Breve relación de vidas extraordinarias · 26

brve-26b

Por Martín Olmos.

La puta Blanca, que le decían la Salvaje, no fue puta hirsuta y, muy al contrario, se desbarbaba el parrús dejándoselo motilón. Era canaria y cara por ser de suavito tangir y daba oficio en la Palanca de Bilbao hace ya unos años, quizá cuarenta, quizá más, en tiempos en los que llevar pelón el coño era excentricidad o pthirus pubis. Hubo un señor que le cogió costumbre y secó sus posibles en jodiendas y cuando no tuvo más se fue al espigón de la Mojijonera, en Las Arenas de Guecho, y se puso a serrarle una pierna al Neptuno del retablo escultórico que le hizo don Miguel García de Salazar a Evaristo Churruca para vender el bronce y seguir jodiendo, pero le trincó la pasma y le dio sombra por vándalo. El libro del Éxodo (20, 4) prohíbe levantar estatuas de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra o en el agua bajo tierra,

non facies tibi sculptile neque omnem similitudinem eorum, quae sunt in caelo desuper et quae in terra deorsum et quae in aquis sub terra,

con lo que la puta Blanca, que le decían la Salvaje, puta de piel de pera y no de melocotón, puta de coño mocho, fue puta instrumento de Dios.

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