L’invenzione finto

cabra
por Jgfed.

(Antonio Rodríguez Jiménez) En el largo paseo frente al mar, una caseta, que parece una ducha portátil, con sus anillas y la cortina aparentemente de papel plastificado. Lo nunca visto, como su inquilina: adivinadora.

Hace poco recordé los diálogos que construimos una entrevistadora y yo, para un trabajo aparentemente serio:
—Cuéntame algo de ti, cómo eres…
—Soy tauro.
—…
—…
—¿Persistente?
—Sí.

Esta adivinadora tiene su especialidad, a partir de tu nombre y apellidos habla sobre ti. Generalidades, como de todos, hasta que dice:
—Tenemos que hablar de lo malo. Lo turbio.
—Adelante.

Ante mi creciente estupefacción hace un acróstico con mi nombre y dos apellidos. El resultado es, para ella, una especie de sonido, una onomatopeya de un ladrido.
—Eres un perro que quiere ser una persona. Un perro no muy grande.
Se hace el silencio. 10 largos segundos. Ladro.
—Arj, arj.

Me acerco, trato de imitar a un perro olisqueándola y emitiendo sonidos de perro. Es una imitación deplorable.
—¡Quita looocooo!
Esa manera de decir loco, subiendo tanto los hombros además, ha sido estupenda.

***

En mi opinión debe estar presente la idea de igualdad o el nadie es menos que nadie, aunque reconozco que a veces denigro un poco esta máxima al transformarla en el ojo por ojo.

***

Está solo y abandonado. Solo porque nadie está de acuerdo con él, está cualquiera en desacuerdo en ideas importantes. Los conocidos, con gran dolor, y los desconocidos, confirmando la presencia sombría e injuriosa de una duda: tú buscas el desamparo.

Si está solo porque lo han dejado solo, dice bien solo y abandonado.

No cree que haya algo de envidia, por no meterse en unas consideraciones que traen amargura, contagio y descrédito.

Es incomprensión, por eso se ve esa cara de bendito.

***

Los gestos que hace, los mohines, las ideas peregrinas y falacias que salen de su cabeza a través de su boca en forma de perorata. Con una naturalidad muy pura en todo su desbarajuste, como si contempláramos por primera vez en el mundo, siempre, cada vez, la encarnación poco creíble de una especie de majadería muy especial. Como una mala actriz en la interpretación de su personalidad real. Fascinación o embobamiento mirando.

***

Me separo. Jadea. Me mira a los ojos.
Abre su blusa, descubre sus senos.
Sus hombros morenos.
Un marrón casi negro.
El contraste con sus blancas tetas hace que parezcan iluminadas. Son turgentes.
—Ven.

***

Alfonso [10 años] llega del colegio y tira su mochila sobre la silla roja, que tiene 118 años y está en perfecto estado. Se sienta en el sofá verde, un sofá amplio y cómodo que fue tapizado hace 7 años y está como nuevo.
—Pi piribiribiri pi, piribiribiri pi.
—¿Qué cantas, Alfonso?
—Jaja es que en inglés nos ponen músicas y se me pegan.
—Ya, Alfonso, una cosa es tararear y otra: Pi, piribiribiri pi, piribiribiri pi…
—Jajajajajajajaja ¡es que se me ha metido en la cabeza!

***

(Careto) A mí me parece bien que la gente no sea fina, que no tenga sutileza, que no se fije un poco en los detalles, a pesar de que creo que es algo al alcance de todo el mundo: la manera sencilla de olvidarse de uno mismo, siquiera por un momento. Así somos a veces. Lo que me hace perder los nervios, desde la consciencia de que esa falta de delicadeza favorece por lo general de manera directa —y me hago cruces— es en la observación del rostro, esa mezcla en los rasgos de pachorra y cara de póquer. Ese cuajo me lo tomo como algo personal.
—¡Cómo se pone!

***

Por fin se le cayó el primer diente. Ahora sueña que escupe sangre, «después de perder un diente que en la realidad no se me mueve», como enfatiza cogiéndose ese diente en cuestión. Ya lo ha soñado dos veces. Le parece escupir sangre una cosa inconcebible y tal y como lo vivió, con entereza, al contrario de como posiblemente lo había imaginado (¡perder un diente!) se considera y es ahora dura y resuelta una superviviente.

***

(Paridad) Acaricia el pelo de mi cabeza.
—Siéntate. No, así, las piernas sobre el suelo, separa. Buen chico. Los huevos sobre el suelo.
Toca mi miembro, da topetazos, comprueba cuán enhiesto.
—¿Mueves el rabo? ¿Mi chucho está contento de verme? ¡Aayy! ¡Guapo, guapo!

***

(Desamor) ¿Ya no soy más el hombre excepcional que te quería? Ni pijo hippie, ni socio exacto, ni dios del sexo. No sube el pan si considero valorar las cosas de la vida. ¿Vendo folletos, rompo los pactos, vivo en un tipi? No soy el mar, soy por debajo de normal, ¿te he estropeado el día? Un rol de cacto, de pobre perro, un poco Pili. ¿A quién hay que matar? Ahora sé llorar como un niño y sufrir como un hombre, lo mejor de dos mundos.

***

Conocí a Alfonso a los pocos días de celebrarse su 2° cumpleaños. Dimos un paseo y le regalé un palo.
Tenía la costumbre de llorar y tirarse al suelo si se le negaba algo que considerara de gran importancia. No compartía jamás uno solo de sus juguetes en el parque o en la guardería, según vimos y nos contaron.
Muchas veces volviendo a casa en mis brazos o en los de su madre y al ser contrariado tiraba furioso el muñeco o juguete que llevara encima. Dejó de hacerlo cuando decidimos no recogerlo. Bastó una sola vez y en los días sucesivos bajamos al menos 10 veces para ver si lo encontrábamos, y para dar una vuelta ya de manera civilizada:
—¿Bajamos a ver si está?

Este episodio, sin que tuviéramos ya que bajar, lo estuvo recordando durante tres meses.
—Quizá se lo llevó algún niño, al verlo tirado pensaría que no tenía dueño.
—Pues no era suyo, joder.

Él no decía por supuesto esa palabra pero expresa adecuadamente cómo se tomaba la apreciación.

Sólo dejó de tirar sus cosas en la calle, no de enrabietarse por algún capricho. Hasta que una tarde de domingo lo dejamos llorando y gritando durante 2 horas y media. Se quedó dormido y despertó afónico. Igualmente bastó esa vez.

Con dos años y medio o tres mientras hacíamos la compra en una gran superficie, desde dentro del carrito, empezó a cantar:
—Papapapapá, papá, papapá, papá…
Mirándome de reojo de vez en cuando.

Durante alguno de nuestros primeros paseos lo recuerdo canturreando también, sin mensaje alguno, contento pero serio, con un palo en la mano.

Alguna vez le recuerdo o me pregunta por algún episodio de ira suya y lo disfruta riéndose.
No empezó a pasar tiempo de forma regular con su padre hasta que cumplió 4 años.

***

(Yo no soy esa que tú te imaginas) Es difícil discutir con nadie si los hechos son sentimientos. Es un malentendido. Se abren ante nosotros dos caminos. El camino se bifurca. Se abre la senda en dos direcciones. O explicas minuciosamente lo que hiciste o dijiste, de manera verosímil o comprensible: te justificas. O la otra persona, la otra, lo deja pasar; finalmente no te lo tiene en cuenta: dijiste o hiciste eso porque te ofuscaste. Es mejor el primer camino de la bifurcación (el sentimiento producido en la otra persona por lo que dijiste o hiciste es erróneo). Ignoro mi orgullo y me justifico, ahora digo me explico. Pero cuando no te acuerdas de lo que dijiste o hiciste solo puedes confiar en que, conociéndote, aunque no te entienda, interprete al menos, confíe: no me desea ningún mal. Aunque me lo hizo.

***

(Donde nos lleva el elogio insincero) Jefe, máquina, campeón, no fueron siempre ofensivos. Los he escuchado decir como elogios. Jefe, el nombre más antiguo, a un taxista que hoy tendrá 75 años. Máquina a un adolescente, hace 30 años. Y campeón a un portero de finca, hace 4 o 5 años. En su contexto eran formas de respeto, consideración o elogio, si bien es cierto que en relación en mayor o menor grado con el interés. En su origen no eran elogios sinceros y han acabado siendo formas directas de desprecio.

El más difícil de tragar como elogio o forma de respeto es el más actual. Quiero decir que cuando nació ya era difícil de aceptar como elogio. Campeón podría ser hoy una forma de insultar gravemente.

Parece que a usted le gusta hablar con ese tono confianzudo y francote a las personas. Es el tono de un campeón. Yo no tengo interés en hablar mucho con un campeón, no se trata de que yo piense que usted no lo es, o que ponga en duda la oportunidad de que un campeón se dirija así a los demás: yo creo que quien habla así es ya indudablemente un verdadero campeón. Un merecido campeón. Hay mucha gente —seguro que sí— que gusta de hablar y relacionarse de todas maneras con un campeón. Yo no soy de esos. Yo diría más bien, en un tono parecido al suyo, ¡déjeme en paz, figura! Lo que pasa es que es parecido, no igual, es un tono de subcampeón, por eso no me gusta relacionarme con gente como usted, porque salgo perdiendo.

***

Fíjate en lo tuyo que gusta a los demás. En lo que haces y en lo que dices. Fíjate bien porque te dirán la gente como tú y como yo…


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