Vivir con Chlamydia. El relato impreciso de unos hechos inciertos

Capítulo Número B

En el que se describe con pelos y alguna señal a Max y se da noticia de alguna otra cosa.

Llegado éste punto es menester describir a Max, quien fue mi mejor amigo y hoy de nuevo anfitrión. Max tiene aproximadamente mi edad, unos cuarenta y cinco campos de futbol y casi otras tantas canchas de tenis, mitad de tierra batida y mitad de hierba y le da, como más delante se comentará in extenso, tanto a la carne como al pescado. Max es pequeño, peludo, suave, feo y algo fofo, pero en público gusta de presentarse como un tipo alto, enjuto, atlético, de facciones regulares y angulosas, labios finos, mirada penetrante, pelo crespo, abundante y oscuro, aunque empieza a peinar canas en los aladares como Richard Gere en Pretty Woman. Viste siempre traje de tres piezas de corte inglés salvo en los momentos que va al campo, ocasiones en las que se pone una chaqueta de tweed de Galerías Preciados y unas botas de pocero verde alga. Esa costumbre suya de vestirse de farmer es francamente molesta porque interrumpe el fluir de las conversaciones banales que tanto nos interesan con incesantes carreras al vestidor.

MAX-1Tiene una voz profunda de barítono que a los que lo conocemos en la intimidad nos intimida, pero que él, por algún oscuro trauma lacaniano de la infancia, odia. Esa es la razón por la que habla siempre en falsete de contratenor y, para las ocasiones especiales, como discursos o grabaciones, aspira helio de un globo siempre rojo. Personalmente ésta y otras manías de Max ni me molestan ni dejan de molestarme. Respeto mucho los traumas de la infancia porque yo también tuve una y sé que es una época mala de la vida. Aún recuerdo con pavor cuando la Miss., en el kindergarten, me obligaba a zanjar las diferencias espistemológicas con otros niños haciendo las paces con un abrazo.

Max es escritor de novelas policíacas de éxito moderado, actividad de la que obtiene todos los recursos necesarios para dar de comer a su gato y con el excedente cambiar alguna bombilla cuando se funde. Para financiar su fastuoso tren de vida se ha especializado en sprintar en todas las metas volantes, actividad en la que destaca desde niño debido a que la dueña del palacete contiguo al de sus padres tenía un mastín que le perseguía incansable. Así, trabajando sólo unos meses en verano, acumula tal cantidad de jamones, embutidos, ramos de flores, vales de descuento en peluquerías y talleres de cambio de ruedas (2×1, montaje, equilibrado y alineado) que el resto del año se puede permitir un dolce far niente sólo interrumpido por las decisiones que la administración de su inmensa fortuna heredada ocasionalmente le exige.

Estudió Ciencias Políticas en la Complutense donde obtuvo brillantes calificaciones y destacaron sus originales propuestas políticas estudiantiles por medio de SMS. Es aún recordado su famoso slogan #PónteloPásalo, proponiendo reciclar condones en las acampadas del #15M en pro de una sexualidad sana, abierta, compartida, sostenible, sustentable, colaborativa e higiénicamente dudosa. Como aquella facultad le quedaba pequeña nada más terminar, buscando un reto que le exigiera dar lo mejor de si mismo, se hizo Azafato de Congresos, doctorándose con una extensa tesis sobre los aperitivos en el de Viena (1814-1815).

Yo lo conocí en Austria por esas fechas, en un campamento de verano en el que, con otros arquitectos cantamañanas, participábamos en el proyecto Bauhaus in the middle of our Strasse, ahá! Era una cosa sin sentido pero que chanaba mazo, como todas las financiadas por la UNESCO, destinada a la investigación para la mejora de las soluciones habitacionales en la cual bailábamos la conga por la calle a ritmo de ska con nuestros kelifinders para finalmente hacer una puesta en común de nuestras experiencias. Un poco como los colegios de monjas pero sustituyendo las cartulinas y los rotuladores de colores por powerpoints y wordart. Fue aquella una alocada época de juventud en la que compartimos piso, anhelos, esperanzas, utopías, lecturas y una novia noruega de Stavanger. Sigrid era una rapaza alta, rubia, de profundos ojos azules, piel blanca como el skrei, magníficas ubres, sonrisa perfecta, golfa en lo sexual, liberal en lo económico y currista en lo taurino.

Sigrid resultó ser un foco infeccioso, no sólo por sus ideas radicales de vikinga hippie sino también por la flora bacteriana y boreal que alojaban sus entrañas. Aún así la juventud, divina pastora, de su cuerpo serrano nos atraía como la luz a las polillas, el monte a las cabras y éstas a un poeta bucólico y pastoril. Así, como legionarios con cabra, combatientes hermanados por el peligro, nos turnamos para inseminarla, esfuerzos corolados por el fracaso genésico y el que me quiten lo bailao sensual. Mejor así, porque en la época de la juventud, que es la infancia del hombre longevo, el éxito es fracasar para que el desastre no le pille a uno desprevenido o sin vacunar.

A ambos nos trató el Dr. Schlemmerhausen, que había sido cocinero antes que fraile y por incompetente expulsado tanto de los círculos gastronómicos como los cuadriláteros claustrales. Aquel Doctor, de infausta memoria pero aguda inteligencia, miró en Google y nos recetó a ambos antibióticos de amplio espectro electromagnético, un excitante peristáltico sintético y follar con condón. Insistió mucho, mirando a Max, en la conveniencia de no reciclar los profilácticos. Google y las redes sociales es lo que tienen, que se pasan el olvido por el forro de los caprichos vieneses. Dado que nada une como la desdicha, acabamos liados con la enfermera del Sr. Schlemmerhausen, a la cual le acababa de morir el novio de una miopía mal curada y sustituyó a Sigrid el último semestre y a cual pegamos unas ladillas noruegas que ella nunca había visto y apreció mucho. Se distinguen porque en la cabeza llevan una cruz azul y blanca, como los santiaguiños de Fisterra.

Acabada la alocada época estudiantil poco a poco nos fuimos distanciando, como dos puntos cualesquiera del Universo, siempre en expansión. No obstante mantuvimos el contacto hasta que un día en su casa, sin previo aviso, me sirvió un Dry Martini en vaso alto, afrenta imperdonable que nos alejó definitivamente.

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