Infieles en La Meca (y III)

GAS4
Por Álvaro Quintana.

[Parte I] · [Parte II]

Asedia como puedas

Una vez fue consciente del quilombo que tenía entre manos, el gobierno saudí se lanzó a tumba abierta al asunto de principal importancia: salvar las apariencias. Su posición como guardián de los santos lugares estaba en entredicho y las potencias rivales podían aprovechar para quitar a los Saud de enmedio. Como primera medida, se decretó un apagón inmediato de las líneas telefónicas y se cerraron las fronteras a cal y canto. El príncipe Fahd llevó a tal extremo la cara de póker que se quedó en Túnez, escuchando pormenorizados informes sobre la guerra civil del Líbano, para no dar la impresión con un retorno apresurado de que el asunto era grave. Tras cuidarse del qué dirán, se pasó a un punto no menos vital: establecer la cadena de mando. En efecto, toda la patulea de la casa real quería un papel en el glorioso rescate de la Kaaba y hubo bizantinas discusiones de méritos, no militares, por favor, sino de alcurnia, primacía, favores debidos y yo-voy-delante-de-ti-en-la-foto.

Todos estos desvelos llevaron a situaciones que hoy probablemente se estudien en West Point como ejemplos de lo que nunca hay que hacer. Fueron llamados los paracaidistas, una unidad de élite que había recibido entrenamiento en Francia, quienes propusieron llevar a cabo un asalto de noche por eso de que el enemigo, a pesar de su ventaja, tendría menos visibilidad (aquí se notó que habían estudiado en el extranjero). El príncipe de turno no quiso ni oír hablar de dilaciones: el asalto se haría inmediatamente (era pleno día) y, si alguno moría, lo haría como un mártir y subiría en vuelo chárter al cielo. Como era de esperar, los rebeldes los masacraron rápidamente pero el gobierno se apresuró a anunciar públicamente una victoria. El grupo desviado de la verdadera religión había sido sometido. Todo en orden.

El gobierno no se atrevía a dañar el santuario sin el debido aval religioso. A cambio de éste, los ulemas exigieron la supresión de las raquíticas medidas liberales (id est, occidentalizantes) que había adoptado el régimen, además de un mayor compromiso de la casa real con las leyes islámicas. En corto: había que sancionar lo mismo que exigía Juhayman… sin el toque milenarista. Los Saud firmaron sin dudar. La fetua resultante se dirigía tibiamente a los fanáticos como “una banda hostil”, autorizaba el uso de la violencia en los santos lugares y a matar musulmanes si actuaban como infieles, algo que sentó jurisprudencia.

El asedio mejoró un tanto con el uso de vehículos blindados y la aparición de unos planos detallados del complejo cortesía de la familia Bin Laden, quien se había encargado de las ampliaciones. Los sectarios se atrincheraron en la red de galerías subterráneas, llamada Qaboo, mientras el éjercito real perdía efectivos en número alarmante para ganar terreno palmo a palmo. El título de Mahdi parecía ungir de un entusiasmo imparable, pues su portador se lanzaba a recoger las granadas enemigas y, desafiando las balas, se las devolvía al enemigo cual pitcher cubano para pasmo de todos. Siguió con esta diversión hasta que una granada le explotó en la mano; sus seguidores no pudieron recuperar el cuerpo y tardó varios días en morir. La pérdida del Mahdi desmoralizó a sus acólitos, pero Juhayman consiguió retenerlos con su oratoria y magnetismo, especialmente fogosos en ese momento.

Cansado de tanta tontería, el Ministerio de Defensa saudí hizo un pedido urgente a la CIA: GAS LACRIMÓGENO STOP A GRANEL STOP. Se conoce que a nadie se le ocurrió leer el prospecto antes de usarlo y los soldados lo lanzaron a los subterráneos como si no costase. Juhayman y sus hombres mojaron sus pañuelos y se cubrieron la cara con ellos, saliendo airosos del peligro con un remedio sano y natural. Los soldados, sin embargo, tenían poca pericia con las aparatosas máscaras antigás, y mucha menos los que gastaban una barba tamaño hipster, por lo que fueron bastante más afectados que los propios terroristas. Por otra parte, el gas demostró una curiosa tendencia a subir, colándose por los respiraderos de las grutas. Hubo que evacuar varias manzanas alrededor de la Gran Mezquita y la nube tóxica tardó unos días en desaparecer. Jamás se había visto el santuario de esa manera, con marcas de bala y completamente desierto.

Entra el contubernio

A pesar de los esfuerzos para que la crisis no saliese de casa, los rumores de que La Meca estaba bajo sitio corrieron por el mundo. Irán y Pakistán, dos países que suponen lo contrario del parlamentarismo y la prensa libre, encontraron con rapidez la mano oculta detrás del incidente: los corruptores americanos y… pausa dramática… los judíos, ya fuese en su variante americana o en la sionista, siempre pérfidos y descendientes de monos. La turba, enardecida por la propaganda emitida y/o tolerada por el gobierno, obligó a evacuar la embajada americana en Pakistán y, más tarde, en Libia. Los sentimientos en el mundo musulmán hacia los occidentales en general, y hacia los americanos en particular, estaban peor que nunca (hacia los judíos seguían sin novedad).

El gobierno saudí, presionado por EEUU, reveló públicamente la identidad de los asaltantes y negó cualquier relación de los americanos con ellos, pero la maquinaria propagandística iraní y paquistaní siguió a lo suyo. Todo se agravó cuando llegó el viernes y los musulmanes de todo el mundo, que esperaban ver retransmitido el sermón desde la Gran Mezquita, se quedaron mirando la carta de ajuste. Si los saudíes decían tener la situación controlada, ¿por qué no se emitía el sermón como siempre? Y si mentían en esto, ¿no estarían ocultando además la implicación yanqui? Los disturbios antiamericanos en toda la casa del islam fueron de los que hacen época.

La situación en Arabia Saudí se debatía metódicamente entre el caos y la chapuza. Debido al corte de las líneas, las embajadas se quedaron sin comunicación con el exterior e intentaron buscar información por otros medios. El embajador americano creía al principio que la crisis en La Meca era otra provocación iraní, paralela a la toma de rehenes en Teherán que en ese momento tenía a su país sin dormir. Cuando al fin le explicaron quién era el Mahdi, con sus implicaciones teológicas, apuntó en sus notas que era “una especie de Juan Bautista”. Por si pasaban pocas cosas, en la zona chií del país estalló una revuelta que fue reprimida con dureza.

Import/Export

Dado que la actuación del ejército nacional había resultado de aquella manera, fue evidente que había que importar ayuda. Un aliado natural parecía la otra monarquía de la región, Jordania, con un ejército curtido en mil batallas (y alguna masacre) contra los alegres palestinos de Yasir Arafat, por entonces en sus años álgidos de terrorismo a domicilio. Creo que ya mencionamos las entretelas tribales como algo determinante en el discurrir de Oriente Medio. Pues bien, cuando los Saud conquistaron Arabia, derrotaron y expulsaron a un hachemí, ascendiente del a la sazón (1979) rey de Jordania. El gobierno saudí temía que a los jordanos les diese por hacer memoria y aprovechasen esa situación de debilidad para tomarse la revancha (y, ya de paso, hacerse con el control de La Meca y Medina y con los campos petrolíferos, que nunca vienen mal). Cualquier recurso a alguno de los “hermanos” árabes de la zona entrañaba el mismo peligro (la disputa de la legitimad y, con ella, del cotarro), por lo que era más conveniente recurrir a los medios que tan solo costaban (mucho) dinero: los extranjeros.

El teléfono sonó en el gobierno francés, siempre solícito proveedor de material militar, quien envió a un secretísimo grupo creado tras los atentados de Múnich (el secuestro y asesinato de atletas israelíes por terroristas palestinos): el Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale (GIGN). Como no sabían de qué se trataba, pensaron que con dos hombres, además del experimentado Paul Barril al mando, habría de sobra. Cuando aterrizaron en la capital saudí, se encontraron a unos fanáticos atrincherados en un laberinto que a ver quién era el guapo que se asomaba, un ejército con la moral por los suelos y con una formación militar de curso por correspondencia, y una firme prohibición de pisar la zona de conflicto debida a ciertos tecnicismos religiosos. I’m too old for this shit, debió de pensar alguno (en francés).

Para empezar, Barril le dio la tarde a la intendencia de su país encargando para ayer suministros suficientes para entrenar y pertrechar a varios cientos de hombres. Lo que pidió a continuación hubo que repetirlo varias veces: una tonelada de gas venenoso. ¿Cuánto? Una tonelada. U-ná tgo-ne-la-dá. Tras estrujar todos los Quimicefas de Francia se logró reunir menos de la mitad de esa cantidad. Obedeciendo al veto de todo infiel en la ciudad sagrada, los franceses permanecieron en las afueras, limitándose a proveer equipamiento y preparación a las tropas saudíes, aunque puede que Barril se diese un garbeo de reconocimiento por la Gran Mezquita antes de la operación.

El 3 de diciembre, unos obreros excavaron aberturas en el suelo del santuario; los terroristas, escondidos en las sombras, los masacraron en cuanto los tuvieron a tiro. A través de los hoyos los soldados introdujeron grandes cantidades de gas venenoso mientras varias fuerzas (con las máscaras antigás en su sitio) atacaban a la vez desde distintas direcciones (una técnica inédita para el ejército saudí quien, visto lo visto, debía de juzgar como innovación [bid῾a] todo lo que no fuese el ataque frontal). Los soldados avanzaron a través de cadáveres, rehenes y terroristas medio asfixiados por el gas. De estos, unos fueron muertos en el acto; a otros se les hizo prisioneros. Los sectarios perdían terreno a toda velocidad y prendieron fuego a unos neumáticos, cargando con humo y calor un ambiente ya irrespirable y pintando la situación de un adecuado tono infernal. Cuando quedaron parapetados en dos salas, el gobierno anunció la reconquista de La Meca (salvo alguna cosa). Al fin, el ejército capturó a un barbudo alucinado que no cesaba de repetir “Ha sido la voluntad de Dios”. Era Juhayman al-῾Utaybi.

En las semanas siguientes, Arabia Saudí se esforzó en volver a la normalidad al principesco modo. Se restauraron los destrozos de la Gran Mezquita y la oración volvió a sonar entre sus muros. La exigencia de responsabilidades en el gobierno se limitó a algunos cargos intermedios, ya que los puestos más altos estaban ocupados por parientes de la casa real y, por tanto, no se les podía echar mano. Las autoridades compararon la secta de Juhayman con la de Jonestown y negaron cualquier relevancia política del suceso; las investigaciones posteriores, sin embargo, destaparon una amplia red de simpatizantes de los rebeldes. Los ulemas observaron con satisfacción cómo el puritanismo del reino se recrudecía, en especial todo lo concerniente a las libertades de la mujer, y cantidades más generosas de dinero se destinaban a extender el wahhabismo por el mundo. El 9 de enero de 1980, sesenta y tres asaltantes de la Gran Mezquita, entre ellos Juhayman, fueron decapitados en una ceremonia simultánea en ocho ciudades distintas del reino; otros muchos fueron condenados a varios años de cárcel. Las cifras oficiales (con el sello de calidad saudí) recuentan unos cuatrocientos muertos entre sediciosos, soldados y peregrinos; estimaciones independientes elevan el número a más de mil. El gobierno exhibió el cadáver del Mahdi como la evidencia de su impostura (¿Dónde está tu Dios ahora?, y así).

El estallido milenarista de Juhayman fue, en cierta manera, un episodio aparte en la historia del islamismo, pues no surgió de las fuentes egipcias de las que bebe el yijadismo actual. Su apocalipticismo ha sido retomado con mucho brío por Estado Islámico, añadiéndole una pasión por excomulgar (takfir) a todo el que se desvíe de su doctrina de la que carecían los asaltantes de la Gran Mezquita. Ello señala una misma arteria venenosa en la entraña del islam que se remonta a muy atrás: la prevalencia de algunas tradiciones de interpretación pétreamente literales que resultan mortíferas, en primer lugar, para los propios musulmanes, que es a quien cogen más cerca, y luego para todos los infieles (nosotros). Las reverberaciones de la toma de la Gran Mezquita se notaron con no poca fuerza en las dos grandes potencias. Ya hablamos de las consecuencias de la propaganda antiamericana. La Unión Soviética, por su parte, disfrutaba viendo cómo el régimen saudí, tan anticomunista, las pasaba canutas. Sin embargo, esa misma Navidad el oso soviético invadió Afganistán y, sin saberlo, se disparó en el pie. Cuando salieron de la cárcel, muchos de los seguidores de Juhayman se fueron a tierra afgana a luchar contra el agresor de otros hermanos creyentes , formando parte cuando terminó la guerra de esa oleada de árabes afganos que volvieron a sus países con sangre en las manos y ánimo de traer un reino islámico por las malas. Pero esa historia la contaremos en otra ocasión.

abc1979
BIBLIOGRAFÍA

 

Como lector, me encantan las bibliografías. De manera similar a los atlas, uno se asoma a los nombres exóticos sabiendo que nunca pisará allí, pero ¡qué resonancias de horizontes lejanos, aromas mareantes, pieles tostadas y molicie al aire de un paipái! Si algún lector más que paciente ha llegado hasta aquí y quiere continuar, en los siguientes enlaces encontrará los antecedentes sociales y religiosos con mucha más profundidad, otras versiones del episodio, la fetua contra Juhayman, la genealogía islamista de éste, el camino paralelo que siguió el yijadismo, etc. Es sabido que no se sacía el ojo de ver, pero que al menos se llene un poco.

ALLISON, Marissa, Militants Seize Mecca: The Effects of the 1979 Siege of Mecca Revisited, University of Mary Washington. Disponible aquí (pdf).

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