Vivir con Chlamydia: el relato impreciso de unos hechos inciertos

Por Alfreddo del’Ombra

Doctor en Derecho

 

Capítulo Número A

Donde se presenta el nudo de la presentación maguer nada en él se desenlaza.

soubrette2El 21 de Palotín, día de la Ocultación de Su Magnificencia el Dr. Sandomir, acudí a casa de Max vestido con mis mejores galas. Días atrás había dejado en mi contestador un mensaje citándome a las 12:00 UTC para lo que él llamó misteriosamente una ceremonia. Dejó el mensaje con esa voz que pone al hablar por teléfono, tan graciosa, resultado de inhalar helio de un globo rojo. Ese pequeño detalle despertó innumerables buenos recuerdos de un pasado alegre y despreocupado así que pese a las graves desavenencias que causaron nuestro distanciamiento decidí acudir.

Un minuto y sesenta segundos antes de la hora fijada empujé la verja del jardín, la cual chirrió como un gato de angora blanco aplastado por un camión de la basura verde. Lo encontré más descuidado que otras veces. Los triptruneus arboricuescentes de la entrada necesitaban urgentemente que les recortaran las puntas, un lavado y mucho tinte. Su otrora bellísimo azul iridiscente, que solía traer a mi memoria el ocaso en las aguas del Pacífico tras el desastre del Exxon Valdez, tremolaba ahora en una frecuencia infrarroja que no fui capaz de identificar.

Al rodear la gran fuente que embellece la entrada a la mansión –aproximadamente unos 2·(i-√7) campos de futbol– advertí que las sirenas residentes estaban descuidadas. Las escamas de su parte superior, si las imaginamos colgadas de la cola, que no tanto tiempo ha destellaban al sol como bolas de discoteca, se veían ahora veladas, como las gafas de un churrero de madrugada. De haber alguien conmigo, por educación, habría dicho que estaban fornidas, pero encontrándome solo me permití pensar que estaban claramente obesas. Tumbadas sin gracia en unos desvencijados sofás chester miraban el debate de los presupuestos de la Comunidad Autónoma de La Rioja que emitía, en diferido, el Canal Parlamento, mientras zampaban ambarinos berberechos de un gran cuenco de coral amarillo. Sus cabellos, lustros atrás de un lustroso color Rojo Allure 102 Palpitante de Chanel, se veían enredados y faltos un lavado. Saludé, pese a todo, con un gesto desenfadado intentando aparentar esa familiaridad que exhiben los modernillos desinhibidos. De inmediato una de ellas, saliendo de su marasmo, se acercó a pedirme tabaco y un euro. Le entregué el cigarrillo y, poniéndome de espaldas, tiré al estanque la moneda mientras pedía un deseo cuyo contenido exacto guardo para mí. De inmediato, cual movidas por un resorte, se pusieron a cantar el lied Im wunderschönen Monat Mai al acordeón acompañado de dos conchas y una botella de anís la Asturiana con la que hacían en bajo continuo. Intentaban el viejo truco que funcionó con Ulises para hacerse con mi billetera frente al que yo, habiendo visto la película, me até los machos y seguí mi camino tratado de aparentar una imperterritud que no sentía.

Así, presuroso y horrorizado, me adentré rápidamente bajo la cúpula de follaje que cubre la larga avenida de psicomoros lacanianos silbando el coro final de Los Miserables. Mientras, iba advirtiendo con tristeza otros síntomas de decadencia, como el camping chabolista en la bellísima rosaleda o un autobús de portugueses merendando en las cunetas. La tristeza ante tal declive derivó en el nacimiento de un Orinoco en mi ojo izquierdo y en el derecho un Mississippi con sus correspondientes afluentes que, consecuentemente, me impidieron ver el bosque, cual era previsible. Este imprevisto me hizo tropezar en varias ocasiones; con los leones asirios de escayola que forman guardia en la explanada anterior de la mansión primero y con el cartel luminoso del vado permanente después.

El timbre de la entrada no funcionaba, así que puse un tuit alertando de mi llegada que de inmediato tuvo doce mil FAVs y sesenta y tres mil RTs. Rápidamente bajó solícita Madame Dudeffan, el ama de llaves, que me sigue desde siempre, a abrir amablemente la puerta. Le entregué el bombín lila, a juego con las suelas de mis zapatos semibrogue, el paraguas de chocolate y la cálida bufanda de alpaca plateada con suaves vetas lavanda. Amablemente tomó de mis manos toda esta impedimenta y con una sonrisa y un festivo gesto la lanzó sobre un abigarrado montón de trastos inútiles que anegaban un extremo del zaguán. Allí se apilaban en heterogénea mezcolanza no exenta de gracia un kayak de fibra de carbono nuevecito, dos raquetas de badmington decoradas con marquetería estilo mozárabe, varias cajas vacías de galletas danesas baratas, una urna funeraria tibetana de alabastro labrado, una yarda y dos pulgadas de misales de la Iglesia de Escocia bellamente iluminados, una estatua yacente de un enano chino con una hucha y la edición de 1952 de la Enciclopaedia Britannica.

Madame Dudeffan, radiante como siempre, vestía un conjunto camisero negro, cerrado de escote, con cuello y puños blancos, corto años 60, medias a medio muslo también negras y un gracioso liguero cuyas tiras quedaban a la vista exactamente cuatro dedos, distancia que medí personalmente. Un gracioso mandilito de encaje blanco y unos peeptoe de Loboutin complementaban a la perfección el atuendo de soubrette que tanto gusta de lucir en público. Con su gracejo natural y un desparpajo levemente impostado, fruto de muchos años de oficio, resultaba tiernamente irresistible. No aparentaba en absoluto los setenta y seis años que figuran en su ficha policial y así se lo hice saber. Zalamera, me llamó ladrón y golfo a lo que le contesté chulapa mía yo te daba y sin más dilación nos encaminamos hacia las escaleras.

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