para sacar de ella un par de botas, con la prisa he salido descalza. En la explanada, unos hombres están hinchando la carpa del circo Nock, el hidrógeno se esparce desigualmente, se concentra primero en un extremo mientras el otro se desploma todavía flácido sobre la arena, la cúpula ondea lentamente como un calamar gigante que se desplazase por el fondo marino, los dos hombres que están a un extremo pegan voces a los otros dos, allez gonflez, gonflez. Jaulas de palomas que sobrevolarán las cabezas de los espectadores cuando acabe el número del trapecio. Percheros móviles con vestidos de lentejuelas, mallas rosas, chaquetas de lunares. A pocos pasos, una cebra y un camello, sueltos entre las caravanas, ramonean en un círculo de zanahorias y mondas de tomate, y entre sus patas zigzaguea un gato cuatralbo. El camello alza la vista de vez en cuando, mirada soñadora y palaciega tras las largas pestañas rubias, cuando escucha las voces de los hombres. Al fin la yerguen. Nos alejamos, caminamos contra el viento por calles angostas, entre los edificios cada vez más dispersos, siempre en silencio, entre solares vacíos, hangares, fábricas abandonadas, hornos, chimeneas, a medida que nos alejamos de los barrios céntricos la ciudad parece replegarse hacia su pasado, hasta el punto de que ya no la reconozco y miro a Claude en busca de una clave, pero antes de decirle nada él ha entendido mi extrañeza y señala un punto en el horizonte en que el río, aletargado y exhausto de la larga travesía desde Menfis, está llegando a puerto, transportando en la barca solar el ataúd de cristal del hombre-Dios. ¿Alejandría?, pregunto. Eso es, ya casi hemos llegado.

Pleamar y bajamar de la conciencia. Un bramido que al principio confundo con una sirena, los espasmos acompasados de una cama, una pausa, una repentina nota aguda en una voz de mujer, una petición inaudible seguida de una inmediata confirmación de lugar, un ronquido masculino que repite cuatro veces la misma palabra, primero con rabia, luego en retirada, suspiros en contrapunto, una orden, y la niebla que lentamente empieza a izarse. Los Almeida, como siempre que se ven obligados a pasar demasiadas horas juntos, han sellado la paz. Y así es como me encuentro en la cama, a las ocho y media de la mañana, ese sábado.

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