Infieles en La Meca (I)

ArabiaSaudi
Por Álvaro Quintana.

Yaroslav Trofimov, The Siege of Mecca: The Forgotten Uprising in Islam’s Holiest Shrine and the Birth of Al Qaeda, Anchor Books, 2008.

El efecto 2000 1400

El 20 de noviembre de 1979 era una fecha cargada de promesas en el calendario musulmán: el primer día del año y del siglo, 1º de Muharram de 1400. El imán se preparaba para la plegaria del alba en una Gran Mezquita llena de fieles. Unos días atrás había terminado el tiempo del hayy, la peregrinación a los santos lugares de La Meca que todo musulmán ha de cumplir una vez en la vida, y muchos viajeros habían alargado un poco más su estancia en la ciudad. Cuando terminó la oración se oyó algo inédito en ese lugar sagrado, el eje entre el cielo y la tierra donde el profeta había prohibido la violencia: disparos.

Unos barbudos armados se dispersaron por la mezquita y gritaron órdenes a los peregrinos. A unos se les hizo levantar las pesadas alfombras y bloquear las puertas con ellas; otros fueron obligados a cargar nidos de ametralladoras hasta lo alto de los siete minaretes que rodean el edificio, además de agua y munición. Un hombre bajo vestido con toga blanca, símbolo de pureza, y con una determinación salvaje en la mirada arrebató el micrófono al imán y dio instrucciones. Se llamaba Juhayman al-῾Utaybi y había dispuesto con audacia un acontencimiento que iba a sacudir el mundo. Para explicar su misión, algo fundamental, los viajeros que habían llegado desde todos los rincones de la morada del islam fueron separados en grupos y se buscó a alguien capaz de traducir el árabe a un idioma que comprendiesen. Después Juhayman le cedió el micrófono a otro hombre, quien se dirigió a los asustados peregrinos.

Los altavoces del santuario clamaron que la Casa de Saud era un nido de corrupción (breaking news) que se había alejado de la recta enseñanza del profeta; que se había aliado con los impíos cristianos trayendo usanzas extranjeras y nocivas, valga la redundancia; que por todo ello había propiciado la relajación de las costumbres; que había mancillado la pureza del reino permitiendo a las mujeres trabajar fuera de casa (era una época de tímidas medidas liberales), etc. Sin embargo, algunos hadices (aquí el orador citó los pertinentes dichos del profeta) habían anunciado la figura que restauraría la verdadera fe en todo su esplendor: el Mahdi (Mesías), el enviado de Dios que sería del mismo linaje de Mahoma, con su mismo nombre (Mohamed Abdulá) y tendría una marca distintiva en la mejilla. Él entablaría batalla con el Anticristo (como Godzilla contra algún bicho enemigo, imagino), se desencadenaría un apocalipsis de dimensiones b̶í̶b̶l̶i̶c̶a̶s̶ colosales y, por resumir toda la cháchara escatológica (la misma, por cierto, que esgrime Estado Islámico con agravantes), triunfaría el Bien™ y habría vírgenes a gogó.

El predicador instó a todos los presentes a comprobarlo con sus propios ojos: a través de un pasillo que habían formado los barbudos entre la multitud avanzó Mohamed Abdulá al-Qahtani, quien fue anunciado como el Mahdi que había de manifestarse a la sombra de la Kaaba. Insistió en que los musulmanes no le debían obediencia a los traidores Saud y que, por tanto, debían romper el juramento de fidelidad (bay῾a) hacia ellos y prestárselo al enviado de Alá. Cuando vieron que Juhayman y sus hombres, teatralmente, se arrodillaban ante el Mahdi, besaban su mano y le juraban fidelidad, muchos peregrinos se sumaron, llegando algunos a gritar que ya el redentor se les había aparecido en sueños (Disclaimer: cualquier parecido con La vida de Brian es pura coincidencia).

Mientras, un todoterreno de la policía se acercó a la Gran Mezquita para investigar los rumores de ciertos hechos inusuales. Los agentes fueron rápidamente abatidos por los francotiradores de los minaretes. Había comenzado un sitio que duraría dos semanas.

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Arabia Infelix

Se ha considerado, no sin razón, que Arabia Saudí es una gasolinera familiar del tamaño de un país. En esta descripción conviene centrarse en el adjetivo “familiar”, remitente a los lazos tribales que, con sus obligaciones y disputas por el poder siempre en detrimento de la tribu vecina, mueven el mundo (no occidental) en mucha mayor medida de lo que acostumbramos a admitir. Los Izquierdo y los Cabanillas de Puerto Hurraco a escala planetaria no alineada.

La moderna (JAJAJA) Arabia Saudí se cimenta en la alianza que los rigoristas seguidores de Mohamed b. ῾Abd al-Wahhab, un ulema de ideas bastante preconciliares, establecieron con el poderoso clan regido por Mohamed ibn Saud. Tras décadas de ganar y perder batallas, ya en el s. XX los Saud conquistaron la mayor parte de la Península Arábiga (luego Saudí) con no poca ayuda de unos belicosos beduinos del desierto, los ijwan (hermanos), unos wahhabíes especialmente estrictos que no veían con buenos ojos la alegría con la que sus socios admitían inventos extranjeros como el telégrafo o el coche. La gresca entre ambos clanes se dirimió en la batalla de Sabila (1929), en la que los ijwan fueron derrotados y confinados en el desierto del Nayd. Uno de sus muertos, oh destino, fue el padre de Juhayman al-῾Utaybi, a quien conocimos más arriba.

Tal vez convengan unas palabras acerca de esta alergia del islam a lo extranjero. Para los musulmanes la peripecia de Mahoma es guía de comportamiento, modelo de costumbres y espejo de verdadera fe. Apartarse de su ejemplo, contenido en los textos sagrados, supone alejarse de la verdad, elegir el error y establecer un precedente pernicioso para el resto de creyentes. La adopción de costumbres foráneas o novedosas es difamada como bid῾a (innovación) y, según el rigor de la escuela jurídica de turno, pueden entrar en esta rumbosa categoría el tabaco, la tecnología, batir palmas, emplear un rosario para rezar o, conforme a cierta luminaria andalusí, empezar las comidas por los platos más pesados y acabar por el postre. Los musulmanes juzgan las catástrofes, las derrotas militares y los días malos (y son los más) como un castigo por haberse desviado del recto proceder, y cuya enmienda pasa por reproducir con más celo (au pied de la lettre; el literalismo es la mayor virtud) lo expresado en el Corán y el resto de fascículos con la vida del profeta. Así, la recaída de los beduinos en prácticas idólatras hizo surgir el puritanismo wahhabí; los ijwan se enfrentaron a los Saud por la laxitud de las costumbres de estos; Estado Islámico, por su parte, ha dado un paso más allá en punto a inflexibilidad decretando reo de muerte al noventa y pico por ciento de la humanidad.

En el rígido tradicionalismo de los ijwan del no menos implacable desierto del Nayd creció Juhayman. Los beneficios del petróleo no llegaban a esa seca provincia, donde sólo había una manera de salir del terruño: la Guardia Nacional Saudí, una fuerza creada para contrarrestar posibles alzamientos del ejército y constituida principalmente por beduinos del Nayd de rancia ortodoxia islámica. Juhayman se unió a los 19 años y la formación militar que recibió no fue particularmente exigente. En su abundante tiempo libre atendió a las lecciones de clérigos radicales, tanto nacionales como foráneos, en especial del sirio de origen albanés al-Albani; por su parte, la egipcia Hermandad Musulmana, perseguida en su país, desplegaba sus enseñanzas en el extranjero y Mohamed Qutb, hermano del principal ideólogo del yijadismo contemporáneo, Sayyid Qutb, predicó ante algunos de los que tomarían la Gran Mezquita con Juhayman. Otro de los oyentes fue un tímido joven llamado Osama bin Laden, pero ésa es otra historia (a pesar de lo que sugiere el subtítulo del libro, sin duda puesto por los editores para captar al ojeador despistado).

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