Vivir con Chlamydia. El relato impreciso de unos hechos inciertos

por Alfreddo del’Ombra.

Capítulo Número D

En el que se da continuación a las descripciones de la patulea de excéntricos sujetos que poblaban la party.

jeffCrucé en diagonal el amplio salón en trayectoria perpendicular al eje del polo magnético apartando los cadáveres de los invitados que, borrachos, habían caído al suelo y perecido ahogados, tal y como tienen por costumbre los rusos en los ríos en verano. En invierno, como están congelados, para obtener idéntico resultado se disparan con sus revólveres en la sien o critican al gobierno. Me pareció un ejemplo de mal gusto por parte de todos ellos no esperar a morirse en casa, en el sillón, con un batín, zapatillas y un whisky, como la palman los caballeros. Intentando poner un poco de orden por allí pululaba un rebaño de curillas con sotanas negro humo con ribetes Amarillo Texas, que llevaban remangadas. Con los genitales alegremente al aire, trotaban de cuerpo en cuerpo dando la extremaunción y aplicando los santos óleos a los moribundos, ofreciendo la comunión a los beatos y oyendo en confesión a las más golfas. Mirándoles la entrepierna podía uno hacerse a la idea de cuánto de golfa era cada una. Por la organización se prohibió la intervención del SAMUR ya que las descargas de las palas de reanimación cardíaca hacían puente en aquel océano de champán y se paraban el equipo de música, los marcapasos de los obesos y los relojes Casio de los invitados, además de producir repentinas erecciones priápicas y persistente espermatorrea a los varones más próximos. Esta limitación impuesta al equipo médico habitual aumentó el número de fallecidos y consecuentemente el de viudas, aunque nada cercano siquiera a la batalla de Gandamak (6-13 de enero de 1842).

En el otro extremo del salón me encontré con Jep Gambardella, quien con su habitual sprezzatura, sonreía apoyando levemente el codo en una pequeña barra mientras sostenía sobre sus hombros a su jefa, esa enana que se parece a Edna Moda, porque corría el riesgo de ahogarse. Sostenía en cada mano un pippermint porque a las putas les gusta, me dijo. Llevaba una chaqueta de cuadros con fondo amarillo pollito y listas en tres tonos de verde, pantalón de chandalf y pañuelo floreado al cuello, signo todo ello de que no consideraba aquella fiesta el súmmum de la elegancia. Pedí al camarero un flotador para la enana y ya sin ese peso sobre los hombros entablamos una animada conversación sobre si los amaneceres que Giovanni Drogo disfrutaba en su garita esperando a los tártaros eran rosa palosanto o mosqueta. No llegamos a ninguna conclusión que nos satisficiera a ambos y de ahí pasamos a asuntos más enjundiosos. Sacándose la dentadura me enseñó a escupir con estilo por el hueco de un diente ausente, por si alguna vez te ves obligado a hacer deporte, me dijo, que lo veo en los partidos de la tele. A mi no me faltan dientes pero igualmente le agradecí la confianza y por mi parte le correspondí con instrucciones precisas para hacer pedos con los sobacos, algo que en las afterparties de las zonas VIP siempre resulta ser un éxito. La conversación languideció debido a los gritos de la enana, a la que el flotador de Nivea quedaba varias tallas grande, y que ya se había aburrido de escuchar en su walkman autorreverse los dos únicos cassettes que se había traído: “Los mejores Chistes de Pepe Da Rosa” contados por Mario Vaquerizo y “El Ciclo del Anillo a Capella” por el Coro de Laringectomizados de Cariló sul Mare.

Cuando me despedía deseándoles a ambos parabienes, venturas, albricias y que medraran en la vida apareció de la nada Madame Dudeffan quien dijo que llevaba un rato buscándome al tiempo que guiñaba un ojo, ponía morritos y se recolocaba las tetas mirando al Gambardella de un modo sutil que, siendo yo un observador agudo, me dio a entender que se conocían. El caso es que al parecer requerían mi presencia en un salón anexo, en el que se reunirían sólo unos cuantos invitados con el anfitrión. La acompañé, porque al fin iba a encontrarme con Max, algo que aún no había conseguido, aunque parte de mis instintos me aconsejaban precaución. El caso es que, desoyendo a esa parte, atendí a la otra y seguí dócilmente a Madame Dudeffan que caminaba delante de mi con el culo al aire por mor un contratiempo y un olvido; la humedad le había encogido el vestido y no se había puesto bragas.

Seguí como mis genes me ordenaban a aquel anciano culo soberbio, ciegos mis sentidos a los dictados de La Razón por las oleadas de endorfinas y otros neurotransmisores que emitían en todas las frecuencias del espectro autista. Me dirigió en una trayectoria geodésica parabólica a través del atestado salón sorteando obstáculos. Las innúmeras paradas para la venta de las rifas, el acto mismo del sorteo y la entrega del obstáculo al agraciado, con besos, ramo de flores y la fotografía con el maillot amarillo pollito de líder de la general, retrasó nuestro recorrido. Como no hay mal que por bien no lo traigan, ya sean los amigos o los enemigos, fuimos conociendo personas humanas de distintas índoles, idiosincrasias y calañas. Abrumado por la infinita variedad de fenotipos que la raza humana alberga, a partir de un determinado instante opté por seguir a Madame Dudeffán buceando en apnea, a fin de evitar conversaciones trascendentes con gentes intrascendentes y conversaciones intrascendentes con gentes intrascendentes. Y, por supuesto, a la viceversa.

He de decir que en esos eternos instantes pude comprobar empíricamente que la calidad humana de los invitados era ínfima, pero no así su calidez. Cariñosos y amorosos se daban a los excesos carnales dándole, los unos y las otras, a diestro y siniestro con la levedad y el desinterés que sólo una larga práctica proporciona.

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