Don Tomás

DONTOMAS
Por tipotrueno.

El peso del dinero, a pesar de contabilizar menos oro, sigue incrementando su masa. Millones de millones de millones de cualquier tipo de moneda, numerario, billete o bonos del estado pandemizan la tierra a costa de cualquiera.

—¡Hola Don Tomas! ¿Cómo usted por aquí? ¡Y con esa escopeta! ¡Siéntese y cuénteme!

—Sí, mire usted, mejor me siento, que tengo la espalda muy mal.

—Eso van a ser esas nubes. Que ya era hora que lloviera un poco, pero, ya sabe, las bajas presiones siempre afectan.

—Ya, y mire usted, a mi edad todavía es peor.

El señor Don Tomás tomó asiento.

—Y bien. ¿Qué se le ofrece?

—Nada, mire usted, que está mañana me ha despertado la guardia civil para echarme de mi casa vuestra casa y sólo me ha dado tiempo a coger mi escopeta, ¿sabe? Y me he dicho, ¿por qué no voy a hacerles una visita a los señores banqueros?

—Sabe usted Don Tomás que siempre es bien recibido.

Una rata apareció encima del escritorio y el señor Don Tomás, a pesar de sus cataratas, apuntó con su escopeta y disparó. Acertó de pleno en la cabeza. Tenía muy buena puntería.

El señor banquero quedó medio empapado por la sangre y los sesos del animal y, mientras se limpiaba tranquilamente con un pañuelo de seda que sacó de su bolsillo derecho, el señor Don Tomás continuó:

—La cosa es la siguiente. Sabe usted bien sabido, que mi hijo está en el paro. Fueron juntos al colegio o a las putas, ¿verdad?

—Coincidimos en los dos lugares.

—Pues resulta que el aval que le dio, a usted, fue mi casa vuestra casa y ahora que mi hijo, el que fue con usted al colegio y a las putas, se había instalado en mi casa, porque su casa, la casa de él, la de mi hijo, la que ustedes le dieron el dinero para poder comprarla, y poder hacer su vida, por culpa de quedarse sin trabajo y de la crisis, no pudo pagar las letras correspondientes, sabe usted, y se quedaron con ella, cosa que entiendo, pero, aún habiéndose cobrado la deuda con la casa de él, la de mi hijo, ahora van ustedes y me dicen que mi casa vuestra casa la van a cerrar y se la van a vender a otra persona, que mire usted, nunca ha vivido allí.

—Entiendo perfectamente su problema Don Tomás. Y seguro encontrará una solución muy práctica, que satisfaga los beneficios de usted y de su hijo.

La escopeta tenía el cañón caliente y humeante. La rata continuaba desangrándose. Aún no había terminado de coagularse toda la sangre y manchaba los papeles que había sobre la mesa del señor banquero. A él no le importaba lo más mínimo. A su espalda apareció una gran serpiente.

Esta vez el señor Don Tomás no estuvo tan atinado a la hora de apuntar y, aparte de destrozarle la cabeza a aquel animal, consiguió de un solo disparo destrozarle la oreja al señor banquero.

—Y mire usted –continuó el señor Don Tomás– mi corta ignorancia y mi poca cultura hace que me sea imposible buscar una solución; sabe usted bien sabido, que ni yo ni hijo estamos en edad para solucionar ese problema… Así que yo tenía pensado que usted, que ha estado con mi hijo en el colegio y en las putas, pudiera darme un tiempo para que pueda pagar lo que debe mi hijo, el amigo de usted, que estuvieron juntos, y así poder recuperar mi casa vuestra casa y poder continuar con mi humilde vida, con mi hijo; el amigo de usted.

El señor banquero, que mientras el señor Don Tomás hablaba, había sacado otro pañuelo de seda y se taponaba el agujero que le había quedado de ojera, se reclinó sobre su silla y dijo muy tranquilo.

—Si hubiera pensado bien las cosas, no estaría en esta situación. Me limité a ofrecerle las opciones que tenía. No es culpa mía que pusiera como aval su casa nuestra casa. Ahora ya no se puede hacer nada. Se le enviaron varias notificaciones explicando cual era la situación del impago. Avisados estaban.

La gran serpiente sin cabeza seguía moviéndose involuntariamente arrastrando la oreja cercenada del banquero a su paso.

—Y que le quede claro Don Tomás, que a las putas le invité yo. Eso corría de mi cuenta. Y que su hijo tampoco es un santo.

—Bien sabido sé yo eso, señor. Pero hijo mío es, y lo será hasta la muerte, o hasta que yo lo mate a puñetazos, porqué mire usted señor en que lío me ha metido, él, mi hijo, y aún encima me dice que no fue culpa suya, la de él, la de mi hijo, que la culpa de todo la tienen los bancos, que le vendieron una “burbuja”, la de usted, no la burbuja de mi hijo, y yo ahora no sé qué hacer, y usted dice que mi hijo, el que fue invitado por usted a las putas, que fue todo culpa suya, la de él, pero… el que se queda sin casa soy yo.

Un cuervo entró por la ventana y se posó sobre la cabeza del banquero. ¡Craa! ¡Craa! El señor Don Tomás apuntó al animal. Dudó. El ojo lo tenía puesto en su objetivo, pero había algo diferente en todo aquello. Le temblaba la mano. Nunca le había temblado la mano. Bajó el arma. El cuervo lo miró desafiante y allí se quedó.

—Mire Don Tomás, entiendo su situación. Hay planes que seguro se pueden acoger a sus necesidades e incluso a las de su hijo. ¿Está en búsqueda activa de empleo?

El señor Don Tomás no respondió, estaba paralizado mirándose los dorsos de las manos que temblaban y aferraban fuertemente la escopeta.

—¿Don Tomás?

—¿Eh?, sí, digo, mire usted señor, sabe bien sabido que mi hijo se quedó en el paro, y que la construcción bajó, y sabe usted que volverá algún día, y que mi hijo, el que fue con usted al colegio apenas aprendió a sumar, y que tampoco se le da muy bien lo de escribir, que cuando acabó el colegio, sabe usted, empezó a trabajar, y que no volvió a coger un libro, y que él me dice que aún se arrepiente de ello, y que sólo sabe de cemento y de ladrillos, que se le da muy bien, a él, a mi hijo…

¡Craa!¡Craa! Volvió a apuntar al cuervo. Puso lentamente el dedo en el gatillo. Nada. Las manos seguían temblando.

—…pero ahora, mire usted, es difícil encontrar trabajo, de ahí que no podamos pagar el dinero que usted, el amigo de mi hijo, le dejó para que se hiciera la casa, por eso me he presentado aquí después de que la guardia civil, haciendo su trabajo, no el de usted, me haya echado de mi casa.

—Le repito Don Tomás que no puedo hacer nada. A partir de hoy su casa nuestra casa está en nuestra posesión absoluta y la vamos a vender, ya lo creo que lo haremos.

El señor Don Tomás volvió a apuntar al animal. Esta vez no dudo y disparó. No acertó, lo que causó que le destrozara la cara al señor banquero. Donde antes había un rostro amable ahora quedaba al descubierto una calavera y unas cuencas vacías que habían sido ocupadas por unos ojos marrones. El cuervo salió por la ventana, sabía que el siguiente iba a ser él. Fue listo.

—Pues, voy a ir a hablar con mi hijo, el amigo de usted, al que le invitaste a las putas, con el que fuiste al colegio, para decirle todo lo que usted me acaba de decir y poder aclarar éste asunto, el de usted, lo antes posible. Disculpe las molestias que he podido haberle causado.

El señor Don Tomás le ofreció la mano a lo que quedaba del señor banquero que se limitó a mostrar una enorme y grandiosa sonrisa sin inmutarse lo más mínimo.


Descargar PDF

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓