Born to be wild

BTBW3

Por Gómez.

Se trataba de un local por donde, además del público “convencional”, de tanto en tanto se dejaban caer miembros de diversos clubs de motoristas. Algunos eran tipos bastante peligrosos, y para evitar peleas entre grupos rivales, los propietarios habían implantado la norma de que ocultaran en la entrada los chalecos donde lucían los parches que los identificaba como miembros de tal o cual club. Todos lo sabían, y nunca había problemas por esto.

Una noche entró un tipo con una chupa motera. Disimuladamente, le miré la leyenda de la espalda para saber a qué grupo pertenecía. ¿Sería de Los Servidores de Satán? ¿Los Amos de la Noche? ¿Los Pistoleros…?

Pero no, nunca había oído hablar de su banda:

PATO LUCAS
MOTOCLUB

Me hizo gracia el nombre, y le golpeé con el codo a un compañero para que la viera también. Pero en ese preciso momento, el sujeto se giró inopinadamente y nos sorprendió mirándola.

–Tengo que quitármela, ¿verdad? –preguntó.
–No hace falta –dijo mi compañero.
–¿Por qué?
–No pasa nada, en serio.
–Pero si se la quita todo el mundo, ¿por qué no yo también?

Siguió insistiendo, cada vez más indignado ante esta “discriminación positiva”. Y no se quedó tranquilo hasta que accedimos a sus deseos y le pedimos que la ocultara.

EL BINGUERO

Solicité a una empresa de seguridad un vigilante jurado –por aquel entonces iban armados– como refuerzo en la puerta de la discoteca. Pero por lo visto no les quedaba ninguno de la talla XXL, y mandaron uno pequeñito, apocado y novato en estas lides. Estábamos en pleno invierno, y las sesiones en el exterior eran duras. El chaval llevaba una bufanda del Barça y lucía un permanente aspecto de no tener ningunas ganas de estar ahí.

Al poco de comenzar su primera sesión, un cliente habitual salió, y al verlo aterido, las manos en los bolsillos, encogido y con la cara de tristeza que lo caracterizaba, le espetó:

–Tú tienes aspecto de darle al bingo.
–Alguna vez he ido a alguno –concedió el vigilante.
–No, no. Tú tienes más pinta de binguito casero –el cliente hizo el gesto de girar el bombo con la mano y sacar una bola– con el brasero, tu batín, los garbanzos encima de los cartones y cantando: la niña bonita, los dos patitos…

Todos nos echamos a reír.

Y se le quedó ese apodo: “El binguero”.

La siguiente noche, estaba yo charlando a unos metros de la entrada, cuando al girarme vi que un tipo tenía cogido al binguero por el cuello, junto a la taquilla, y lo empujaba contra la pared. La bufanda del Barça estaba en el suelo, mientras su dueño trataba, sin conseguirlo, de zafarse del sujeto. “Ese cabrón va a quitarle el revólver”, pensé.

Corrí hacia allá y le propiné un fuerte golpe en la espalda al agresor. Éste soltó a su presa de inmediato y cayó de rodillas. Al llegar al suelo, masculló:

–Soy… su cuñao.

VIOLACIÓN

Los ligues de última hora solían ser los más peligrosos. Recuerdo a una muchacha casi tan alta como yo, corpulenta y supongo que no excesivamente agraciada, que conocí casi al final de una sesión. Iba también algo bebida y su conversación no resultaba muy coherente que digamos. Nada más subir en mi coche, me dijo que deseaba ver el mar.

–El mar me da vida –dice.

Si he de ser sincero, a mí el mar siempre se me ha antojado un elemento paisajístico bastante monótono y carente de interés. Sin embargo, le sigo la corriente a la chica, como suele hacerse en estos casos:

–A mí también –le aseguro.

Nos dirigimos a la playa de la Barceloneta. Al llegar a la arena nos descalzamos y caminamos junto a la orilla como dos enamorados. Amanece en lontananza, y el cuadro supongo que resulta más bien bucólico, tan bucólico que comienza a vencerme el sueño y me arrepiento de estar allí y no en mi cama. Cuando estoy pensando en cómo largarme a dormir sin resultar en exceso grosero, inesperadamente mi acompañante coloca una pierna detrás de las mías y me propina un empujón. Caigo de espaldas, sin saber qué diablos pasa. Entonces se monta sobre mí, me desabrocha los vaqueros con furia, baja la cremallera y, poniéndose nuevamente de pie, comienza a tirar con todas sus fuerzas del extremo de ambas perneras para quitármelos. No ha pronunciado ni una palabra desde que me arrojó al suelo. Es una chica fuerte, y me arrastra varios metros por la arena, siempre tirando y sacudiendo espasmódicamente mis pantalones, antes de conseguir su propósito y quedarse con ellos en la mano. Veo caer del bolsillo algunas monedas y las llaves del coche.

En ese momento empiezo a tomar conciencia de mi situación:

O me está atracando o estoy siendo objeto de una violación.

–No tires los pantalones al agua –le pido al verla tan desatada y capaz de cualquier cosa.

Los arroja al suelo, se arrodilla frente a mí y comienza a hacerme una mamada. Parece como poseída. Yo me encuentro de cara al mar, con los codos apoyados en la arena, más asustado que otra cosa. Ya casi es de día… Al cabo de unos segundos consigo relajarme por fin y dejo caer la cabeza para atrás, en éxtasis, dejándome llevar…

¡Y veo pies a mis espaldas! ¡Muchos pies, a escasos metros de nosotros!

Tenemos público, y bastante numeroso.

Al girar la cabeza veo cuatro o cinco pescadores, y algún jubilado que otro, asistiendo a la función en primera fila. Comentan la jugada. Se tronchan de risa. Uno de ellos no aguanta más y decide animarme.

–¡Lo tienes hecho, chaval! –grita.

Eso dice. Pero se equivoca de medio a medio. Qué más quisiera yo que tenerlo hecho.

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