Vivir con Chlamydia. El relato impreciso de unos hechos inciertos

por Alfreddo del’Ombra.

Capítulo Número E

En el que se introducen el escenario do el conflicto aflora y los personajes cabe la tragedia acaece

Acompañando a Madame Dudeffan entré a un pequeño salón bellamente decorado con cabezas reducidas por los indios jíbaros, rejas de arados romanos medievales, una enorme colección de coprolitos bellamente iluminados y los seiscientos ejemplares de la colección de órganos de tubo del abuelo de Max. Todos y cada uno de los objetos eran de un gusto absolutamente deplorable pero bellamente dispuestos. Al fondo, en una hornacina, los objetos más relevantes: tres relicarios chapados en oro de 14 quilates conteniendo doscientos kilos de astillas de la Cruz de Jesucristo, sesenta pelos de la barba de San Juan Evangelista y el Virgo de la Purísima, con el pañuelo que lo probaba, debidamente autenticado por el Notario de Cariño Don Inocencio Noguerol Faxilde.

homstaftderUnas azafatas en bikini procedieron a instalar cinco sillas de enea color verde musgo con flores blancas pintadas a mano en el centro de la habitación, momento en el cual fui consciente de que éramos seis los que allí nos encontrábamos. Sonó de pronto por los altavoces Rhapsody in blue a la gaita. Aunque pueda resultar presuntuoso me precio de ser sagaz, perspicaz y audaz, cosa que en aquel momento demostré con creces siendo el primero en empezar a correr en círculo alrededor de las sillas. Cuando paró la música pude sentarme junto con otros cuatro, que nos miramos satisfechos. Quedó sin silla un tipo de mediana edad con gafas de cerca de pasta azul transparente colgando de una cadenita marrón y que llevaba el móvil en una funda de cuero negro amarrada al cinturón. Adiviné enseguida que era médico y de atención primaria, porque también llevaba el fonendo colgando del cuello y no se había enterado de nada.

Unos guardaespaldas se lo llevaron rápidamente de allí y los vencedores, por matar el rato, tras dos horas de esperar, comenzamos a charlar animadamente. A mi izquierda estaba un tal Dr. Homstaftder, a quien recientemente habían galardonado con un premio IG Nobel por un revolucionario estudio titulado Cómo pedir voluntarios para participar en un estudio para medir la tendencia de los individuos a presentarse voluntarios sin que se produzca un sesgo en la muestra (Anales de la revista Lusitana de Epistemología y Metodología Científica, Vol. XX, Tomo 16, Coimbra 2014). Me pareció interesantísimo pero banal como la mayoría de las cosas superficiales en esta vida, pero le respondí amablemente con esos monosílabos que reservamos para hablar por teléfono con nuestras madres y nuestras novias. Cuando agotado se durmió sobre mi hombro pedí un Lagavulin, unos cigarrillos y un encendedor, que las azafatas en bikini trajeron de inmediato.

Ya más repuesto después de ingerir una botella de magnífico licor y dos sándwiches de pepino impropios de un colegio femenino, trabé conversación con el compañero de la silla a mi derecha. Era un tipo seco, serio, soriano de padre sirio y que había dedicado largas horas de su miserable existencia a la traducción de La fenomenología del espíritu (Phänomenologie des Geistes) de Georg Wilhelm Friedrich Hegel al silbo gomero, esforzado trabajo por el cual había recibido el premio “Párroco Miguel Laondras” al Audiolibro del Año 2011 concedido por el Cabildo de La Gomera. Estaba traduciendo, con grandes dificultades, el Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Josef Johann Wittgenstein, porque la familia no colabora prestándole las notas. Todo esto, por supuesto, me lo contó silbando. De no ser porque pertenezco a una de esas generaciones que nacimos con los adecuados referentes culturales, léase Star Wars y el candoroso R2D2, no le habría entendido ni pito.

Estaba con mi nuevo amigo silbando a dúo la Marsellesa, yo la música y él la letra, cuando de pronto comenzó a sonar nuevamente la música de gaita, esta vez el We are the champions, de Queen y comenzamos a girar enloquecidos por segunda vez. Volvía hacer gala de mis felinos reflejos y conseguí sentarme nuevamente, lo que me garantizaba el pase a semifinales. Quisieron los hados que a mi derecha ocupara plaza una hermosísima mujer, ejemplar soberbio de la raza humana, excelso cúmulo de perfecciones físicas o, lo que es lo mismo, una gachí de bandera. Pelirroja, alta, de piernas perfectamente torneadas, sonrisa sensual, ojos turgentes y escote profundo como el mar. En mi nerviosismo apenas pude decir palabra porque la neurona que no había dejado de funcionar la emplee para sacar el pañuelo y limpiarme la baba que escurría de la comisura de mis labios, tal cual si me hubiera dado un ictus.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓