El ángel

marrruecos

Por Gómez.
MARRUECOS

Aquella camarera era una preciosa chica cuyo cerebro, por así decirlo, funcionaba a otra velocidad que el del resto de los mortales. La llamábamos Hilary en honor de un personaje de la serie El Príncipe de Bel Air, serie que estaba de moda por aquel entonces. Sea como fuere, nuestra guapa Hilary era una chica divertida, amante de las bromas y a quien le gustaba pasarse por la puerta —lugar que, por regla general, era el más interesante del local— cuando tenía un rato libre. Yo me llevaba muy bien con ella.

Nos encontrábamos dos o tres empleados enfrascados en una animada charla cuando apareció. Uno de mis compañeros estaba hablando, por decirlo sin ambages, de mamadas. Hilary se puso en un rincón y comenzó a escuchar la seminal conversación sin meter baza. Al cabo de un rato, decidí gastarle una broma.

—¿Te gustaría que tu novio se volviera loco de placer? –le pregunté.
—¿Cómo?
—Pues cuando notes que está a punto, la agarras y dices, bien fuerte, Marrrrrrrrruecos… Te garantizo que se pondrá como una moto.
—¿Marrrrrrrrruecos? ¿Hablas en serio?
—Me lo enseñó una profesional del sector.

Suelo ser bastante convincente, pero se notaba que ella no lo tenía muy claro.

—¿De verdad?
—Mano de santo. Pero, sobre todo, recuerda que tienes que marcar mucho la erre.

Sin decir una palabra más, dio media vuelta y se alejó. Pensé que tal vez me había pasado de frenada y se había tomado a mal la broma. Me disponía a pedirle disculpas cuando, todavía pensativa, regresó y me espetó:

—Es que a mi novio no le gustan los moros. ¿Sería lo mismo si digo Tarrrrrrrrragona?

EL ÁNGEL

Dieciséis años recién cumplidos. En un principio, cuando despierto, pienso que todo ha sido un mal sueño; pero el sabor de la sangre en mi boca me devuelve al presente. He sufrido un accidente de moto en una curva de la carretera de la Rabassada. Recuerdo que mi cara ha impactado contra el guardarraíl y poco más. Me he roto seis dientes (aunque a mí me da la impresión de que ha saltado por los aires la dentadura completa), tengo la cara hecha un poema, heridas en la cabeza y contusiones por todo el cuerpo. El dolor lo empapa todo…

Entra mi padre, como un torbellino, en el box. No sé quién lo ha llamado, pero ahí está… Se acerca hacia la camilla donde me encuentro y me grita:
¡AL FINAL LO HAS HECHO!

Tiene razón: al final lo he hecho. Intento decir algo, pero no soy capaz de hablar…

Un médico descorre la cortina. Todavía no estoy al corriente de esto, pero ha estado discutiendo acaloradamente con mi progenitor unos minutos antes, y, discutir con mi progenitor nunca resulta agradable para nadie. Por eso lleva la cara de pocos amigos que lleva. (Con posterioridad sabré que se trata de un cretino integral y que mi padre lleva toda la razón en la disputa). El médico se acerca hacia mí, pero cuando le separan sólo unos pasos de la camilla, mi padre, con voz serena pero implacable, le advierte:

—Ni se te ocurra ponerle una mano encima.

Es un hombre temible. Leo el miedo pintado en el semblante del médico, y tras titubear unos segundos, sale del box, seguido a unos pasos de distancia por mi padre.

Me quedo solo por fin. Y es lo mejor que ha sucedido desde que me levanté de la cama por la mañana…

Salgo ganando con el cambio de médico: lo siguiente que recuerdo es tener a una doctora a mi lado. Debe de rondar la treintena y es maravillosamente bella. Como un ángel, como un ángel vestido de verde… Me está examinando con cuidado las heridas de la cara.

—Tranquilo, tranquilo —me dice.

Su voz es cálida, suave. Su cabello castaño presenta unos vivos tonos rojizos que brillan al trasluz… Al final del examen, me aprieta ligeramente la mano, quizá la única parte del cuerpo que no me duele.

—Todo va a ir bien —me asegura.

Miro su hermoso rostro una vez más y de nuevo me digo que debe de ser un ángel. Su cabello parece resplandecer, en aquel aplastante cubículo, como el fuego…

Cierro los ojos y me preparo para lo que me tenga reservado el destino.

CUIDADO, TU NOVIA

Estábamos tres o cuatro compañeros, de madrugada, fumando y charlando en la calle, junto a la puerta. Yo me encontraba de espaldas a la calzada, por completo ignorante del peligro mortal que se cernía sobre mi persona. De pronto, uno de mis compañeros, gritó aterrado:
–¡CUIDADO, TU NOVIA!

Instintivamente, me protegí la cabeza con ambas manos y me aparté de allí a toda velocidad, todavía sin tener ni idea de qué diablos sucedía.

Cuando presumí que estaba a salvo, me di por fin la vuelta y me encontré frente a una visión del averno: mi novia napolitana, la de los pezones como boinas y endemoniado genio, viniendo hacia mí con cara de ningunos amigos y sujetando en su mano derecha la barra antirrobo del coche.

—¡Cabrón follaputas hijo de perra! –gritó.

Salí corriendo de allá, sin pronunciar una palabra, como si me persiguiera el mismo diablo. No estaba del todo seguro de qué había ocurrido, aunque me hacía una ligera idea de la raíz del conflicto… Esta vez había estado cerca. Mi compañero me acababa de salvar, cuando menos, de una temporada en silla de ruedas.

Mientras huía resolví también cambiarme de domicilio aquel mismo día. Y para siempre. Ya habría tiempo de recoger las cosas por la mañana, cuando ella no estuviera en el piso. Desde luego, la presente no estaba resultando la mejor noche de mi vida, y eso que he tenido algunas bastante malas.


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