Meditaciones

divorcio
por Botillero.

Siempre me hizo gracia, por lo que tiene de real, el chiste de los dos amigos que se reencuentran tras largo tiempo y uno de ellos le dice al otro, me enterado que te has casado. No, perdona, responde el aludido, tú lo habrás oído, el que se ha enterado he sido yo. Real como la vida misma. Mutatis mutandi, lo mismo puede decirse del que se ha divorciado, el que de verdad se entera es el interesado, o soltero de nuevo cuño. Cobra este aserto fuerza, pese a lo que cree el vulgo, con independencia de que el divorcio sea contencioso o de mutuo acuerdo. Ah, bueno, si ha sido de mutuo acuerdo, no hay problema, te dice el amigo que, paradójicamente, no se ha divorciado. Porque aunque haya existido acuerdo entre los cónyuges no hay garantía de que la cosa no se acabe convirtiendo en un vía crucis, especialmente con hijos de por medio. Y así, acordar qué gastos del hijo menor son extraordinarios y necesarios o cuadrar los períodos vacacionales suele ser una fuente de conflictos que en muchas ocasiones tiene que resolver un juez, con lo que el mutuo acuerdo se acaba convirtiendo en un contencioso a cara de perro con un fallo que a nadie satisface. No hablemos ya de las modificaciones de medidas si cambian, o así lo creen las partes, las circunstancias. Pero si se lo cuentas al amigo experto te dice sin rubor que algo habrás hecho mal, seguro.

Pero los amigos y conocidos, si están casados, no se conforman con pronunciarse sobre lo que a todas luces desconocen sino que algunos van más allá y te felicitan cuando conocen la noticia. Los parabienes adoptan la forma de lamento hipócrita: ahora si que vas a vivir bien, ojalá yo pudiera hacer lo mismo, qué envidia. Pero mientras te dicen eso ya están dándole al móvil para organizar una de esas barbacoas de fin de semana con otros casados como ellos, tan deseosos de divorciarse pero tan poco dispuestos, aunque no te invitan al evento porque ahí desentonarías de mala manera, tú tan feliz y ellos tan desgraciados, con lo que tampoco tienes opción de explicarles cuánto odias las barbacoas y demás reuniones festivas y tumultuosas con niños, adultos y animales de compañía. Otros, igual de hipócritas pero más morigerados, te dicen que lo sienten, y mucho, que un divorcio tiene un componente de fracaso vital que no debe de ser fácil sobrellevar, pero no intentes quedar con ellos para tomar una cerveza, pues ya te dicen que ahora lo que debes hacer es buscar nuevas aficiones, pero especialmente nuevos amigos.

Aunque no todo es hipocresía, también hay demostraciones aplastantes de sinceridad, como la de ese tutor que te cita para comentar si tu vástago progresa adecuadamente, o no, y que ante los dos progenitores, ahora ex cónyuges, inicia la charla con una pregunta fundamental: ¿viven ustedes juntos? Ante tu sorpresa por una estocada tan rápida, te dice que eso es lo primero que pregunta porque en el colegio los padres divorciados son ya casi tantos como los casados: no presumo nada, así no meto la pata, sentencia con una media sonrisa que acaba siendo contagiosa, tanto que en un alarde de cachondeo le preguntas si hay muchos niños con progenitores del mismo sexo, a lo que muy serio te responde que de momento no le consta pero que ya ha hecho el cursillo correspondiente para, llegado el día, dar el trato adecuado que no lleve al niño a lucir el siempre poco vistoso estigma de la exclusión social.

Otro personaje nada desdeñable en esta galería de lo absurdo es el cínico compulsivo que hace muchos años que se divorció, tantos que ya es abuelo, o casi, y que mientras te da una palmadita a la espalda, y conocedor de que no tienes la guarda y custodia del hijo, te suelta una gracieta literaria: ahora descubrirás que la cita de aquel escritor cenizo -nada tiene una aire de fracaso como una tarde de domingo- no se ajusta a la realidad. Menuda alegría cuando devuelves al niño con su madre a las ocho de la tarde del domingo, eh, ahí descubres la nueva dimensión festiva de ese día, al menos cada dos semanas. Y lo cierto es que no le falta razón: a partir de esa hora en esas jornadas dominicales ves más bares que nunca y el lunes tiene otra pinta. Incluso el fútbol, tan decadente, parece tener su encanto. Y en su erudición al respecto sobre la inexistencia de divorcios pacíficos, y antes de dejar que te vayas, te recuerda una de las definiciones que sobre divorcio da Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo: toque de trompeta que separa a los combatientes para que se pongan a pelear a distancia.

Como no podía ser de otra manera, y a modo de corolario inevitable, suele aparecer en escena el amigo o conocido jurista, un tipo un poco pasado de vueltas que te recuerda que pese a las reformas legislativas en la materia, que tampoco han sido demasiadas, sigue existiendo, por mucho que el legislador lo niegue de manera ampulosa en alguna exposición de motivos, la figura del cónyuge culpable. ¿Y eso? Le preguntas mientras observas cuánto le cuesta contener la risa. Porque la culpabilidad te perseguirá siempre: es tu justo castigo por haber firmado un contrato tan oneroso cuya resolución, años más tarde y sin calibrar debidamente las consecuencias, te perseguirá siempre. ¿Te enteras? Enterado.

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