Animales sobrealimentados

toro
por tipotrueno.

El control, inconstante y perecedero, es una simple quimera en manos de cualquier animal sobrealimentado.

Hay un círculo. Sangre, arena y un gran círculo de madera. En él hay dos animales, uno más inteligente que otro. Luchan. El espectáculo está garantizado. La dopamina se dispara entre todos los concurrentes, que los deja catatónicos durante segundos. El placer es abrumador. Quieren más. De los luchadores, solo sufre uno. Sufre y sangra. Nadie de los presentes quiere que paren; el animal más inteligente todavía menos; el otro, que sufre, que sangra, simplemente no lo entiende; no esperaba estar allí.  Pero la dopamina es más feroz. Se aferra a cada parte de los comensales, los hace avanzar al unísono, los estremece y zarandea; los cristaliza. Pero es solo un espectáculo. Vencido y vencedor. La lucha entre la sangre y la arena. No más inteligente que una gran guerra, ni una pequeña. Solo apremia la rápida absorción de la dopamina. Los animales, los luchadores, en cambio, están concentrados en su adrenalina. Se desactiva la razón y actúa el instinto. El más inteligente clava fuerte. El otro, lo intenta, pero tiene que procesar demasiados estímulos y no termina siendo consciente de lo que ocurre. Uno vestido. Otro desnudo. Omnívoro contra herbívoro. Y de nuevo, otra infección de dopamina, presente en la gran mayoría de animales y siempre, salvo algunos casos con ciertas taras, se dispara y las emociones afloran sobre todos los asistentes. Ese círculo causa dolor. No importa el cómo, el cuando y el donde. No importa. El hecho, es siempre el mismo. Algún animal sufre o muere, y los espectadores entran en un bucle de placer por la destrucción, que los arrastra por la viscosidad morbosa de un evento meramente sangriento. A veces, se reduce la secreción de dopamina, que no disminuye el placer de consumo, solo el deseo de comer.

Pero como ya he dicho antes, estamos sobrealimentados.

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