Breve relación de vidas extraordinarias · 28

BRVE-28B

Por Martín Olmos.

Sor Ramona María del Remedio Teresa Llimargas Soler, que le decían la Encantada, fue monja analfabeta y medio coja, natural de Vich, a la que la Virgen le curó la polio y san Antonio de Padua el mal de la dislexia. A los nueve años se le apareció Nuestro Señor Jesucristo y le pidió que le ayudase a cargar la cruz y le concedió, a cambio, la intuición de saber qué comulgantes se comían la forma en pecado mortal y la habilidad notable de dormir con los ojos abiertos en la que algunos quisieron ver el padecimiento de la lagoftalmia en lugar del milagro, que Dios les perdone la incredulidad. Su madre le quiso quitar el convencimiento hartándola a hostias y su padre, que cuidaba una huerta en el convento del Saits, vivió su vida toda en la indefinición sin acertar a concluir si su hija era santa o idiota porque a los hijos nunca se les acaba de entender. Con Vich en manos de los leales, sor Ramona María del Remedio Llimargas Soler rindió la guerra escondida de los milicianos en la Masía de El Pujol de Calldetenas, propiedad de la familia Alsina a cuyos hijos curó de la tisis pero, como tenía el don de la bilocación, se le aparecía al general Franco en las trincheras para prevenirle de las conspiraciones de los masones arteros que le querían envenenar y para aconsejarle la estrategia de la Batalla del Ebro. El general Franco se entendía con ella en un catalán rudimentario por no conocer la sor el castellano y rezaba con ella los rosarios. Doña Carmen Polo, esposa a la sazón del general, consintió la relación sin el ánimo de la cornuda por saber la sexualidad precaria de su marido que, quizá ciclán, tenía joder doliente por estar sin descapullar con lo que hay que suponer que tenía joder infrecuente y meritorio. Los que jodemos mal adornamos la cubrición con manierismos que los freudianos dicen parafilias porque se conoce que ellos joden de cojones. Los que joden de cojones y por lo natural más que amar horadan de ariete y sin metafísica como si fuesen mineros de palanca; así jodía Lorenzo el Zoquete en el prao violento y gallego. Igual Franco, jodedor esforzado y doliente, sostenía el manierismo del gusto por las monjas, que es idiosincrasia española largamente predicada en don Juan y la novicia Inés, en el marqués de Bradomín y María Rosario y en el tonto Ramón Clemente y García, tonto tripudiante y de pasacalle, que sacó a bailar a una monja difunta. El español tiene bien conocido al cura y pronto le acierta si es hijo segundón, gorrista de meriendas o comunista de jersey de punto pero a la monja, en cambio, no la entiende el luto, la clausura y el silencio y la quiere desvelar y descubrir su misterio pero, como es hombre incomplejo, por lo general, siempre la acaba por imaginar en cueros y por cubrir y le sale la recomendación de don Alejandro Lerroux: “alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie”. A Samaniego, sin embargo, le salían las monjas un poco putas:

La monja, como era lega
y profesaba al otoño,
radiaba por darle entrada
y le enseñaba su coño.

José María Pemán quiso ver en sor Ramona a la santa Teresa de Ávila, extremo imposible al hablar aquella solamente en catalán. De santa Teresa de Ávila guardaba el general Franco el brazo incorrupto que había recuperado a los republicanos, que se lo habían robado previamente a las Carmelitas Descalzas de Ronda, y jamás se separó de él y lo tenía en la mesita de noche mirando los joderes infrecuentes del general y doña Carmen, joderes de pascuas a ramos. Igual Franco, jodedor esforzado y doliente, sostenía el manierismo del gusto por los brazos y así cultivaba al mismo tiempo el fetiche y el exvoto. El brazo fetiche no guarda mucha literatura fuera de Gilda desnudándoselo del guante y es más común adorar los pies: tenía dicho Umbral que la mujer no termina por los pies, sino que empieza, ya que a toda mujer hay que vivirla de abajo arriba y tenía dicho también que todo el lirismo de la mujer está en los pies y tenía dicho también que las mujeres quedan mejor descalzas y, en cambio, un señor descalzo siempre queda un poco tío guarro. Scott Fitzgerald les tocaba los pies a las putas y escondía los suyos porque los asociaba a la desnudez y se iba a la playa en calcetines, con lo que era preumbraliano. Los pies de las muchachas soliviantan incluso al hombre irlandés, que es hombre atristado por el clima, inclinado a la melancolía, y de poco conocimiento, y canta:

As I came down through Dublin City,
at the hour of twelve at night,
Who should I spy, but a Spanish Lady
Washing her feet by the candlelight.

Sostenía Freud que el fetichismo proviene de un trauma infantil y Franco, que según Gabrielle Ashford Hodges fue el producto de una niñez represiva e infeliz, avergonzaba un padre que tenía querida y se cagaba en Dios y que le daba una hostia de vez en cuando. Sin embargo, igual no fue cultor de manierismos y fue nomás virtuoso. Dejó escrito don Jacinto Benavente que la virtud está compuesta por los vicios que no se tienen y el general Franco iba flaco de escándalos y de pucheros y ni gastó manceba, que es adorno de mucho merecimiento en tiranos y en toreros, y, como mucho, y según aventuró Paul Preston, lo más parecido a otra mujer que hubo en su vida fue el Valle de los Caídos, con lo que pudo padecer de pigmalionismo, que es alegrarse delante de una estatua, vete a saber. Este autor, su seguro servidor, autor oscuro y mal jodedor, va meandrando disertaciones sin ton ni son y dice del penetral de don Francisco con despreocupación porque anda don Francisco ya de muerto viejo y de estar vivo y en posición de contestar este autor, su seguro servidor, iba a escribir de su penetral por los cojones, con perdón. Este autor, su seguro servidor, autor lóbrego, escribe de pichas con desahogo a tirano pasao, qué perturbador. De la picha en vida del general Franco, coleante de pascuas a ramos, solo se atrevió a escribir Ernesto Giménez Caballero un texto, que rescató Trapiello, que dice así: “No tiene sable. Solo se le ve en el bolsillo de la guerrera una pequeña varita negra y plateada. He aquí su bastón de mando, su vara mágica. Su porra, su falo incomparable”. La picha de Franco no se guardó, incorrupta, fetiche y exvoto, como no se guardó la picha de San Onofre ni los cojones equinoideos de don Alberto Fish, asesino de niños. Se guardó, en cambio, el prepucio de Jesucristo en la Basílica de San Juan de Letrán y la polla de San Malaquías, la del bandido Dillinger y la polla del monje Rasputín, que la compró un urólogo.

Sor Ramona María del Remedio Teresa Llimargas Soler, monja bilocada, coja y analfabeta, monja adornada con la inspiración del Espíritu Santo y con la de Sun Tzu, murió en 1942 de cáncer y de pobreza, de pobreza pura, como si fuera un arreglo de antes que perdió el interés del concubinario y le dejó de atender.

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