A las once y quince

saltodeltigre
Por Mortimer Gaussage.

Doña María del Pilar Federica Antonia Victoria de Sánchez-Alonso y Corrochano, señora de Santos-Vicente, condesa de Villalongoria y Cacharequille, es mujer de mundo aunque no esté muy viajada. Doña María del Pilar Federica Antonia etcétera lleva su casa con mano de hierro, atendiendo incansable a lo imprescindible, lo necesario y lo conveniente con la ayuda, eso sí, de un cada vez más mermado ejército de subalternos que comanda con suavidad pero firmeza. Sostiene y argumenta, si por un casual surge el tema, que ni los generales vencen batallas sin soldados ni las casas cumplen sus funciones sin el personal adecuado, por supuesto siempre apropiadamente dirigido, en su caso en busca del objetivo de la felicidad. Doña María del Pilar Federica etcétera ciertos asuntos los supervisa personalmente y muy de cerca. Los jueves, por ejemplo, baja puntualmente a revisar con Doña Arminda, propietaria de los “Ultramarinos Finos Viuda de Leandro Fraga”, las listas de la compra. En primer lugar la de su casa, determinando qué se comerá y qué no la semana próxima y dejando acordados los envíos de cada día. Luego se revisan y puntean los encargos de la Señorita Luisa, la amante de su esposo, Don Manuel de Santos-Vicente Meléndrez, a la que ha abierto cuenta que se carga a la de ella. La Señorita Luisa no siempre pide el café que le gusta a Don Manuel y suele pasársele reponer el oporto dulce. También puede ocurrir que encargue las hojas de bacalao de segunda o la mantequilla sin sal. La Señorita Luisa, esto ya lo tienen muy hablado Doña María del Pilar etcétera y Doña Arminda, no hace o deja de hacer tales cosas por maldad, desatención o falta de cariño, que a la vista está el profundo amor que siente por Don Manuel. Lo cierto es que siendo de buena familia y de intachable conducta, qué menos, tiene un aquel ahorrador y mirado para el dinero propio de la clase media de su procedencia que la lleva a querer cuidar con interés carente de perspectiva los asuntos de la familia. Doña María del Pilar dirige, como se dijo, firme pero cariñosa, las condiciones materiales de la felicidad de aquellos que ama y en el lote entra la conyugal, que es la individual de cada uno de los cónyuges y la de ambos en conjunto, en todas sus poliédricas facetas. Así, los trece de febrero llama al ultramarinos y pregunta si su esposo se ha acordado de encargar una tarta para la Señorita Luisa y, caso contrario, olvido que suele repetirse porque los hombres, cuando una mujer se les entrega en cuerpo y alma, van descuidando esas pequeñas atenciones, encarga una tarta Sacher que Servando, el mandadero, entregará al día siguiente con una nota que ella dicta, distinta cada año. Que una tontería les arruine cualquier día menos ese, aunque sea festividad, moderna, sin arraigo y meramente comercial, es el razonamiento que la anima. También en Navidad y el día de Santa Luisa envía, éstos con su tarjeta, ramos de dalias rosas añadiendo una más cada año, que en el secreto lenguaje de las flores significan la voluntad de procurar felicidad, mensaje que sabe que no llega con diáfana claridad pero le consta que la intención se advierte. Don Manuel, al salir del trabajo, mero entretenimiento, se pasa un rato por casa de Luisita, a ver cómo le fue el día, tomar un vermut aperitivo y meterle la mano suavemente por debajo de las faldas para sobarle el culo mientras que busca, haciéndole cosquillitas con un dedo juguetón, esas florecitas rosas o verdes que los corseteros ponen en las bragas a la altura de la goma. Luisita, sentada en su regazo, le cuenta de sus paseos por el parque lluvioso, cómo se viene el invierno trayendo ya las camelias o el regusto amargo que le ha dejado la novela recién terminada, con un final abierto en el que no triunfa claramente el amor. Don Manuel sigue luego el camino a casa donde le espera su esposa y los manjares de la cena en la mesa del salón, siempre puesta con esmero. Los lunes, miércoles y sábados, si no hay otros compromisos ineludibles, cena con Luisita en la cocina, sobre un mantel de hule, los platillos que ella se empeña en cocinar. Luisita, no obstante ser de buena familia e intachable conducta, como ya se dijo, estudió idiomas y secretariado y de cocina y costura y, en general, de llevar una casa no sabe de la misa la media. A Don Manuel, indiferente como los enamorados a los detalles cotidianos, los macarrones al gratén requemados y la merluza congelada le saben a gloria. Luego, en la sala de estar, sentados a la mesa camilla, toman una copita de oporto mientras él ve la tele y ella hojea una revista femenina. Con el regusto dulce del licor aún en el paladar se besan y follan, cuando toca, con muchas caricias y besitos, como los adolescentes primerizos y los protagonistas de esas novelas que le gustan a ella. Cuando está en esos días Luisita le hace una paja con dedicada atención o una mamada lenta y larga, tras lo cual se le queda como un bebé y duermen abrazados. Los martes, jueves, viernes y domingos don Manuel duerme en casa. A las once Doña Pilar se recoge al dormitorio conyugal y a las once y quince le sigue Don Manuel, que la encuentra ya con sus partes lavadas y perfectamente arreglada. El pelo recogido, medias, liguero, uno de esos sujetadores que hacen que llamemos magos a los maestros corseteros y zapatos negros de tacón muy alto. Doña María del Pilar, que en tales trances prefiere que la llamen Federika, forzando la k para que suene seca, corta y brusca, pone el culo en pompa contra el tálamo nupcial y pide, con voz ronca y dos tonos más baja, fóllame cabrón, dame lo mío, joder, rómpeme el cacharequille, hostia. Meléndrez, como a ella le gusta llamarle en estos episodios –empálame hasta el fondo Meléndrez, soy tu puta Meléndrez– procede a darle lo suyo y lo de sus amigas, calentándole el culo con un zurriago, la cara a hostias a mano abierta y dejándole el ojete como la bandera de Japón. Federica, no con c sino con k, suda y chilla y goza y olvida por un rato largo el foie, el aceite de oliva virgen, las habas de La Granja, la necesidad de limpieza de las alfombras y la reprensión pendiente a la doncella torpe que astilló la jarrita del té. Cumplido el débito conyugal, obligación que tenemos por femenina y se nos olvida es recíproca, Manuel se duerme, también aquí como un recién. Doña María del Pilar, aún en bragas y escocida, se mira en el espejo de cuerpo entero de su vestidor y se encuentra bellísima, una señora mujer satisfecha y dueña de su vida, con un rubor juvenil en las mejillas y los mofletes del culo y una figura impropia de su edad. Luego se sienta un poco de medio lado en su buró y escribe unos párrafos, en general furibundos y exaltados, en el borrador de su libro: “El siglo XX será recordado como esa época en la que el público pagaba por ver a los arquitectos creer ciegamente en sí mismos”, escribe con letra pulcra y caligrafía enérgica. A Doña María del Pilar Federica Antonia etcétera la arquitectura le gusta y teoriza sobre ella con prosa ardiente y arguye con fundamento sobre la pérdida de valores: “La Arquitectura, antaño sublime ciencia de las formas, ha transmutado en arte, el arte en entretenimiento, el entretenimiento en espectáculo y el espectáculo en reiteración de fórmulas banales.” La felicidad, piensa Doña María del Pilar Federica Antonia etcétera abstraída entre dos párrafos, es una delicada praxis, equilibrio resultante de sujetar los deseos a los dictados de la razón con mano suave pero firme, dando a cada cual, de aquello que necesita, cuanto pueda dársele. Doña María del Pilar Federica, no con c sino con k, niega al famoso novelista, y piensa que cada familia feliz lo es a su manera, todas distintas y todas incomprensibles, porque los deseos no superficiales son siempre extravagantes.

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