Infieles en La Meca (II)

Arabia03
Por Álvaro Quintana.

[Parte I]

Tiempos casi modernos

A finales de los años 30, unos exploradores americanos descubrieron que el desértico suelo saudí tenía más valor que el carro de tierra española en zona costera antes de 2007: el petróleo brotaba a chorro. Uno se imagina los ojos del rey Abdelaziz girando cual ruleta con el símbolo del dólar cuando alguien le explicó las propiedades de ese apestoso pringue tan inflamable. En un tris se fundó Aramco (Arabian American Oil Company) y se importó una ingente mano de obra que proveyese el personal especializado que la, éjem, conservadora sociedad saudí y su, éjem éjem, no menos conservadora educación superior no eran capaces ni de empezar a suplir. La familia Bin Laden consiguió importantes contratos para la construcción de infraestructuras, lo que, en un país con todo por hacer, no era ninguna bicoca. La riada de inmigrantes indignó a los clérigos del lugar, quienes la saludaron con diatribas, lamentos, amenazas de apocalipsis y otras sabrosas pláticas.

Uno de los más furibundos ulemas fue el ciego Abdelaziz Bin Baz, autor de una fetua (dictamen jurídico) que denunciaba la presencia de infieles tan cerca de los santos lugares como algo contrario al islam. Este rapto de entusiasmo le valió una temporada en la cárcel, lo que no aumentó su simpatía por la Casa de Saud pero le enseñó a mantener un taimado doble juego: en lo sucesivo, defendió públicamente el establishment, lo que no fue óbice para que bajo cuerda alentara movimientos extremistas. Dicha doblez se perfeccionó con el tiempo: por un lado, Bin Baz fue nombrado ministro, llegando a tener un programa de televisión en el que aparecía con el rey charlando de sus cosas (la televisión saudí, creada en 1965, levantó una encendida polémica al ser acusada de idólatra por difundir imágenes que podían atraer la adoración sólo debida a Dios); por otro, su prédica en las mezquitas extremó los ánimos de muchos que juzgaban severamente la acomodación de los Saud a las modernidades. Sus alumnos más aventajados hacían excursiones al desierto a rezar y pasar hambre y sed con ascéticos resultados. Juhayman, con un intenso carisma, se convirtió pronto en líder de los más exaltados. La violencia de sus ideas le llevó a romper con un gobierno que multiplicaba su imagen (el mismo problema que con la televisión) en retratos oficiales o en las propias monedas, violando las leyes islámicas; a diferencia del estamento clerical, crítico con cualquier cambio pero, al fin, a favor de las autoridades por cuanto suponían un dique contra la secularización creciente, Juhayman denunció a los Saud, conchabados con los ulemas (y, destacado entre ellos, Bin Baz), como malos creyentes (al igual que había hecho la Hermandad Musulmana con los gobiernos de Siria y Egipto) por su dependencia de las potencias occidentales, algo humillante dada la superioridad innata del islam.

La zambullida de Juhayman en la literatura coránica le llevó a aterrizar en la abigarrada tradición apocalíptica del Mahdi: tras señordelosanillescas batallas entre ejércitos musulmanes y cristianos que concluirían con la eliminación total de estos, vendría el Dajjal (Anticristo) de un solo ojo, acompañado por un ejército de 70.000 judíos (aprox.), por lo que el Mahdi tendría que pedir el socorro de Jesucristo (en la tradición musulmana, otro profeta que, además, se alegraría de la desaparición de los cristianos que habían pervertido sus enseñanzas), quien ayudaría a la erradicación final de todos los infieles. En estas amenas reflexiones Juhayman reparó en un joven que había conocido en la universidad, Mohamed Abdulá al-Qahtani, quien se ajustaba como a medida a los requisitos para el puesto: pálido, de ojos y cabello claros, con aire ausente que hacía pensar que había sido tocado por Dios (o que era un poco carente), tenía la marca en la mejilla de la que hablaban las escrituras y se llamaba igual que el profeta; lo referente a remontar su linaje hasta Mahoma era más problemático, pero nada que un poco de genealogía recreativa no solucionase. Juhayman unió aún más su destino al de al-Qahtani casándose con la hermana de éste (¡El Mesías era su cuñao!). With God on their side, Mahdi mediante, Juhayman y sus hombres se prepararon para tomar el más santo lugar del islam y recibir un nuevo siglo vibrante de presagios milenaristas.

La mayor parte de los seguidores de Juhayman compartía su origen y características: beduinos ijwan pobres y, a veces, con entrenamiento militar tras su paso por la Guardia Nacional Saudí. Sin embargo, también se unieron al movimiento numerosos extranjeros, entre ellos varios negros americanos radicalizados en el seno de la Nación del Islam, organización racista yanqui financiada por los petrodólares saudíes que se habían destinado a extender el wahhabismo por el mundo y que ahora, tras haber sembrado vientos, volvían cargados de tempestades en un elegante efecto bumerán. Los simpáticos brothers trajeron consigo técnicas de artes marciales y guerrilla urbana aprendidas en la lucha de los Panteras Negras contra el hombre blanco (Nota bene: la esclavitud se había abolido en Arabia Saudí ¡en 1962! Sin duda, un gesto de aggiornamiento de las autoridades considerando que el s. XV estaba a la vuelta de la esquina).

Con la complicidad de los trabajadores de la Gran Mezquita, hartos de la Casa de Saud, los iluminados introdujeron armas y víveres a través de los subterráneos. La mañana del 20 de noviembre, el imán que oficiaba reconoció a algunos de los asaltantes de sus lecciones sobre el Corán.

Rock the Kaaba

Decir que el levantamiento de Juhayman y sus hombres pescó al gobierno saudí por sorpresa es un suave eufemismo. El cogollito de Saud pretendía ser la cabeza del mundo musulmán, guardián de los santos lugares, e identificaba las principales amenazas contra su legitimidad ahí fuera, en el socialismo panárabe a lo Nasser y en el repentino surgimiento en Irán de una teocracia comandada por una secta hostil al sunnismo. Nadie esperaba, por tanto, que una volátil mezcla de rencor tribal y rigorismo religioso explotase precisamente en la Gran Mezquita. Los petroingresos se habían traducido en una muy extravagante y aún más desigual modernización del país y, sobre todo, en el enriquecimiento de la confusión reinante (como llamaba Bergamín a la monarquía), dando pretexto a los clérigos para agitar el descontento y a la población para escucharlos. El paso por las cárceles reales era un trámite que sellaba indeleblemente el tránsito a la radicalización.

El año nuevo cogió a la casa real de romería: el rey Jálid estaba en la cama con catarro; el príncipe Fahd asistía en Túnez a las trepidantes reuniones de la Liga Árabe; otro príncipe (¡¿cuántos hay?!) estaba de vacaciones en Marruecos. Mientras tanto, llegaban inquietantes rumores a palacio: que si disparos, que si guirigay, que si muertos… Tras largos momentos de cavilación y rascarse la cabeza, se ordenó lo más básico: establecer un perímetro de seguridad alrededor de la Gran Mezquita. Gracias al testimonio de algunos huidos, entre ellos el imán al que Juhayman había arrancado el micrófono (y al que habían amenazado con un cuchillo cuando se puso farruco, por decirlo todo), se pudo componer un informe básico de la situación y de la identidad de los agresores.

Cuando al fin el ejército rodeó el santuario, surgió un asuntillo debido al carácter sagrado del mismo. Los soldados no se atrevían a apuntar, mucho menos a disparar, a un espacio al que desde pequeños les habían enseñado a adorar, el ombligo de la experiencia islámica en cuya dirección rezaban y eran enterrados todos los musulmanes. ¿Irían al cielo o al infierno por pelear en la Kaaba? La moral de las tropas se desplomaba y, a disgusto, los Saud se dirigieron a los clérigos, quienes aguardaban con una media sonrisa. Era necesaria una fetua que desautorizase a los rebeldes y permitiese echarlos manu militari de la casa de Dios. Los ulemas se tomaron tres días para redactar el documento.

Aquí se planteó con crudeza la naturaleza religiosa del conflicto, enclavada en el corazón mismo del islam y que anima al yijadismo que nos sacude hoy. La marea negra del fundamentalismo, o interpretación literal de los textos sagrados, producía oleadas cada vez más violentas que, invariablemente, culminaban en masacres de los antiguos hermanos, ahora ya por debajo de la pureza exigida, y en un repliegue de las sociedades. En el caso de Arabia Saudí, la tensión entre los dos estamentos principales, la Casa de Saud y la clerecía wahhabí, se exacerbó con los cambios producidos por el dinero del petróleo, abrazados con más entusiasmo por príncipes con ganas de conocer de primera mano los errores del mundo moderno que por unos ulemas de muy cejijunta observancia de la tradición, quienes alimentaban y toleraban a sectas radicales pensando que un susto nunca viene mal. El árbol, las nueces, ya se sabe.

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