Breve relación de vidas extraordinarias · 25

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Por Martín Olmos.

El general Nguyen Ngoc Loan fue un limón picio como un susto cuyo visaje de puro adefesio causaba malestar, razón por la cual estaba imposibilitado como héroe, y, sin embargo, amaba las rosas rojas y tocaba nocturnos de Chopin en los crepúsculos, cuando se miraba coqueta la luna lunera sobre el río Mekong. Consecuentemente, por lo tanto, abrazó la iniquidad con minucioso virtuosismo, a veces con afectación, para que nosotros nos sintamos bien; quizá fue entonces generoso pero, no obstante, era un asesino. Viajó Europa, se doctoró en una universidad católica francesa, quizá padeció el síndrome de Stendhal, quizá leyó a Hope, quizá quiso ser Ruperto de Hentzau y decidió hacerse odiar voluntariosamente. Al general Nguyen Ngoc Loan le decían el General Cobra, pobre diablo, por lo que sufrió la condenación de arrastrarse sobre su vientre y comer del polvo de la tierra todos los días de su vida (Génesis 3, 14):

Super pectus tuum gradieris
et pulverem comedes cunctis
diebus vitae tuae.

Al general Nguyen Ngoc Loan le medraba esforzadamente desde los hombros flacos una cabeza pequeña, yerma de visera y sin simetría sobre cuyo intento de mentón hacía de epicentro una bocaza grande como un antro guardada por una línea de dientes menoscabados y verdes restringidos para sonreír y, además, era medio pigmeo. Era, sin embargo, bravo. Era, sin embargo, cruel. Era amarillo como la ictericia, era elápido, era micrognático. Era, sin embargo, bravo. Era, sin embargo, cruel. El general cruel y bravo Nguyen Ngoc Loan era borrachuzo de whisky, procedía de una pagoda de Hué, soportaba una úlcera de duodeno y jodía putas esmeradamente. Era el jefe de la policía de Saigón comisionado para defender la plaza en la ofensiva del Tet para lo que era necesaria su bravura y su crueldad y añoraba, sin embargo, los canales de Venecia. Consideraba la tortura siempre y cuando aparejase la desfiguración; era por lo tanto un diletante.

Decía: ¿acaso puede ser cruel un hombre que ama las rosas?
Decía: je suis un romantique.

Al picio le está proscrita la gesta y la estatua ecuestre blanqueadita de giñas de pichón mirando la frecuencia de niños en un parque con acacias y a la picia le está proscrito el casamiento y se queda para vestir santos, pues que se joda por fea. Al picio le queda la traición como a Efialtes y el circo como al monstruo John Merryck el Elefante y acaba mirando bailar a una gitana desde un campanario y es normal, ustedes verán, que sea un poquito hijoputa. El occidente, como Hengist el Mercenario, quiso al general Nguyen Ngoc Loan para la victoria, para el saqueo, para la corrupción de la carne y para el olvido y por eso necesitaba su bravura y su crueldad. El general Nguyen Ngoc Loan quiso, sin embargo, dejar vestigio, igual por docencia, igual por vanidad, y el uno de febrero de 1968 le voló el tiesto a quemarropa de un balazo del 38 con un revólver Smith and Wesson modelo Bodyguard a otro hombre bravo y cruel que le decían el capitán Bay Lop delante de la cámara del fotógrafo Eddie Adams. El capitán Bay Lop tenía cara de mono y piernitas de junco, iba descalzo y maniatado, se llamaba Nguyen Van Lem, era miembro del Frente Nacional de Liberación y recién acababa de matar a más de treinta hombres. Era otro picio sin derecho a gesta. La foto que tiró Eddie Adams salió en la front page del New York Times y el occidente dejó de querer al general Nguyen Ngoc Loan para la victoria, para el saqueo y para la corrupción de la carne y consideró innecesaria su bravura y su crueldad. Tenía dicho Susana Sontag que la fotografía convierte un hecho o una persona en algo que puede ser poseído y todos nosotros tomamos posesión del general Nguyen Ngoc Loan y su iniquidad explícita y quieta como el miliciano del Cerro Muriano y nos refrendamos de percevales porque peleamos en brava lid y damos la cancha al contrario según las reglas de las ordalías porque nunca hemos tenido que defender Saigón ni comernos a nuestros vecinos muertos en el cerco de Leningrado y dispensamos nuestras crueldades en la penumbra del funcionariado, con las manos limpitas de sangre y sin hacerlas inmortales y no somos, además, ni chinos ni feos.

El general Nguyec Ngoc Loan fue herido en combate unos días después y en el hospital le visitó Oriana Fallaci y le vio besar una imagen de Cristo coronado de espinas y le vio llorar y le dijo que las lágrimas no eran dignas del terror de Saigón, del hombre más cruel de Vietnam.

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