El árbol partido (10)

por Claudio Sífilis.

capitulo-10

Enamorado de una prostituta.

Y dijo Jesús a sus discípulos: “En verdad os digo, que no vayáis de putas, porque el putero es como el árbol partido, cuya savia se derrama, y no da fruto” (Evangelio Apócrifo)

Los que lean esto son perros idiotas que se creen sabuesos. Enrique condujo 25 kilómetros de autopista hasta el club de alterne que en la despedida de soltero de un colega habían calificado como de lo mejor de Madrid. Aparcó y salió del coche. Saludó al vigilante del parking al pasar junto a su caseta. Delante de él, un cincuentón bajito que se iba peinando y estirando la ropa tropezó y se cayó al suelo. Enrique le adelantó al entrar, bajó unas escaleras y fue directo a la barra a un sitio en el que no había chicas. Pidió Ron con Coca-Cola.

Se le acercó Daniela de grandes pechos, en camisa de tirantes con escote frontal y lateral, minifalda elástica y zapatos de plataforma, piel muy blanca, rumana, pelo muy largo y rubio, grandes ojos azules cargados de rímel. 23 años de cuerpo delgado y robusto. Le dio dos besos.

– ¿Es la primera vez que vienes por aquí?

Ella escuchó la respuesta con interés mientras sacaba tabaco de un bolsito que dejó encima de la barra. Encendió un cigarro largo y fino. Mostró entusiasmo por la camisa de él, de rayas verticales azules y blancas, de distintos grosores. Hablaron de ropa, edades, oficios, nacionalidades, noviazgos, familias, juventud y belleza. Cuando se les acabó la conversación ella propuso cariño, besos y sexo. Enrique pensó que nunca le había mirado así una chica antes.

Subieron por las escaleras y caminaron por un largo pasillo hasta la recepción. Él iba abrigado, ella iba muy ligera, miraba hacia atrás y le sonreía graciosa. Pararon en la recepción donde ella le ordenó pagar cinco euros un por paquete de plástico transparente que tenía las sábanas, un condón y jabón. En el lateral había una sala en la que las chicas tenían sus taquillas, Daniela recogió un bolso grande de cuero y un equipito de música, se lo puso en el pecho a Enrique para que cargara con él. Subieron más escaleras y entraron en su habitación. Ella le besó y dijo que lo iban a pasar muy bien, que llevaba mucho tiempo esperando a un chico joven y guapo, que le iba a comer entero. Él se reía.

– ¿Cuánto tiempo vamos a estar? – Preguntó ella.
– El que haga falta.

Se desnudaron, ella colocó una sábana encima de la cama. En el cuarto de baño puso un papel de cocina en el borde del bidel, abrió el grifo, reguló el agua caliente y le pidió que se sentara. Le echó agua y jabón en el pene y los cojones, y le lavaba.

– ¿Dices que no tienes novia? Porque no te la han visto.

Daniela le pidió que la esperara en la cama. Sábana nueva, cama grande, una habitación de puta madre. Tumbado con brazos y piernas en aspa se sintió muy ancho. Ella salió del baño y empezó a morderle por todo el cuerpo, se recogió el pelo, se puso un condón en la boca del revés y con los labios los puso en el capullo y lo empujó. Miraba de reojo a Enrique y se reía, miraba la polla y se ponía seria, mientras chupaba. Se montó en la poya despacio. Quieta, sin respirar, jadeaba y empezaba a moverse. Suspiraba, arriba y abajo y otra vez sin respirar. Repitió la acción varias veces. De pronto ella puso las manos sobre su pecho, se incorporó y empezó a follar con fuerza. Él resistió poco, y se corrió. Ella se levantó y se tumbó a su lado. Le ordenó que se quitara el condón y fuera a labarse bien la polla.

Daniela puso en marcha el equipo de música, canciones románticas en español, se puso la camisa de rayas que tanto le gustaba, las botas de plataforma y empezó a bailar. Agarrada a los pomos de los armarios del fondo de la habitación hacía piruetas, levantando una pierna en vertical, haciendo figuras gimnásticas sobre los brazos. Se quejó de no tener una barra vertical para hacer más giros y trepar. A Enrique eso le divirtió pero enseguida se empezó a impacientar. Se desabrochaba los botones muy despacio. Desnudo, se acercó a ella. La abrazó. Ella se soltó y le empujó, le volvió a empujar y él se tiró en la cama riendo. Ella siguió bailando concentrada en la música.

Finalmente terminó el strip y se tumbó encima de él, sus pechos grandes y blancos en la cara, se los besó, se los chupó. Los pezones son pequeños, uno despierta pronto, al otro le cuesta más, es más traidor. Ella gime, una mano la agarra entre sus piernas, su chocho está húmedo y caliente. Ella coge un condón del bolso. Se sube de nuevo encima de él. Folla, esta vez ella llega al orgasmo. Después de correrse quiere cambiar de posición dice que le toca trabajar a él. Él se pone encima y trabaja hasta que se corre.

Todavía echan un tercer polvo, más de veinte minutos encima de ella, para terminar ella se tumbó boca abajo con las piernas juntas. Él no tenía muy claro como debía moverse. Ella protestó: “Hazlo fuerte, más fuerte joder, ¿porqué no lo haces fuerte?”, y le miró con el rostro compungido. Entonces la folló con todas sus fuerzas, empujando, empujando, mirando con satisfacción como su poya desaparecía y aparecía entre sus bellas nalgas. Ella gemía sin parar, decía que no parara, que no parara. ¡Que dura estaba y cuanto tiempo estaba aguantando! Parecía que no tenía más semen y no iba poder correrse, pero sí, iba a llegar. Parecía que iba a eyacular, pero no, así que otra vez con más fuerza, con el corazón latiendo a toda velocidad, bombeando la sangre al cerebro y a la polla. Apretó con todas sus fuerzas, hasta lo más profundo de Daniela, y allí se corrió. Ella lo sintió, lanzó un largo suspiro, un gemido largo y agudo, luego otro más.

Había que irse o aumentaba la tarifa, habían pasado dos horas, pagó 280 euros. Ella se quedó en la habitación, se despidieron con muchos besos y la promesa de que él volverá. Hacía fresco en la calle, agradable, conducirá hasta casa con la ventanilla bajada y la música a tope, cantando. Ella revisó el móvil, tenía un mensaje de una compañera que estaba en la habitación con un cliente con mucho dinero y que quería estar con dos chicas, se arregló rápidamente, y salió para la habitación, en el trabajo es mejor no parar.

Enrique volvió al mismo lugar un mes después. Ella estaba sola, en la barra del bar, delante de un refresco, bebiendo con una pajita. Fue directo a ella y la saludó.

– ¿Te acuerdas de mí? – Preguntó ella.
– Sí – Contestó Enrique
– ¿Ah sí? ¿Hemos dormido tú y yo juntos?
– Dormir no, pero sí hemos pasado un buen rato, ¿no te acuerdas?

No le importó demasiado que no se acordara, estaba contento de haberla encontrado. Charlaron un rato y subieron a la habitación. Hicieron el amor dos veces. A ella no le gustaba la palabra follar, decía que ellos hacían el amor. Le comentó que la semana siguiente era el día de los enamorados, que se tenían que regalar algo.

Él decidió comprar un anillo, fue a la joyería de al lado de su casa.

– Quiero un anillo de oro con una piedra pequeña, el más barato que tengas –dijo a la dependienta, que le enseñó uno de ochenta euros.
– ¡Mañana lo que le regales…!

Enrique no contestó a la señora, solo la miró con cara de asco y pagó. Al salir deseó para la tienda un atraco sangriento, sentía un fuerte desprecio por los vendedores de joyas, por las condiciones de esclavitud en las que se extraen los diamantes en el tercer mundo.

Fue a verla el día de los enamorados, que era domingo. A la chica el anillo le gustó, se lo puso en un dedo al lado de otro anillo enorme y gordo que tenía un montón de piedras preciosas haciendo espirales, rojas, blancas y negras. Puso morritos y dijo que estaba triste porque ella no tenía un regalo para él. Entonces la besó por primera vez con lengua. Estuvieron un buen rato así. Se desnudaron, follaron, y repitieron. Ella preguntó si le molestaba que ella lo pasara bien, cerró los ojos y con la poya dentro de ella hasta el fondo empezó a frotarse contra él con fuerza. En las películas porno no lo hacen así, claro, porque no se verían genitales. Él era un mero espectador, sentía la poya dura dentro de ella, pero estaba quieto, aguantando, porque a veces en su refrote fervoroso le hacía daño. Finalmente ella llegó al orgasmo, gritó y le clavó los dedos en el pecho. Cambiaron de postura, él se puso encima y luego a cuatro patas. Él pagó una hora, 140 euros, aunque creía que no había pasado una hora. Ella le contó cómo funcionaba aquello, ella pagaba 75 euros al día por estar allí. Como cobraba 70 euros por media hora a cada cliente, tenía que conseguir subir con al menos dos clientes al día para que le fuera bien, además tenía que ganar dinero para los días en que necesitaba descansar, o tenía la regla. Ella vivía allí, dormía allí, y tenía que pagar la casa todos los días. También tenía que pagar unas comisiones, pero eso no se lo contó. Acordaron que los domingos era el mejor día para verse, porque el resto de días ella tenía mucho trabajo, muchos clientes, despedidas de soltero, y los domingos podía estar más relajada.

Del anillo pequeño nada más se supo, la siguiente vez que se vieron sólo permanecía en la mano el gordo, que dijo la había regalado un viejo muy rico hacía muchos años. El pequeño dijo que se lo tenía guardado para regalárselo a su hermana. En un club de alterne las mentiras no tienen que ser creíbles, sólo tienen que rellenar rápido y alegremente los incómodos silencios. Daniela había tirado el anillo a la basura para no dar explicaciones a nadie. Para él ese anillo perdido era un símbolo de un compromiso consigo mismo de arder en el infierno de Daniela u otro parecido. Ella tenía unos 70 clientes al mes, muchos volvían, la mayoría eran hombres casados que pagaban media hora. Algunos hombres le hacían regalos y hablaban de amor, ella no le daba importancia.

Ninguno de los dos recordaría su aniversario. Durante año, seis meses y un día él fue a verla uno de cada dos o tres domingos. Ella le reñía de buen humor:

– El domingo te estuve esperando.

Siguieron así hasta su primera discusión. Después de un tercer polvo se quedaron abrazados, hablando amigablemente. Fumaron un cigarrillo y después varios más. Cuando Enrique se levantó habían pasado tres horas en la habitación y Daniela le exigió 450 euros antes de salir de la habitación. Él se enfadó, no iba a pagar por el tiempo que habían estado hablando. Ella se enfadó más, dijo que si no pagaba lo tendría que pagar ella. Se puso muy nerviosa, y Enrique, viéndola alterada, pagó.

– El dinero me la suda, como si me lo quitas todo – Pensó, pero no lo dijo en voz alta – ¿Qué tienes que pagar? ¿No decías que pagas 75 euros al día y ya está?

El dinero sí le importaba, eso es algo que reconsideró de día. Los tiempos de charla se repitieron en las siguientes visitas y Enrique se empezó a preocupar. De pronto, se le ocurrió que podía dar un paso adelante en la relación, empezar a quedar con ella fuera del club como novios, y así le sacaría más rendimiento al dinero. Se acercaban las vacaciones de Semana Santa y hablando en el bar del club la propuso ir a la playa, ella le respondió sonriendo:

– Sí, iré contigo en el pensamiento.

A Enrique no le sonó bien la broma, dijo que estaba harto de verla siempre con el tiempo tan limitado, que quería una cita fuera del club. Ella no le escuchaba, ponía voz sensual, hablando con susurros, hablaba sólo de subir, cuantas ganas tenía. Pero Enrique seguía con el mismo discurso. Ella cambió el tono de voz y dijo en voz seria:

– ¡Has venido aquí a discutir!
– No me das ni tu teléfono, ¿qué hago yo si un día vengo y no te encuentro?
– Yo no me voy ir, ¿dónde iba a ir?

Ella finalmente se enfadó, dijo que había ido allí a romper una relación muy bonita y que lo que quería era subir con otra chica, le dijo que se estaba equivocando, y que cuando viera como le trataban las otras chicas iba a lamentar haberla hecho esto. Se fue de su lado, él la miró como andaba, le gustaba verla andar. Enrique se pidió otra copa. Le entraron varias chicas y las rechazó a todas. Cuando se terminó la copa se marchó, al salir por la puerta Daniela le agarró por el brazo y le dijo que no fuera tonto, que se quedara y subiera con ella. La apartó y salió por la puerta.

Esa noche pensando, Enrique decidió que no la necesitaba para irse a la playa ni a ningún sitio, que solo la necesitaba para follar. Su relación con Daniela podía seguir como estaba, al día siguiente volvería a ir a verla. Se disculpó ante ella por haber sido un gilipollas el día anterior, aunque no estaba arrepentido. En la habitación follaron violentamente. Terminado el primer polvo ella fue a la ventana y la abrió, dijo que si después de tener una pesadilla, abres la ventana y dejas que te dé el aire en la cara, entonces se te olvida el sueño, se te olvida que te van a asesinar. Hicieron de nuevo el amor, cuando terminaron, Enrique se vistió, pagó y se iba con prisas. Cuando salía ella le dio una tarjeta del Club y el número de la habitación en que ella dormía, para que la llamara cuando fuera a ir a verla o para charlar, si lo que quería era hablar. Le dijo que estaba enamorada de él, pero que ella nunca iba a depender de un hombre y no iba a dejar su trabajo. Dijo que para ella era muy importante que él la entendiera. Él no entendió nada, empezaba a mirar con deseo a las demás chicas y a subir con ellas cuando Daniela no estaba en el bar. Un día se acercó a otra chica, de 18 años, curvas esféricas, pelo y ojos negros, era albanesa y decía muchas obscenidades. En la habitación Enrique tuvo cuatro orgasmos en poco más de media hora, ella le cobró media hora por adelantado cada una de las cuatro veces. Podría haber seguido follando, pero se sintió embrujado y se fue.

El tiempo coció el cerebro de Enrique como un huevo de gallina, asumió el coste extra por quedarse tumbado en la cama hablando con Daniela. Y hablando ella se puso a hablar muy mal de los albaneses. Contó que en el Love Inn había venido una albanesa muy mala, que venía del otro club de los mismos dueños, y que había entablado relación con uno de los camareros. Un día, aparecieron dos albaneses, uno de ellos le sujetó y el otro sacó un hacha y se la clavó en la cabeza. Daniela decía que había pasado mucho miedo, pero se reía mientras lo contaba, que manaba la sangre como si fuera una fuente, chicas corriendo de un lado para otro, otras gritaban. Daniela se escondió en un cuarto de la limpieza, pero de vez en cuando se asomaba a ver qué pasaba. Enrique preguntó si el camarero había muerto. Hizo un silencio y contestó: “No creo, ya estará bien”. De pronto le abrazó, se echó a llorar y dijo: “No vayas con esa albanesa, por favor”

De vuelta por el barrio, domingo por la noche, Enrique dio un paseo y encontró un bar abierto a la una de la madrugada, pidió otro ron con Cocacola y uno más, no quería que la noche terminara, de noche en la calle no existe lógica, la única moral es la ley natural y la mentira no hace daño, la gente que está en la calle son gatos pardos, la gente que está en sus casas son perros, lástima que mañana todos estos perros no se queden encerrados, atados o vayan a sus trabajos con bozal. Esa chica, Daniela, le importaba, quería hacer algo por ella, pero qué podía hacer él, que había aplazado su suicidio y no le motivaba la vida.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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