El árbol partido (9)

por Claudio Sífilis.

capitulo-09

Conversaciones de renegados.

Alberto había dejado una de las dos muletas y quiso visitar a Enrique en su casa. Decidió llevar consigo a Abad, el más macarra de los colegas, que intimidaba a la mayoría, pero parecía congeniar con su amigo más extraño, un humano que se creía poseído por el gato montés al que una vez apadrinó. Unos años atrás, mientras Enrique finalizaba la carrera de Biología, hizo un voluntariado en Grefa, una asociación para la recuperación de la fauna autóctona de la Comunidad de Madrid. Enrique recibía encargos de ir a recoger animales hallados heridos. En una ocasión recogió del Seprona un gato montés que estaba herido por disparo de escopeta de cartuchos. La intervención en el quirófano de Grefa fue a vida o muerte, estuvo en coma y estuvieron dos días viendo si salía adelante. El gato sobrevivió y Enrique le cogió mucho cariño, le tuvieron en un recinto de 20m2 donde se recuperó, cazaba allí sus propios ratones. Decidieron ponerle un chip para su reinserción en la naturaleza, Enrique colaboró con 1000 euros, adoptando al gato. La monitorización del gato en sus primeros días en libertad, no fue optimista, apenas se movía, ¿le había pasado algo? No, al cuarto día empezó a moverse. Cambió de zona, recorrió en pocos días más de 50 km, y se estableció en un territorio que recorría en círculos. Todo el mundo estaba muy contento. Pero, pasados tres meses, la señal dejó de moverse. Estuvo una semana sin moverse, y Enrique decidió ir a buscar al gato. Aparcó junto a un puente, cogió el camino de un antiguo ferrocarril, trepó por un barranco, atravesó un campo de aulagas y entre las raíces de una encina encontró el cuerpo tieso y frío del gato, lleno de perdigones. Como aquel gato, Enrique pasaba sus solitarios días dando vueltas, por su casa, por la incineradora de basuras, por el vertedero, por su barrio y los fines de semana dando vueltas en coche.

Era miércoles por la noche Abad y Alberto llevaron 2 pizzas y 20 latas de cerveza Mahou, avisados de que Enrique no tenía nada en la nevera. Nada más entrar por la puerta empezaron a criticar:

– Tronco, ¿cómo puedes vivir así? Esta casa está pidiendo una reforma. Te hago un presupuesto. – dijo Abad, que era instalador eléctrico.
– No lo había pensado, mis viejos no hacían reformas. Yo creo que la última sería en los años 70, antes de que yo naciera.
– Pero ahora es tu casa, es responsabilidad tuya.
– No lo había pensado. Siempre pensé en prenderle fuego a la casa con mi toda mi familia dentro, incluido yo.
– Ya empieza Don Alegría.
– También tengo un plan B, vender la casa, e irme a vivir a Malasia. Un vecino ha vendido su casa por 300.000 euros. Esta puta mierda de piso. Te cagas.
– Para eso tienes que reformar.

Los colegas se acomodaron en el sofá del salón y los sillones, que tenían la piel cuarteada y asomaba la espuma. Enrique se entretenía arrancando trozos, haciendo pelotillas que estaban por todas partes. En el DVD se proyectaba un viejo concierto de Gun Club. Bajaron un poco el volumen, pero hablaron del grupo de rock. Enrique estaba feliz de haberse podido bajar toda la discografía de internet gratis en MP3, discos descatalogados. Alberto le pidió una copia de todo, convencido de que a su novia le interesaría.

– Hay que aprovechar y descargar con Emule. Cuando la industria discográfica se reorganice y controle internet, va a ser imposible encontrar estos discos otra vez.
– Vale. ¿Y qué haces los fines de semana que no quieres juntarte con nosotros?
– Voy a pueblos.
– ¿Ya no bebes?
– Sí bebo.

Parecía que Enrique no iba a hablar, pero tras unos minutos de silencio y beberse una lata, al abrir la segunda empezó:

– Estuve en Segóbriga, en unas excavaciones de una ciudad romana abandonada en Cuenca, en una zona en la que los romanos explotaban unas minas. En el anfiteatro estuve en una celda en la que se encerraba a un condenado hasta el día en que le devoraran la fieras, mientras tanto podía entretenerse en ver el espectáculo de gladiadores, Tuve un dejá vu, como si yo hubiera estado encerrado en esa celda en una vida anterior. Luego fui a Belmonte, donde me emborraché en un bar enorme, yo estaba solo en el comienzo de la barra, y al fondo estaba lleno de gente, que me miraban como diciendo qué hace este tío aquí. Cuando salí para el hostal me apeteció subir al castillo, subí y llamé a la puerta, pero no pude entrar. Al bajar intenté meterme por un atajo pero me caí a un barranco, encima de unas zarzas. Quise quedarme a dormir allí, pero me desperté a los pocos minutos helado de frío y me fui al hostal. Y ya está, el fin de semana que viene iré a otro sitio, subiré a alguna montaña. ¿Y vosotros, qué novedades tenéis?
– La gran noticia es que Fidel se ha echado novia – comenzó Alberto.
– JJajajajjjjaaaaáá – se carcajeó Abad.
– Sí, una brasileña que es una torpeda de la pradera. La conoció en la discoteca donde iba a esperar a la ecuatoriana que nunca aparecía. Le entró una mulata bajita como él, de culo y tetas enormes que tiene una hija en Brasil. El caso es que esa noche Vallecas estaba muerto y decidimos volver a mi bar, y nos lo encontramos con las luces encendidas y cerrado por dentro. Llamamos a la puerta y Fidel contestó como entrecortado “¡esperad, esperad!” Y claro, todos descojonados y haciéndonos los tontos “¡abre, que estamos secos, que hace frío, cabrón!” Y el hijodeputa no abría, estaba follando dentro con la brasileña. Y fuera esperando, media hora, y ya la peña aporreando la puerta. Y yo histérico, que no gritéis que los vecinos llaman a la policía. Al final Fidel abrió.
– JJajajajjjjaaaa – se reía Abad.
– Fidel estaba vestido, con el pelo revuelto y mal atacado pero bueno.
– JJajajajjjjaaaa
– Pero la brasileña estaba desnuda en el sofá masturbándose y gritando “qué bien follas, dame poya, tú sí que sabes, no como ese maricón hijo de puta que me despreció, la mierda de su familia que me insultaron”
– Aaaaahhh, ahhhh, gritaba, se metía los dedos así – explicó Abad tumbado boca arriba en el sofá espatarrado haciendo como que se metía los dedos.
– Es una brasileña que se trajo un español que estuvo de turismo por allí y que se iba a casar con ella. Pero en los prolegómenos de la boda se peleó con la familia de él y la cosa acabó mal. Y fuimos a la barra, nos preparamos unas copas con Fidel, y la tía seguía en el sofá masturbándose como si no hubiera nadie.
– Yo no quiero novia – puntualizó Enrique.
– ¿Te has vuelto maricón?
– No, es que no me vale la pena la busca, no quiero ser social. No confío en mis amigos, menos voy a confiar en una mujer. Me voy a buscar una buena puta y con la que tener una historia.
– No sé tío, me parece que es buscar problemas.
– Prefiero los problemas que yo busco que los problemas que me encuentran a mí. Además, ya tengo una historia con una puta, es mi medicina contra el estrés. Ya sabes que he tenido una mala racha en el trabajo, mucho estrés con los cabrones de mis compañeros.
– Pues vete al médico, o al psiquiatra, no seas cabrón, hijo de perra.
– Fui al médico y le conté que me despertaba en medio de la noche temblando, con el corazón latiendo a toda velocidad. Me mandó hacer un electrocardiograma. Una semana después me dijo que no había problema en el electro, que mi corazón estaba bien, que era ansiedad, que él también tenía, que lo sobrellevaba yendo a la sauna. Yo pensé que el médico sería maricón. Me preguntó si tenía problemas o preocupaciones. Le dije que en ese momento yo estaba bien, pero que lo había pasado mal. Me explicó que el cuerpo y la mente pueden aguantar mucha presión, y cuando crees que ya ha pasado y puedes estar tranquilo te viene la ansiedad, es un problema de tu cabeza, tienes que aprender a pensar de otra manera, ser positivo. Me recetó unos ansiolíticos, advirtiéndome de que creaban adicción, y que si tomaba más de la cuenta o dejaba de tomarlos de golpe podrían producirme unos efectos de depresión peor que la que yo tenía. Compré los ansiolíticos pero no llegué a tomarlos, yo tenía una receta mejor que la del médico.
– Y cómo se llama tu farmacia, ¿dónde está? – preguntó Abad.
– El Love Inn.
– Le voy a pedir a mi agente de libertad vigilada que me cambie mi medicina por la tuya. – Siguió Abad.
– Harías bien. No entiendo como puedes tomar drogas de psiquiatra todos los días y además cervezas, whisky y coca.
– No es problema, con el primer whisky vomitas y puedes seguir bebiendo.
– ¿Te has leído las prescripciones de los ansiolíticos? Te afectan a la próstata, te puedes quedar impotente.
– No sé tío, estoy en libertad con cargos. No puedo dejar de medicarme así como así.

Y es que hace unos pocos meses, estaba Abad en una obra de la Avenida de los Poblados, haciendo labores de encargado de instalaciones eléctricas a las que no estaba acostumbrado, porque no había otro, demasiadas negociaciones y decisiones. El director de obra pensó en construir directamente de ladrillo la valla que protegía la urbanización, para ahorrar en seguridad durante la obra. Esto creó más problemas de los que solucionaba y decidió derribar el muro poco después de haberlo terminado, con la mala suerte de que ya se había colocado la placa principal del portero automático de toda la urbanización. El conductor de la máquina obedeció órdenes y procedió al derribo. Era una placa de portero automático de unos 8.000 euros. Abad hubo de reclamar al director de obra, un individuo algo vehemente, que pensaba que el puesto le permitía gritar y despreciar a un tipo de 2 metros y 125kg. Un simple puñetazo se estrelló en la cara del director de obra, rompiéndole la mandíbula en tantos trozos que fue imposible de reconstruir, baja permanente. El caso llegó a los juzgados. Marcos, el jefe de Abad, le despidió contractualmente, aunque le llevó a otra obra de otra constructora pagándole en negro. Ante los primeros problemas con la gente de riesgos laborales le volvió a contratar.

Para terminar, unas palabras de Alberto, que durante la conversación cayeron en saco roto, pero que este atento escritor rescata por si algún lector ha llegado hasta aquí y todavía tiene valor de leer más:

– Sí, he estado en el Love Inn, y hay tías impresionantes, pero hay que tener moral. Es algo que no quieres para tu madre ni para tus hermanas, no somos animales, no se puede tratar a las mujeres así.

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