Vivir con Chlamydia. El relato de unos hechos inciertos

por Alfreddo del’Ombra.

Capítulo Número F

chlamydia

En el que se hace somera descripción de Lady Chlamydia Down-Gap Smithe, Forty Fifth Duchess of the Firth of Forth, y se alaban sus innúmeras externas perfecciones

En menos de un cuarto de hora conseguí reponerme de la impresión, la conmoción y la alteración que me produjo la visión de aquella divina aparición, lógica deducción a la vista de que mi reloj de pulsera, tal que en los crímenes que relata Doyle, todos en añejas mansiones británicas, se paró en el instante preciso en el que caí al suelo como un Holmes viejo, hendido por el rayo que no cesa de su inefable belleza. Percibí en aquesta rama que creía vieja un brote verde que imaginé brillante como un revolver cargado, presto a disparar perdigonadas de amor, cual Cupido enfurecido. Los hombres sanos somatizamos el deseo con metáforas de revólveres y tensiones en los calzones, pero eso sólo rasca la superficie, porque se alteran también la sudoración y el ritmo cardíaco y consecuentemente las dosis pautadas de desodorante y sintrom® se nos quedan cortas. Guardo ese deteriorado cronógrafo de ambarina esfera, definitivamente colapsado a las 6:43 UTC, en una vitrina junto con otros souvenirs importantes; el primer billete que robé de la cartera de mi madre, el envoltorio del primer preservativo que usé acompañado de una mujer, la primera multa por exceso de velocidad y las galeradas de mi primera novela que corregí amarrado al duro banco de una nao turquesca, ambos ojos en las piernas de una morena, en la playa de Marbella. Ese lírico y onírico orologio, hogaño seca clepsidra, gotea la hora exacta una vez al mes porque tiene calendario, efeméride que desde ese día celebro con un Dirty Martini con dos aceitunas, siempre de la variedad Zorzaleño, siempre en copa de cocktail.

Nada más abrir los ojos allí estaba el bellísimo rostro de ese ser mirífico, de ese animal magnífico, de ese compendio de perfecciones y armonías sobre la base melódica de la perfecta femineidad. Su abundante pelo rojo enmarcaba unas delicadas facciones en nada enfrentadas salvo en el detalle de la esperada simetría sobre el eje vertical, mientras un mechón juguetón acariciaba, quemando, mi mejilla. He de confesar pecado de lujuria en su variedad de pensamiento ya que la disposición de nuestros cuerpos, decúbito supino yo, genuflexa porno ella, me permitió bizquear con la visión de los canales y pliegues, las luces y sombras y frondas de sus intimidades. De pronto tuvo para mí sentido el aria de Haendel que canta Xerxes; léase que la visión de su frondi tenere e belle puso risplendente il mio platano amato.

Empezar por lo íntimo para descender a lo social es subvertir el orden establecido y saber que, como el vino de Asunción, su ropa interior no era ni blanca ni tinta sino que adolecía por completo de color por incomparecencia, de nuevo dio un revolcón a mi alma que ya no dejó de repetir la susodicha palabra como desiderátum, tiñendo nuestra relación del rojo pigmento de lo sensual.

Ya repuesto, por fin de pie pero aún erguido, agradecí sus desvelos en atenderme y que hubiera desvelado todo lo que reveló. Su risa cantarina ante este burdo requiebro que hasta a mí me ruborizó despegó sus húmedos labios de coral con una alegre sonrisa que mostró una criselefantina dentadura. El detalle del diente de oro, de pachá otomano, de patriarca gitano, de rapero ufano, añadía ritmo a la perfección de esas piezas, cual teclas de piano. El leve diastema que separaba sus incisivos centrales superiores, vulgo paletas, que adiviné mucho mayor en la adolescencia y férreamente corregido con alambres, me pareció altamente promisorio. Sabido es que desde los oscuros años de la edad media se ha relacionado, por teólogos, moralistas y galenos, ese hueco en las mujeres con la ninfomanía, el libertinaje y en general la liberalidad en la distribución de favores sexuales, elucubraciones no sin fundamento según mi personal estadística y claro antecedente de la ciencia frenopática. Los del’Ombra siempre hemos sido pronos a la rima consonante y por ello inevitablemente lombrosianos, libertinos y lanzados y dados al recuento y la memorialística y esas señales de alerta, que a otros pasan desapercibidas, nos saltan al ojo y de consecuencia enardecen.

Así que un pelo abundante y acaracolado del rojo Dior 844 Trafalgar, tal cual la fragua de Vulcano, un rostro armonioso no exento de abrumadora personalidad, un cuello largo de cisne cantarín, un escote generoso y naturalmente acanalado, una cintura de Lambretta TV200 (1962-1965), unas piernas largas y torneadas, unas manos delicadas pero decididas, todos esos detalles que advertía hicieron que mi cuerpo y mi alma vibraran al unísono. Las pecas con que toda pelirroja se tapa y que repujaban su pecaminoso pecho parecían desplazarse como soldaditos aquemédidas, obedientes polillas guiadas por el mismísimo Jerjes cantarín, plátano en mano, al desfiladero y matadero de las Termópilas, lo que viene siendo la canal de los senos, y acompañándolos a libar de esas dos fuentes termales iban mis miradas y suspiros.

Situaciones como esta son las que propiciaron en su día el lugar común que los franceses, siempre tan afrancesados, llaman esprit d’escalier, lo que viene siendo hacer un Malevich; quedarse en cuadro blanco sobre fondo blanco, sin nada que decir más que balbucear. ¡Qué fácil es requebrar a las mujeres que no nos conmueven! ¡Qué difícil pensar cuando, a la vista de una diosa, sólo llega al cerebro la sangre necesaria para impedir la gangrena! ¡Qué bellas metáforas, retruécanos y greguerías se agolpan en la punta de la lengua cuando disminuye su influyo y retorna el riego en función, más o menos, del cuadrado de la distancia! Para que eso no ocurra, por consejo de un sabio, llevo memorizadas algunas frases para usar de muleta, verbigracia, la cita de Cide Hamete Benengeli: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”, lo cual es una tontería sin importancia que ofrece la innegable ventaja de que no se entiende, salvo lo de fermosura, que suele bastar para encandilar a las más simples, a altas horas, en discotecas de pueblo, si bebidas. No obstante, huyendo de lo más trillado, ensayando un golpe arriesgado, acerqué mi boca a su oído y le susurre, citando a otro clásico,

Con lilas llenas de agua,
le golpee las espaldas.
Y toda su carne blanca
se enjoyó de gotas claras.

A  buena entendedora pocas palabras bastan, a veces hasta sobran, extremo que constaté al sentir de inmediato su mano en mi capullo violáceo.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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