El árbol partido, 11

Por Claudio Sífilis.

daniela

DANIELA

Imitadora de furores bíblicos, pero de aspiraciones mundanas, Daniela fue prostituta en el Love Inn desde el año 2002 hasta 2008. Nacida en 1981 en Timisoara, hija de Emil y Alejandra, padres cándidos y diabólicos como todos, fue bautizada con el nombre de Valeria. Emil tenía a sus hijos encerrados en el sótano de la casa durante la cuaresma y les hacía dormir en ataúdes. Las paredes repletas de crucifijos invertidos, Jesucristos con la boca tapada con cinta aislante blanca, la mordaza estaba pintada en las cruces pequeñas. Ella era la mayor de los cuatro hermanos. Niñez de hambre sin lágrimas, aprendieron a no llorar para que su padre no les pegara, mientras escuchaban discursos que no entendían:

—No lloréis jamás, que vuestros pensamientos sean más amargos que vuestras lágrimas. No temáis a la violencia física. Los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina nos hieren más meticulosamente. Estamos aquí para matar el tiempo y éste para matarnos a nosotros. Estamos entre asesinos. No temáis a la muerte, temed al paso del tiempo, a la sociedad, a la patria. Este vínculo de un individuo con un Estado genera derechos y deberes recíprocos. Pero nosotros no somos rumanos, somos húngaros, no somos cristianos ortodoxos, somos cristianos protestantes, no somos comunistas, somos demócratas. La nacionalidad es un sentimiento, no un país.

Pero sería durante la infancia que los niños se libraron del padre. Emil pasó el año 1989 entrando y saliendo de la cárcel de Timisoara, acusado por la Securitate de criticar al gobierno rumano de odio racial. Emil, de profesión carnicero y perteneciente a la minoría húngara en Rumanía, había sido acusado por sus clientes, por coraje, por la falta de carne en la tienda.

En la cárcel Emil tuvo tiempo de pensar mal y tramar amistades, en diciembre de 1989 participó en una violenta manifestación en apoyo de un sacerdote protestante, agredieron a varios policías, pero el ejército entró en la ciudad con tanques y helicópteros. Emil consiguió escapar y volvió a su casa acompañado por otros manifestantes anticomunistas y se encerraron dentro. En el centro de la ciudad, la Securitate agrupaba en las plazas de la Libertad y de la Opera a los manifestantes que no habían podido escapar y los ejecutaban.

—¿Habéis escuchado las noticias? —dijo Alejandra a su marido y demás gente—. Varios dirigentes del partido comunista con el apoyo de militares disidentes han creado Comité de Salvación Nacional, han detenido al matrimonio Ceaucescu.

Eran los años del final de la Unión Soviética. Ceaucescu andaba en tratos con Cuba, Corea del norte y China para crear una nueva alianza comunista. Emil respondió con un exabrupto:

—Sólo los espíritus superficiales creen que esos solucionarán los problemas. Desconfiad de quienes fundaron las bases de este desaguisado, de aquellos que con su ambición han moldeado esta sociedad. Los que ya han estado en el poder 40 años no van a cambiar las cosas, seguirán gastando el dinero que no tenemos en los desfiles patrióticos, en los palacios más grandes y lujosos jamás construidos. Es el momento de que la ciudad se levante violentamente, Hungría no permitirá que nos masacren, entrará con su ejército.

—La democracia que anhelas no es más que usura, pagar la deuda de Ceaucescu a los bancos ingleses es más importante que dar de comer a los niños. No fue la banca comunista la que le prestó el dinero, fue la banca inglesa, un sistema bancario que da el dinero a un dictador porque es avalado por el trabajo de millones de personas.

A Ceaucescu se le habían dado bien los discursos patrióticos en un país que había anhelado la independencia durante siglos, pero muy mal las inversiones, y dejó el país plagado de industrias nuevas abandonadas que habían quedado obsoletas con la subida del precio del petróleo de los años 70. Se le dieron tan bien los discursos, que aún hoy muchos rumanos piensan que estarían mejor con él, o que la culpa de todo la tuvo su malvada mujer.

Después de la ejecución del matrimonio Ceaucescu, Emil y su pandilla salieron de nuevo a manifestarse, dejando a Alejandra sola a cargo sus hijos. Alejandra era rumana ortodoxa y las ideas de su marido la importaban poco, cogió a sus cuatro hijos y marchó a casa de sus padres en Lugoj. Apenas 100 km de distancia que serían difíciles de recorrer. Pasaron varios controles del ejército, que al ver los niños no puso problema. Las carreteras heladas pusieron más dificultades a un viaje que duró un día entero.

En Lugoj, Valeria se lo pasaba mejor con los chicos que con las chicas y le gustaba ir con la pandilla de primo Marius, dos años mayores que ella. Marius y Vasile, altos, rubios y esbeltos, lideraban a unos gamberros que eran el azote para su propia ciudad. Desde el vandalismo de romper mobiliario público, con las correspondientes secuencias de carreras, sustos y empujones, hasta robos a los comerciantes de su barrio. A Valeria le divertía menospreciar a Vasile delante de los chicos, y eso le costó más de una bofetada, o ser levantada en el aire para acabar tirada en el suelo con los brazos y piernas inmovilizadas, y Vasile sentado encima de ella susurrando:

—¿Esto es lo que buscas? ¿Esto es lo que te gusta?

De la infancia violenta a la adolescencia romántica, un 8 de junio, el día del 17 cumpleaños de Vasile, hizo las paces con Valeria muy bien. Ella había nacido a las 12:45 del 9 de junio, si hubiera nacido unos minutos antes cumplirían el mismo día. Valeria no quería que la fiesta terminara y siguió desorientada a Vasile a un oscuro lugar en el que no se aburrió. Valeria y Vasile, folladores incansables, pasarían las noches dale que te pego a partir de entonces, como si fueran sesiones nocturnas de gimnasia, se sentían inmortales, jóvenes para siempre.

Un año más tarde, Valile marchó a la mili, donde pasada la instrucción, sus dotes para la violencia fueron captadas por un militar y dirigidas hacia el trabajo de mercenario en la cercana guerra de Yugoslavia, donde estuvo hasta 1999. De vuelta a Rumania buscó un apartamento en Timisoara y entró en contacto con la incipiente mafia rumana, que había puesto sus tentáculos en el Oeste de Europa. España necesitaba importar sus delincuentes y prostitutas de lejanos países. Los españoles, pistolas engatilladas y chochos atrancados, estaban muy integrados en lo políticamente correcto. Valeria pasaba algunos días en Timisoara con Vasile, pero de pronto Vasile le decía que tenía que marcharse sin dar más explicaciones. Vasile atrajo a Marius a Timisoara, juntos cumplieron una etapa de aprendizaje captando chicas con contratos falsos para enviarlas a España a practicar la prostitución, y en el año 2000 viajaron a Madrid.

Valeria llegó a España en 2001, Vasile le había buscado trabajo de interna con una anciana. Él la acompañó a casa de la vieja y estuvo con ella mientras deshacía la maleta y se acomodaba. La señora le invitó a tomar café. Vasile se quedó con la vieja mientras Valeria se duchaba y arreglaba, quería salir por Madrid con su novia. Ella entró en el salón y dijo que estaba muy cansada por el viaje, mejor al día siguiente. Vasile sonrió, la besó en la mejilla y se despidió hasta el día siguiente, en el que la llevó a un restaurante japonés de la milla de oro, la regaló un teléfono móvil y un anillo de oro enorme de marca Cartier, con muchas piedras preciosas, blancas, rojas y negras. Después fueron a una discoteca donde bailaron y tomaron copas durante horas, la acompañó a casa de la vieja donde la despidió en el portal con un beso. Ella le miró interrogando con los ojos.

—No puedo subir —dijo Vasile—, mañana te llamo.

Valeria tuvo sus encuentros sexuales con Vasile en su día libre en el piso que él compartía con Marius, pero esto le parecía poco para lo que ella estaba acostumbrada. Él prefería salir a cenar, cosa que la tenía desconcertada. Un día, él no quería ni siquiera ir al piso y empezaron a discutir, ella salió corriendo y él no la siguió. Cuatro horas más tarde ella llamó a la puerta, Marius entreabrió la puerta, con la cadena puesta.

—¿Qué haces aquí? Márchate.
—No voy a irme, estaré aquí hasta que me dejes entrar.
—Déjala pasar —dijo Vasile, desde dentro del piso.

Valeria entró, Vasile estaba tumbado en el sofá viendo la televisión, el aire estaba muy cargado, cocaína encima de la mesita. Pasó de largo dubitativamente hasta la habitación de su novio, donde vio a una chica desnuda atada a la cama, tal vez dormida, temblado, con serias marcas de violencia. Valeria se volvió hacia el salón y preguntó:

—¿Qué es esto?
—Trabajo.

Valeria salió del piso sola, tal y como había entrado, y la puerta se cerró detrás de ella.

Marius y Vasile trabajaban dentro de una banda de proxenetas en el polígono Marconi, obligatoriamente tenían que ser despiadados con las meretrices a quienes exigían entre 250-300 euros semanales. Vasile había nacido para esto, en cambio Marius no se acostumbraba a pegarlas, ni siquiera después de recibir él varias de los lugartenientes del Fantasma, como llamaban al jefe de la organización, al que nunca habían visto.

Valeria se amoldó a salir con Vasile a cenar, a que la llevara de compras a las tiendas más caras de Madrid, a bailar y hacerse notar en Ya’stá y el Palacio de Gaviria. Y a pesar de tantos agasajos, en ella se acumuló la ira, y la ira lleva al lado oscuro y allí no se ve nada. O sí se ve, porque ella lo tuvo claro. Un día llamó a su primo Marius y le dijo que quería ser prostituta. Lo de vivir de interna no la gustaba mucho, la vieja era muy guarra, siempre la estaba vigilando, acusándola de llamar a su país por teléfono, le pagaba muy poco e incluso amenazaba con no pagarla.

Hablaron largo y tendido, finalmente Marius le buscó trabajo en un puticlub, el Love Inn, porque no quería que estuviera en la calle. En la calle había violencia con las chicas y en el Love Inn no. Eso lo aseguraba Marius. Valeria tenía que firmar un contrato al 50% con la mafia. Además de pagar al dueño del puticlub, que era español, tenía que pagar al Fantasma, cuando viajara a Rumanía tenía que captar a otras chicas, luego controlar lo que ganaban, hacerlas firmar el contrato, y tendría un porcentaje de beneficio por ellas.

En Lugoj en seguida se dieron cuenta, al ver las ropas que vestía y el dinero que manejaba. Sus amigas y excompañeras de colegio la negaban el saludo. Sin embargo, cuando tenían que afrontar algún gasto extra, cambiaban de parecer y le devolvían la sonrisa. Ella les mentía, les decía que no tendrían que follar, solo acompañar a hombres. Ellas intuían que era mentira, pero el trabajo en Rumanía se pagaba 100 euros al mes, ¿quién podía vivir con eso? La mafia las metía en autobuses y las proporcionaba permisos de residencia en España.

Unas mujeres lo pasaban mal horas, a otras las costaba días o incluso semanas, pero luego se acostumbraban, habían venido a España a trabajar y se ganaba mucho dinero. Había excepciones, algunas no se acostumbraban ni pasados meses, la mafia era realmente cruel con ellas, llegando puntualmente a matar a algunas cuyo físico sucumbía al maltrato. Pero la mayoría lo asumía, se iban de vacaciones a Rumania y volvían por su propia voluntad. Valeria solo salía del Love Inn para ir de compras, a la peluquería o para viajar a Rumania a ver a los suyos. No había vuelto a ver a Vasile desde que empezó a trabajar allí.

En el Love Inn, la mayoría de las chicas no solía estar más de diez minutos con cada cliente, era un sube y baja sin parar. El dinero de la burbuja económica se gastaba aquí a raudales, una chica normalita generaba unos 12.000 euros al mes, de los que 4.000 eran para el dueño del club, 4.000 para la mafia y 4.000 para ella. Valeria ganaba bastante más dinero y podía ayudar a su familia, sus tres hermanos pequeños. Podía pagar los estudios de medicina a su hermana. Pudo comprarse una casa muy bonita en su ciudad natal, casi sin hipoteca, en cuatro años la tenía pagada. Pero ella no vivía allí, allí vivía su hermana con su novio, al que Valeria estaba deseando conocer, un minuto le bastaría, para saber si era bueno o un aprovechado, el trabajo de prostituta la había dotado con esa capacidad para juzgar a las personas de manera inmediata, sin equivocaciones.

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