Diacronía (a)política provinciana o por qué tu abuelo se avergonzaría de ti

SANTENDER
Por Chino Cudeiro.

Pongamos que lo eligen a usted para dirigir un municipio. Pongamos que adopta como leitmotiv de su gestión el interés común. Pongamos, por último, que los medios a su alcance son netamente superiores a los de los municipios cercanos. Ya tiene usted el viento en popa para someter a cualquier grupo indeterminado de congéneres que se oponga a lo que reclame el grupo medianamente determinado de congéneres al que usted representa.

Algo parecido debieron pensar los responsables del Ayuntamiento de Santander allá por los siglos XVIII y XIX. Aunque igual es mejor empezar por el principio.

El origen histórico de Santander es incierto. Etimológicamente, sin embargo, no hay tantas dudas: en contra de la creencia popular, el nombre no proviene de San Andrés, sino que el consenso más o menos generalizado es que deriva de San Emeterio, y este, a su vez, de Portus Sanctorum Emeterii et Celedonii, los Santos Mártires municipales oficiales —no oficiales tenemos muchos más—.

Santander surgió al albur del comercio marítimo civil y militar, beneficiada por una ubicación geográfica y una bahía que ofrecían un lugar idóneo para acomodar asentamientos temporales. A mediados del siglo XVIII en la provincia también despuntaban Santillana del Mar (que ni es santa ni es llana ni tiene mar) y Laredo (que es Laredo).

A medida que la ciudad comenzó a desarrollarse, fueron surgiendo algunas piedras en el camino: invasiones, saqueos, infecciones y un etcétera de lo más ameno. La población, en consecuencia, no es que anduviera muy boyante. Cedo la palabra al insigne canónigo suizo Pellegrino Zuyer: «La mayor parte de la gente es muy mezquina y mal vestida, en particular las mujeres y siervas van casi todas descalzas poniéndose a lavar en el más riguroso invierno, metiéndose en el agua hasta media pierna. Y he observado que esto lo hacen demás personas que pretenden ser nobles, solamente por ganar dinero, del cual son en gran manera ávidos, más que en ningún otro puerto de mar y no entra casi ningún bajel por el mal trato que reciben en cuestión de interés». Joder con Pellegrino, menudo pico tenía.

El caso es que, a mediados del siglo XVIII, el consistorio empezó a vislumbrar opciones para medrar. Opciones asociadas, como ya habrán supuesto, al runrún burgués, a la realeza y a la Iglesia católica, no necesariamente en ese orden.

Una disputa regional que venía de lejos era la elección de la sede del obispado. En 1754 Santillana del Mar (que sigue sin ser santa ni ser llana ni tener mar) reclama que la sede se aloje en la Abadía de Santillana. Santander se había ganado tradicionalmente los parabienes de las fuerzas vivas por su relación con la armada (al final del reinado de Felipe II los santanderinos fueron testigos de primera mano del desastre inglés cuando los restos de la Invencible llegaron a sus aguas). Recogen algunas crónicas que «la suerte quiso que cerca de Fernando VI se hallase un montañés de pura cepa, el jesuita Padre Rábago, quien recibía al monarca en confesión y era su consejero áulico» y que «quiso también la fortuna que, apoyando los deseos del jesuita, se moviese en la Corte con gran desembarazo la influencia de otro montañés preeminente, aquel don Juan de Isla y Alvear». Así que, en román paladino, la fortuna lo que quiso es que el confesor del monarca, con sus pecadillos disolutos apuntados despacio y con buena letra, y un mecenas de la zona remaran en pos del interés común —que de tan común que era rayaba con el propio—. Finalmente, el abad de Santander ascendió a obispo, y la colegiata pasó a ser catedral.

Ya constituida oficialmente como ciudad y como sede del obispado, Santander se lanzó a continuación a por la capitalidad provincial, título que, como sede del corregimiento, le pertenecía desde 1629 a Laredo (que sigue siendo Laredo y a cuyos ciudadanos se los conoce como pejineses, que proviene de pejes, que a su vez deriva del latín piscis, o sea: peces). El Ayuntamiento de Santander, sumido en el asombro ante semejante injerencia, se ve entonces obligado a defender los intereses de sus ciudadanos. A continuación se extractan los motivos que alegó el consistorio santanderino para defender en sus justos términos su candidatura: «Ha sido Laredo en estos últimos años la residencia ordinaria de sus gobernadores y Corregidores, los cuales han tenido allí por casa de su propia y libre habitación, la de la villa. Y como ella es un pueblo corto y miserable y arruinado, han podido subsistir con gran economía sin la necesidad que tendrían en otra parte al mantener el decoro, aparato y lucimiento correspondientes a su carácter». Que igual la idea original se limitaba a defender objetivamente la candidatura de Santander, no digo yo que no, pero al final alguien se vino arriba y un poco de mierda encima de Laredo sí que cayó, para qué negarlo. Aunque quién soy yo para juzgar al prójimo.

Por si no había quedado suficientemente claro, añadieron que «Laredo, por haber sido villa de cabeza de partido, quiere disputar a Santander el que éste lo sea de la Provincia, y es un rincón el más a propósito para toda clase de contrabandos. En dos horas, o poco más, de una noche, pueden introducirse allí desde Vizcaya cualesquiera géneros. (…) ¿Y qué es Laredo, para ser cabeza de provincia? Es un pueblo a manera de arrabal corto y miserable que camina años ha a su última ruina. Un pueblo que siendo en otro tiempo pueblo de pesca, ni aún eso puede ser hoy sin continuos riesgos, porque el mismo mar ha huido desde allí llenando de arenas el recinto de sus muelles y retirándose cada vez más. (…) Siendo, pues, ya Santander la capital de aquella provincia marítima, ¿en dónde, si no allí, debiera residir un Gobernador o Intendente? Si así no fuese, o si el gobernador residiera en Laredo por haber sido antes del partido, sería una especie de monstruosidad política, pues la capital de provincia estaría sin cabeza o jefe natural de ella». ¿Alguna pregunta más, señoría?

A finales de 1802 el pregonero anunció la Real Orden por la que se levantaba definitivamente la subordinación de Santander frente a Laredo. El corregidor se mudó a Santander para corregir desde allí lo que sea que corrija un corregidor. La batalla había terminado.

Como es de bien nacido ser agradecido, qué mejor manera de terminar que ofrecer una pequeña píldora de sabiduría para instruir además de deleitar (Çhøpsuëy™): aprovechen las lecciones de nuestros antepasados. Si alguna vez empiezan a balbucear un discurso blando e insulso, piensen en cómo lo diría su tatarabuelo. Después de todo, desde aquellas trifulcas provincianas Santander ha navegado hasta nuestros días mecido sobre un mar de progreso, mancomunidad y fraternidad… Pero ha navegado la primera, que para eso ni es santa, ni es llana, pero al menos tiene mar.

* Citas extraídas del libro Santander (biografía de una ciudad), de José Simón y Cabarga.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓