Los Ausentes (apología de la ficción)

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por Juan el Largo.

Nosotros, los Vivos, que podemos observar desde arriba todo lo pasado como si hubiera sucedido en un instante, como si todo hubiera sido el producto de una breve explosión, tenemos querencia a buscar formas entre sus escombros. Al alejarte unos pasos, crees, del lienzo, esos brochazos que examinados a corta distancia parecen una pasta de pigmento informe resultan ser el Minotauro engullido en la tormenta, unos caracoles de pelo bajo una toca blanca, un laúd o una calavera. Entonces devoramos todo lo escrito a nuestro alcance, observamos y archivamos fotografías, repasamos compulsivamente las pocas filmaciones que circulan de los tres últimos meses de ese año, 1941, en esa ciudad. Sentados sobre los escombros, triunfales sobre los Ausentes (ellos) sospechamos, agotada la euforia, que se nos ha escapado lo esencial. Que todos estos meses hemos estado caminando en círculo y hemos regresado al risco de partida, la misma ignorancia.

Pensamos que tal vez hemos observado a demasiada altura, desde una lejanía en que los hechos se convierten en Historia y se impregnan de ideología; que no hemos escarbado a suficientes brazas de profundidad. Así que lo hacemos: acercamos más la lupa al objetivo. Recorremos el camino inverso a la Historia. Regresamos al caos originario del pasado-presente en que los hechos se suceden sin un plan maestro, trazando sin saberlo unas líneas de Nazca que en la distancia podrán observarse, pero que por el momento no son más una sucesión errática de azares. La perseverancia nos premia de vez en cuando con un nuevo documento rescatado del letón a una lengua comprensible. O con una foto que muestra una perspectiva del gueto que no conocías, una línea de caballetes nueva y, en los bajos, un taller de sastre o una sombrerería. O con el testimonio lacónico (uno más) de alguien que escribe unos diarios para los Ausentes (nosotros) y se lamenta de la escasez de tinta, o que menciona un encuentro vulgar con Dubnow en la esquina de la calle Ludzas. Esas briznas de realidad parecen alumbrar de pronto toda la escena. Cuántas briznas sean necesarias para llegar a la epifanía depende de cada cual.

Hay quienes, como Binet en su impostura, desalentados por la imprecisión de la memoria de quienes estuvieron presentes, por las contradicciones de los testimonios, por la sospecha de que el recuerdo pueda estar contaminado por la vanidad, la idealización o el afán de hacerse absolver, se lamentan de no poseer las actas de tal o cual conversación, como si esa brizna más de verosimilitud nos acercara a la verdad. Hay quienes por no dejar ninguna amarra suelta, ningún silencio molesto, necesitan agregarse a sí mismos, incorporar el relato de su propia búsqueda entre los escombros, antes de acopiar el impulso suficiente. Brizna más brizna menos, antes o después la estructura que escapó a todos nuestros intentos de reconstrucción mental se perfila ya en todos sus detalles. Ahora sólo hace falta escribirlo, simplemente, tal como fue.

Pero nosotros, los Vivos, los Ausentes, somos afásicos. Como los pacientes del “Discurso del Presidente” del doctor Sacks, somos incapaces de comprender las palabras cuando se nos presentan desprovistas de las sutilezas del tono, los acentos y los ademanes de quienes las utilizaron (del “habla”), del mismo modo que una imagen fija, aislada para siempre en su encuadre de todo lo que la rodeaba e incapaz de reflejar detalles que la memoria humana evoca espontáneamente con tanta fuerza mucho tiempo después (los olores, el frío, el viento que ese día soplaba), es una representación ilusoria de lo que presuntamente retrata. No agregaremos nunca suficientes capas de realidad para comprender. Tú mismo, observador distante o microscópico que odia los silencios, no eres más que un surco en la tierra mucho antes de que nadie vea en ti una línea de Nazca.

El único puente posible entre los Ausentes a uno y otro lado de la línea de la muerte es la literatura. Sólo ella permite tratar a los muertos como si estuvieran vivos y a nosotros los vivos como si ya fuéramos muertos.


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