Breve relación de vidas extraordinarias · 29

BRVE29
Por Martín Olmos.

Pepa, Juana, la Cuerpobueno, Rita, la Damajuana, Lola y la Chata fueron putas de consuelo que garbeaban en el alrededor del acuartelamiento legionario del Zoco El-Arbáa de Beni-Hassan, en la región de Tetuán, y que fueron hagiografiadas, en dos páginas y media de entusiasmo encendido, por don Carlos Micó España, caballero conducido por apasionamientos que fue sargento del Tercio, periodista, masón, comecuras, duelista y seguidor de Jiddu Krishnamurti por ser teosófico. Fueron putas, por lo tanto, de coño borlado y rojo como el fin de un chapiri y rebufo de coñá de saltaparapetos y fueron putas, por lo tanto, hechas a joder en torronteros. Es idiosincrasia española llevarse las putas a la guerra desde los Tercios de Flandes y Sancho de Londoño, maestre de campo del Tercio Viejo de Lombardía, daba por óptima la proporción de ocho rameras por cada compañía de cien hombres hasta que el archiduque Alberto, meapilas por haber vestido el hábito, redujo la cuota a dos o tres y las obligó a disfrazarse de lavanderas u otro oficio honesto y las obligó, en consecuencia cuantitativa, a deslomarse el vertebral al destajo como si fueran precedentes de la cadena de montaje. Las historias de putas son de mucha recurrencia y sobremesa y se dicen entre hombres exagerándolas a la conveniencia, como las historias de peleas. La costumbre de trovar putas principió como un meandro de la caudalosa tradición oral de los viajantes de comercio que con el tiempo fue asimilando influencias de la crónica deportiva, del retablo de color local y de la ciencia ficción hasta convertirse en el mester de mancebía, que es género literario macho cuyos cultivadores escriben las furcias según tengan la tarde y si salen con barba son san Antón y si no, la Purísima Concepción. A don Carlos Micó España no le salieron putañonas de trinchera y crin en el culo y le pintaron sotas filantrópicas que “por espíritu de sacrificio y algún dinero se encargan de sostener en sus verdaderos cauces los instintos del hombre al servicio del interés de la especie, de la Patria y de la moral”. Cada puta de don Carlos Micó España era para el legionario como su esposa de hace quince años, “si se pudiera prescindir, al hacer esta consideración, del trato que cada una de ellas tiene con los demás” y eran “como una rosa clavada en las arenas de una playa”. Las putas de don Carlos Micó España lloraban recordando su primera comunión al amor de un fuego de campamento y su tristeza contagiaba, como una llama a través de un sembrado, a los caballeros del Tercio y “los ojos de muchos de estos hombres rudos, que a cada momento exponen su vida con un gesto de elegancia espiritual y de indiferencia estoica, brillaron humedecidos y sobre la cabeza de todos parecía planear algo sobrehumano, inefable, como el soplo de sentimentalismo de un ser invisible y todopoderoso”. A don Carlos Micó España en vez de putas sin deslendrar le salieron Florencias Nightingales, medio anglicanas, como a Kipling le salían gentlemanes en vez de cabos chusqueros. Las putas brigadieras de don Carlos Micó España no se las cree ni él. Los hombres alquilan amor y grupa por franjas horarias que no suelen exceder los treinta minutos, y sobran para joder frugal y en calcetines, pero a las putas se las inventan como se inventan una infancia feliz y las notas del bachillerato y como se inventan la mili en el Cerro Muriano para comentarla en los bautizos, en artillería, con un cabo furriel de Logroño, Expósito se llamaba, no sé qué habrá sido de él, que vivíamos mejor que el general. Queda la impresión de que don Carlos Micó España se inventó a sus putas marciales como don Augusto Paquer se inventó a la puta Nina, puta de ninfulómanos y de tango genovés, porque le convenía la parábola y como don Camilo José Cela se inventó a la puta de Sarriá porque le salió un chiste y como los intérpretes de la Biblia se inventaron a la puta María Magdalena porque la preferían furcia que chalada y como este autor, su seguro servidor, se inventó el prurito proletario de la puta Elvira que le hacía respetar el horario laboral porque aquel pagó la hora y le sobraron tres cuartos después de joder frugal y en calcetines, de joder malamente debajo del Cristo de Dalí. Las historias de putas son de mucha recurrencia y sobremesa y se dicen entre hombres exagerándolas a la conveniencia, como las historias de peleas. Las historias de putas y soldados son de mucha recurrencia y se dicen en las imaginarias. Las putas de la casa de Paulina Rovira la Catalana del Puerto San Julián, en la Patagonia remota, en los tiempos de Hipólito Yrigoyen, se pusieron lisístratas y les dijeron asesinos a los soldados del teniente Héctor Benigno Valera, que convidaba, y no les dieron joda porque habían fusilado a los peones rurales que se pusieron en huelga y pararon las estancias. Las putas en barbecho y rebelión, putas que se conducían según el fuero de su conciencia, fueron Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodriguez, María Juliache y Maud Foster, que le decían la Inglesa. Publicani et meretrices praecedunt vos in regnum Dei, tenía dicho el evangelista Mateo (21, 31). No obstante, el coño que no se draga a su debida pauta se ataruga y se queda como gatera con calafate y es difícil volverlo a abocardar. A Paulina Rovira la Catalana le inventó don Raúl Argemí un retorno a la Barceloneta y unos amores con el tanguista Cachafaz porque a las putas siempre se las inventa uno como se inventa uno la mili en el Cerro Muriano, en artillería, con un cabo furriel de Logroño, Expósito se llamaba, no sé qué habrá sido de él.

Don Carlos Micó España era, por otra parte, caballero propenso a que le disparasen y le pegó un tiro el periodista Manuel de la Torre por causa de un duelo de honor, le tirotearon los germanófilos en un descampado del barrio de Salamanca y la morisma le atravesó el brazo izquierdo de un balazo de los que decían de sedal que le entró por el codo y le salió por la mitad del antebrazo en el asalto de las lomas de Nador. De don Carlos Micó España, como del cabo Expósito, no se supo que fue de él.

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