Vivir con Chlamydia. El relato impreciso de unos hechos inciertos

presidente
por Alfreddo del’Ombra.

Capítulo Número C

En el que se da primera noticia y somera descripción de la gavilla de atrabiliarios personajes que poblaban la party.

Nos llevó un rato alcanzar el piso ciento veinte, desplazamiento que transcurrió sin incidentes de mencionar, salvo una manifestación de alumnos de cuarto grado del Conservatorio Profesional, sección percusión, que protestaban en el piso noventa por los recortes en la educación tocando en sus vibráfonos el Grassenhauer de Carl Orff confundiéndolo con el You’re so cool de Hans Zimmer. Eran unos doscientos según la organización y no más de veinte según la Delegación de Abastos del VI Arrondisement. Mientras esperábamos a los antidisturbios de la GNR Madame Dudeffan y yo fumamos unos cigarrillos de marihuana comentando que, efectivamente, la educación musical ya no es lo que era y además se estaban perdiendo los modales.

Llegados al piso ciento veinte a través de las grandes puertas Madame Dudeffan y yo pudimos observar el amplio salón atestado por doce guardias que, en sendas furgonetas de la Guardia Civil de un bonito verde Barbour, tomaban nota con hermosa prosa policial de la identidad de los que entraban y salían, tecleando parsimoniosos en sus Olivetti Lettera 79 sobre papel timbrado y con copia al carbón. Estos detalles me resultan enternecedores porque tocan mi fibra sensible de patriota. Preguntado el declarante por la causa de esa emoción contesta que, considera el lenguaje literario de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado casi tan fermoso como la fabla del Cantar del Mio Sid y posiblemente tan antiguo. Nos filiaron a todos y preguntaron expresamente si teníamos la intención de atentar contra la vida de POTUS o de violar las leyes de los EUA. Todos los del pequeño grupo que se formó a la entrada contestamos al unísono que no, que veníamos por turismo. A requerimiento del Sargento Comandante de Puesto nos dimos fraternalmente la paz y entramos, a excepción de un tipo pequeño con tantas petequias que parecía llevar tatuado el mapa de La Rioja en la cara, al cual retuvieron para hacerle el test de alcoholemia, mirarle los niveles de PSA y colesterol y, en su caso, ponerle un stent.

El salón, decorado para la ocasión con plumas de gallina chueca de todos los colores del arco iris colgando por doquier, es aproximadamente como la T4 del aeropuerto Madrid Barajas Adolfo Domínguez en extensión y sólo un poco menos en flexión. Prácticamente todas las damas llevaban a sus perritos en brazos o en bolsos porque el recinto había sido inundado de champán hasta aproximadamente la altura de la rodilla. Ese detalle, que últimamente se está poniendo muy en vogue en las fiestas de la alta sociedad, además de resultar estimulante porque sientes las burbujitas colarse entre los dedos de los pies, evita que se formen colas en los baños para orinar, al permitir que los invitados se alivien de pie. Muchas mujeres, en un sorprendente alarde de originalidad adolescente, iban vestidas de burbuja Freixenet, con atuendo y complementos color ouro velho y barretina colorada. Cada pocos centímetros un camarero, plantado a pié firme, impedía el paso sosteniendo una bandeja repleta de exquisitos manjares, lo que obligaba a dar continuos rodeos que, si bien molestos, provocaron que acabase socializando con todos y cada uno de los asistentes, luego de tropezar con ellos. Cada sesenta yardas se habían instalado unos pedestales sobre los que danzaban gogo-girls checoslovacas vestidas sólo con guantes al ritmo de la canción Estoy llorando por ti de Ku Minerva, que sonaba en bucle.

En medio de aquel tráfago perdí de vista a mi guía, Madame Dudeffan, pero a cambio tuve oportunidad de tropezar con el Presidente de la República, un tipo sórdido que charlaba animadamente con un tal DSK SNCHZ sobre partouzes y las ventajas del Cialis sobre el Levitra. A Monsieur le President le acompañaban su esposa, su secretaria, su amante, su ex–amante y su puta de confianza, cada una de ellas adornada con un lirio que esa misma mañana él había cortado personalmente en los jardines de Palacio. La de la esposa era blanco, símbolo de pureza; la secretaria rosa, significando pereza; para la amante eligió el rojo de la riqueza; para la ex–amante verde por su entereza; y para la puta azul petróleo, por su enorme destreza. Hombres así de atentos y galantes con nombre de queso ya van quedando cada vez menos.

Más adelante me encontré a un famoso cantante de rock octogenario rodeado de groupies sexagenarias formando cola para que les firmara el escote con un rotulador morado. A las operadas les ponía dedicatoria y número de teléfono, a las meramente mejoradas con wonderbrá firma y rúbrica y a las naturales sólo una mediafirma de notario o interventor de ayuntamiento. Bebía champán de una copa de cristal de Bohemia que rellenaba del que cubría el suelo mientras un asistente tatuado con cruces gamadas le pasaba rayas de coca. Como aquel decadente Rey del Rock era un tipo campechano me vi en la obligación de susurrarle que, en mi opinión, a esas alturas quizá más de la mitad del nivel de líquido eran fluidos de origen animal. Resultó que era un ferviente practicante de la orinoterapia así que me despedí amablemente deseándole todo tipo de venturas en la vida y dando media vuelta me perdí rápidamente en el ir y venir de los invitados.

Vagabundeé durante un rato disfrutando del ambiente cosmopolita que Max había conseguido crear picoteando las delicias del catering, servido por un famoso chef catalán. Ornitorrinco tikka-masala, Kentucky fried tempura, esferificaciones de tortilla de patata con y sin cebolla, ancas de saltamontes al orégano en escabeche suave de Módena y mil manjares más. Todo estaba delicioso pero me pareció, en general, algo pretencioso. Por poner un ejemplo, lo que el chef llamó Bollu preñau deconstruído no eran más que unas migas con chorizo de toda la vida. A los postres pusieron Phoskitos, Panteras Rosas, Bollicaos y Donuts. Fanta y Mirinda toda la que te pudieras tomar.

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